sábado, 22 de enero de 2011

Diego Crosa y Costa


DIEGO CROSA Y COSTA: UN APUNTE BIOGRÁFICO
por
Carlos Gaviño de Franchy
Caricatura de Crosita por Mesa. 1928 


    Una de las figuras más interesantes, más populares, y al propio tiempo más distinguidas de Santa Cruz de Tenerife, es Diego Crosa. El buen humor -cielo azul de las almas-; la risa sin veneno; el desgobierno; la improvisación simpática, y también aquella corrección dilecta, fruto de un acabado dominio de sí mismo, constituyen la solera de su carácter. Sus bisabuelos fueron italianos; pero en este caso la vivacidad latina, los nervios impacientes -siervos del sol- del meridional, quedaron perfectamente sujetos entre las mallas exquisitas de la educación británica. Solterón travieso y artista, más hermano, por motivos raciales, de Boccaccio que de Rabelais, Crosa es -¡valga la frase!- un guanche magistralmente encuadernado a la inglesa.
    Con este párrafo, a la vez sincero y elogioso, comienza Eduardo Zamacois una Silueta del artista, que sirvió de introducción a la segunda entrega de Folías, de Diego Crosa [1]. El novelista había trabado amistad con don Diego, desde su primera estancia entre nosotros, antes de 1916.
    Al aire libre le conocí hace años, me abordó; me dio su nombre... Le supongo a usted recién desembarcado -dijo-, y considero un deber de hospitalidad ponerme a su disposición para enseñarle los alrededores de la ciudad. Acepté su invitación, y no me pesó, porque conocer a Crosa - en Tenerife le llaman Crosita- es ser amigo de todo el mundo. Su nombre es como una ganzúa que abre todas las puertas...


DON DIEGO CROSA Y COSTA
    Nos conviene ahora detenernos en los orígenes familiares de don Diego Crosa y Costa, aquel guanche magistralmente encuadernado a la inglesa, e indagar en ellos qué cantidad de sangre isleña, y cuanta europea, corría por sus venas. Entre los naturales de estas siete naves de basalto, la procedencia, más allá de la vanidosa alcurnia, ha sido desde siempre causa de curiosa preocupación. Y comprobaremos que, a pesar de que nuestro autor se valía exclusivamente de la caudalosa fuente del mito y la leyenda para sus fines poéticos, un estudio riguroso de su propia familia, le habría llevado, generación tras generación, hasta algunos de los personajes históricos, cuyo limitado depósito documental, tuvo parte en la formación de la crónica legendaria del archipiélago [Ver apéndice].
Belza: Diego Crosa y Costa
    Nació Diego Crosa y Costa en Santa Cruz de Tenerife, la noche del once de abril de 1869 [2]. Época de floración de las jacarandas y temperatura suave, lejanos aún los tórridos días del verano santacrucero. Fueron sus padres don Ángel Crosa y Jorge, destacado miembro del cuerpo consular y hombre de negocios, y su mujer doña Evencia Costa y de Grijalva. Él nacido en la villa de Santa Cruz de Santiago, el día dos de abril de 1830; ella en el puerto de La Orotava, que rara vez se nombraba de la Cruz por aquellos tiempos, nueve años más tarde, un doce de mayo. Habían casado en Santa Cruz, en la parroquia matriz de Nuestra Señora de la Concepción, el catorce de mayo de 1864. Fueron sus abuelos paternos, el capitán don José Crosa y Carbonell y doña Juana Jorge y Castellano. Maternos: don Diego Antonio Costa y Carvalho, escribano del número de los de Santa Cruz de Tenerife, y su mujer, doña María de los Ángeles de Grijalva y Emeric.
    Don Ángel Crosa y Jorge, obtuvo las patentes de cónsul de Méjico [1882] y de Italia, y fue vicecónsul del imperio del Brasil, sustituyendo a partir de 1855, a su padre, que lo era desde 1837. Desempeñó asimismo la alcaldía accidental de Santa Cruz de Tenerife, para la que fue nombrado en cinco de agosto de 1881.
Su mujer, doña Evencia Costa de Grijalva, nacida, como queda dicho, en el puerto de La Orotava, se avecindó desde niña en la villa de Santa Cruz, lugar en el que su padre ejercía como propietario de una escribanía pública.


DON JOSÉ CROSA Y CARBONELL, ABUELO PATERNO.
    Podríamos establecer el asentamiento de la familia Crosa en Santa Cruz de Tenerife, en una fecha cercana a 1809, en que fija su residencia en las islas don José Crosa, nacido en Cádiz y bautizado en el Sagrario de la catedral gaditana el ocho de enero de 1784, hijo de don Ángel Crosa Isolabella, genovés, dueño de una rica casa de comercio que operaba en aquella plaza, en la que también ejerció como vicecónsul de Ragusa, y de su esposa, doña Catalina Carbonell y Bueno, oriunda de Huelva [3].
    Don José, huérfano desde 1804, hizo inventario y balance de los negocios de la empresa denominada Ángel Crosa en 1808, y con el capital resultante, tras una estancia de diversión en Génova y Liorna, trasladó su casa al puerto de Santa Cruz, donde más tarde declararía ante escribano
    haber experimentado considerables atrasos el establecimiento mercantil de Don José Crosa, ocasionados en gran parte por su emigración a estas islas, en las cuales sufrió deplorables reveses hasta el año de mil ochocientos treinta y dos, en que suspendió toda clase de giro y de comercio; quedando desde entonces (conforme a un resumen que se hallará entre sus papeles) reducido el capital del enunciado establecimiento aproximadamente a la suma de un millón quinientos ocho mil ochenta y seis reales dieciséis maravedíes vellón, consistentes en una finca y en créditos así en esta Provincia, como fuera de ella [4].
    A poco de su llegada, en 1815, desempeña ya la alcaldía de Santa Cruz, cargo que volverá a ejercer, esta vez por elección, entre el once de septiembre de 1833 y el treinta y uno de diciembre de 1834. Fue asimismo teniente de cazadores y capitán de voluntarios nacionales, compañía ésta última que había financiado de su peculio. A este respecto dice don Francisco María de León:
    También de aquella época [1820] fue el establecimiento de la milicia nacional, que en realidad no llegó a estar en auge y brillantez, sino en la villa de Santa Cruz, en la ciudad de Las Palmas, y en tal o cual otro pueblo; pues en la mayor parte, sin armamento, sin instrucción y sin que sus comandantes llegasen a sacrificarse con crecidos gastos, como lo hicieron don José Crosa y don Francisco María de León y Romero, en los dos pueblos citados, ni llegó a reunirse una sola vez, ni tampoco de ello hubo ni habrá jamás en las islas graves faltas; por que en una provincia en que las facciones, que a otras con frecuencia aquejan, son imposibles, todos estos cuerpos no pasarán nunca de gravar al jornalero que se alista, y de dar cuando más, como entonces sucedió, algún paseo militar a los pueblos inmediatos [5].
    Poco antes, en 1819, y por Real Orden de 26 de marzo, se dispuso el traslado del Real Consulado Marítimo y Terrestre desde su sede, la vieja ciudad de La Laguna, que permanecía adormecida en su fértil campiña, al próspero y mercantil puerto de Santa Cruz. La resolución no hizo más que acrecentar las viejas rencillas entre ambas poblaciones. Finalmente, y tras las dimisiones del prior del Consulado, don Juan Próspero de Torres Chirino, y del segundo cónsul, don Ventura de Salazar y Porlier, el primer cónsul, don José Crosa, aceptó presidir en funciones la sesión que se celebró en Santa Cruz de Tenerife, el 22 de junio de aquel año, convirtiéndose en el primer prior del Real Consulado, en su nueva etapa santacrucera [6].
Don José Crosa, individuo comprometido con la política local, obtuvo un acta de diputado provincial en 1822.
    El día once de marzo de 1858, otorgó testamento cerrado, que fue abierto solemnemente el día 23 de septiembre ante el escribano don Diego Antonio Costa y Carvalho, un mes después de su fallecimiento ocurrido el veintiuno de agosto de dicho año. En el declara no conocer otros parientes a no ser mi primo D. Luis Crosa, del comercio de Cádiz, hijo de un hermano de mi venerado padre, a quien también crié y eduqué conservándolo en mi compañía, desde el año 1800, hasta mi traslación a estas Islas, sin que por eso haya dejado, durante nuestra dilatada separación, de darme, no interrumpidas pruebas de afecto filial, extendiéndolas hasta socorrerme en lo que puede en mis necesidades. Por tanto, le amo como a propio hijo, fundando en él y en su protección la única esperanza que puedo concebir acerca del porvenir, de los desventurados huérfanos [...] a los que amo con la mayor ternura por ser acreedores de ello, en cuyo concepto se los recomiendo, en este momento supremo, suplicándole bañado en lágrimas, les sirva de padre, protegiéndolos y proporcionándoles una carrera, o medios decorosos de subsistir, especialmente al desvalido Ángel, que con nada cuenta en el mundo; aún cuando por otra cosa no sea, a lo menor, en memoria de mi buen padre, quien en circunstancias idénticas le dispensó igual beneficio de aquel que ahora reclamo de su cariño y amistad a favor de dos seres desventurados y desvalidos, dignos de su aprecio [...].
    Declaro además, consistir en la actualidad, los restos de mi cuantiosa fortuna y caudal en las fincas, créditos, acciones y derechos de mi propiedad que me pertenecen; cuya legitimidad y procedencia aparece y consta en mis libros de comercio, así de Cádiz, como de esta Plaza; en mis demás papeles y correspondencias; en varias obligaciones y expedientes existentes en mi escribanía o despacho, en la alacena de mi librería y entre mis otros papeles y, finalmente, en los diferentes expedientes que promoví y se encontrarán archivados en las escribanías de esta capital y, esencialmente, en la del extinguido Tribunal del Real Consulado de esta provincia [...].
    Por último declaro ser vicecónsul del Imperio del Brasil en estas Islas, desde el año 1837 con imperial nombramiento y [...] execuator de S. M. Católica; en cuyo concepto debo manifestar quedan en el archivo correspondiente los diplomas, correspondencia, libros y demás papeles relativos a dicho consulado, advirtiendo que los sellos, láminas, escudos, cuadros, libros, etc, son de mi propiedad particular, habiéndolos costeado sin recibir abono alguno por este respecto; en cuyo caso se hallan iguales enseres relativos al consulado de Portugal, que también corrió a mi cargo hasta mediados de este corriente año por cuya razón, serán estos, unos de los objetos de que deberán tomar posesión mis herederos.
    Muero en paz con los hombres y conmigo mismo, llevando a la tumba la íntima convicción de haber llevado todos mis deberes, no haber hecho mal a nadie, no haber cometido acciones que desmientan mis antecedentes y buena educación recibida y aunque podría quejarme de las personas, a quienes más favorecí en la prosperidad, por haberme correspondido con la más pérfida ingratitud, las perdono, rogando a Dios, los preserve de los perjuicios y disgustos que me ocasionaron.
A mis idolatrados hijos [...] únicos objetos de mi ternura, les bendigo y abrazo con toda mi alma en este momento supremo. ¡ Ojalá mis fervientes súplicas alcancen que el Todopoderoso no los desampare y derrame sobre ellos todos los bienes y felicidades que les desea mi corazón paternal. ! Hijos míos, el mayor y más amargo dolor que llevo al sepulcro, es separarme de vosotros y la posición desgraciada en que os dejo; por que os amo como lo merecéis, esto es con toda la vehemencia de mis facultades [...].
    Mediante estar nombrado Agente Comercial del Imperio del Brasil en estas Islas, mi hijo [...] D. Ángel Crosa, con facultad de desempeñar las funciones de cónsul del mismo Imperio, en mis ausencias, enfermedades y demás casos que puedan ocurrir, como consta de imperial diploma y de Real Orden del gobierno español, existentes en estos archivos consulares, deberá el enunciado D. Ángel, a mi fallecimiento, hacerse cargo del insinuado archivo y de todo cuanto corresponde al citado consulado, despachando y autorizando todos los negocios que ocurran, hasta tanto que el gobierno imperial designe a la persona que haya de encargarse de ello, mediante el inmediato aviso de mi muerte, que se le deberá dar, como igualmente a las autoridades superiores de esta provincia.
    Don José Crosa, el que fuera acaudalado comerciante, falleció en la incertidumbre de que sus herederos lograran percibir el importe de los numerosos créditos que se le adeudaban, algunos de los cuales daba ya por incobrables. En el testamento se inserta un extenso inventario de sus propiedades y otro en que describe los bienes muebles y el menaje que se encontraba en su casa de la calle de La Marina.
    Nombró albaceas a su primo don Luis Crosa y Nuche y a su amigo don Bartolomé Cifra y fueron testigos del acto de otorgamiento de sus últimas voluntades don Miguel de Cámara, quien firmó en su nombre, por tener la mano derecha rota; don Matías y don Carlos Guigou; don Francisco Noda; don Francisco Estrello; don Romualdo García-Panasco y don Manuel Sansón y Tapia. Dejaba por universales y únicos herederos a sus dos hijos don José y don Ángel Crosa [7].

DOÑA JUANA JORGE Y CASTELLANO, ABUELA PATERNA
    Poco sabemos de doña Juana Jorge y Castellano, quien debió morir muy joven. Había nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1811, hija de don Gregorio Jorge y Castellano, de la misma naturaleza y bautizado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Concepción el treinta de noviembre de 1778, y de su mujer, doña María Antonia Castellano López, fallecida el veintiséis de enero de 1833. Entre otros hijos, tuvo también el matrimonio a doña Margarita Jorge, mujer del comerciante catalán don Agustín Guimerá y Fonts, y madre con él, de uno de los canarios más célebres en el ámbito de la cultura española y, en particular, de la literatura catalana: don Ángel Guimerá y Jorge [8]. Los abuelos paternos de doña Juana Jorge fueron don José Antonio Jorge y Pérez-Corona, nacido en La Victoria de Acentejo, y doña Josefa María Castellano Perera, natural de San Cristóbal de La Laguna. Los maternos, don Domingo Castellano Albertos y doña Antonia del Rosario López, ambos naturales de Güímar.
    La familia Jorge procedía, como queda dicho, de La Victoria de Acentejo y, originalmente, del pueblo de El Sauzal, donde se había establecido, procedente de Portugal, Salvador Jorge, quien casó en su parroquia el seis de octubre de 1619, con Francisca González, probablemente también de ascendencia lusitana. Los Castellano, vinculados al valle de Güímar, y los términos adyacentes de Arafo y Candelaria, descendían del conquistador Guillén Castellano y por sus alianzas con los linajes de apellido Albertos y Marrero, de los primitivos pobladores, entre los que se encontraba el régulo de Abona.

DON DIEGO ANTONIO COSTA Y CARVALHO, ABUELO MATERNO
    Don Diego Antonio Costa y Carvalho vino al mundo en Santa Cruz de Tenerife y fue bautizado, en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, el día ocho de septiembre de 1800. Sus padres, don Bonifacio Diego Costa y Payant y doña Dominga Carvalho de Ocampo, habían casado en dicha iglesia el día veintiocho de diciembre de 1797. Fueron sus abuelos paternos el capitán de marina don Andrés Costa y Costa, natural de la república de Génova y doña Bárbara Payant, nacida donde su hijo, de padre marsellés y madre oriunda de las islas de Gran Canaria y La Palma.
    Don Diego Costa, así llamado, pues rara vez usaba su primer nombre, era marino de profesión y en calidad de segundo piloto, participó junto a sus compañeros don Nicolás Franco Cordero, don José Agustín García y don Juan de Herrera, a las órdenes del alférez de fragata y capitán de puerto don Carlos Adam, en la defensa que Santa Cruz opuso al ataque naval de la escuadra inglesa al mando del contralmirante Nelson de Nilo en julio de 1797, encargados del manejo de los cañones violentos, desempeñando bien sus respectivas obligaciones, según se desprende de la propuesta de ascensos elevada al secretario de la guerra por el comandante general don Antonio Gutiérrez, en catorce de diciembre de aquel año [9]. Luego proseguiría su carrera, llegando a ocupar la capitanía de puerto del de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. Doña Dominga Carvalho, quien a pesar de escribir su apellido con la grafía portuguesa, era descendiente de franceses establecidos en La Laguna, volvió a casar, una vez viuda, con el también capitán de mar don José Joaquín de Iturzaeta, pasando a vivir al puerto de La Orotava, donde su marido ejercía el empleo de subdelegado de Marina.
    Don Diego Antonio Costa y Carvalho, como ya se ha dicho, era propietario de una escribanía en Santa Cruz de Tenerife, donde se estableció con su esposa doña María de los Ángeles de Grijalva y Emeric, después de una larga estancia en Filadelfia.

DOÑA MARÍA DE LOS ÁNGELES DE GRIJALVA Y EMERIC, ABUELA MATERNA
    Doña María de los Ángeles de Grijalva y Emeric, nació en el Puerto de La Orotava, lugar en cuya parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia habían casado sus padres, don Pedro Grijalva de la Porta y doña Josefa Emeric Lenard, el día nueve de noviembre de 1795.
    Su abuelo paterno, don Pedro Miguel de Grijalva e Ibáñez, bautizado en Fuenmayor, de La Rioja, el día nueve de octubre de 1745, fue contador principal de Pósitos y Alhóndigas y administrador de la Real Renta del Excusado. Obtuvo una carta ejecutoria de amparamiento de nobleza en Madrid, el once de octubre de 1758, a los trece años de edad, y vino a la isla en calidad de administrador de la Hacienda de los Príncipes de Ásculi, situada en Los Realejos.
    Casó en Los Remedios de San Cristóbal de La Laguna, el diecisiete de agosto de 1773, con doña Ana de la Porta y Castejón, hija de M. Jean de Saint André de la Porte y de doña María Vizcaíno Castejón y Mucso, en cuyas ascendencias se enlazaban familias vascas, genovesas y andaluzas.
    Doña Josefa Emeric y Lenard, fue hija del matrimonio formado por el doctor Jean Emeric Chauvín, médico de la armada francesa, natural de Tolosa, establecido definitivamente en el Puerto de La Orotava, y doña María de la Encarnación Lenard de Echimendi, cuyos padres, el teniente capitán don José Lenard y Beron [10], y doña Josefa de Echimendi y Salazar de Frías, eran naturales de Dublín y La Laguna, respectivamente y la doña Josefa, descendiente de vascos, portugueses y flamencos.

DIEGO CROSA Y COSTA: UN GUANCHE MAGISTRALMENTE ENCUADERNADO A LA INGLESA
    Hemos abusado de la paciencia de nuestros lectores, con este largo preámbulo genealógico, con el único fin de establecer los orígenes raciales de Diego Crosa y Costa. En cifras, podemos añadir, que sus padres eran canarios, como lo eran también tres de sus cuatro abuelos, el otro, gaditano. De los ocho bisabuelos, uno era genovés, otro andaluz y seis canarios. Entre los dieciséis terceros abuelos, encontramos tres genoveses, dos andaluces, un francés, un riojano y nueve canarios y, finalmente, en la lejana serie de los treinta y dos cuartos abuelos, un frondoso árbol incluye trece canarios, seis genoveses, cinco franceses, cuatro andaluces, dos riojanos, un irlandés y un vasco.
          Adalberto Benítez: Diego Crosa y Costa                                                                                    Antonio Martí: Diego Crosa caracterizado de mago
    La encuadernación de Diego Crosa, podría parecer inglesa, pero las tripas del libro de sus orígenes, estaban llenas de referencias a otras muchas nacionalidades. Zamacois, con los prejuicios frecuentes en la actitud de muchos viajeros europeos, estaba dispuesto a encontrar en las islas las maneras más toscas y rudimentarias. No es de extrañar que al conocer a un prototipo de perfecto caballero, le adjudicara la finura de su trato a la educación inglesa.
    También es cierto que el contacto frecuente y secular con la amplia colonia británica establecida en el archipiélago, hizo que muchas de sus costumbres se integraran en los hábitos de la burguesía canaria, produciéndose una suerte de amalgama en los modos, que hace extremadamente difícil distinguir dónde comienzan o acaban las influencias mutuas.
    Uno de esos ritos sociales, compartido por ingleses e isleños, es el consumo frecuente de whisky, bebida que en las islas se toma en compañía, con hielo y agua de soda, despaciosamente.
Nada turba su elegancia interior; y el whisky en su boca se hace donaire y madrigal. Ni un solo momento la luz de su inteligencia parpadea; es como si su conciencia -toda su conciencia- fuese una brújula. Yo juraría que tras una noche báquica, nadie en el frac de este hombre encantador ha visto una mancha... escribe Zamacois en su Silueta del artista.
    Es posible que el poeta Emeterio Gutiérrez Albelo tuviera presente a Zamacois cuando escribió, en 1954, este soneto [11]:

EPITAFIO A DIEGO CROSA
Rebosante de whisky su tintero,
y su pluma, de humor siempre cargada;
alma guanche en un gentleman grabada,
siempre a golpes de artista verdadero...
Periodista, pintor, mimo y coplero,
él nos deja una crónica rimada,
un fulgor de postal iluminada
y un perfil de canario romancero.
Del vivir quiso hacer una pirueta.
Confundió a Dioscorilla con Mussetta;
y a través de su amable juglaría
-a que nunca causó pena ni agravio-
siempre supo tener a flor de labio
una loa, un piropo una folía.

    Con ocasión del homenaje que se le tributó en el Teatro Guimerá en 1934, escribió el poeta Manuel Verdugo otro soneto dedicado a Diego Crosa en el que destaca, como lo hacen todos cuantos le conocieron, a la par de sus cualidades artísticas, y su esmerada educación, su notoria predilección por el agua de vida escocesa [12].

    Admirable don Diego de noche... y de día:
no nací para divo, y de veras lo siento,
porque fuera oportuno, llegado este momento,
cantarte un homenaje con aire de folía;
mas recibe esta ofrenda, humilde por ser mía...
    En catorce renglones manifestar intentomi devoción por tu arte, fina gracia, talento
y por lo que hoy es raro: tu afable cortesía.
    Ahora, en público, debo revelar una cosa:
que tu tinerfeñismo lo pongo en duda, Crosa;
pues a pesar que al Teide y hasta el gofio cantaste,
y el culto a lo canario que toda tu obra encierra,
nunca te ví en salones bailar el tajaraste
¡y prefieres el whisky al vino de la tierra!


Caricatura de Crosita por Reyes

    El propio don Diego contribuía a su bien ganada fama de bebedor de whisky, en confesiones como ésta:
    Un buen día fui nombrado nada menos que mantenedor en una fiesta literaria, homenaje a la mujer. Celebrábase en la capital de una de las islas más hermosas del archipiélago y como, según malas lenguas, algunos de los oradores que actúan en estos espectáculos suelen cobrar sus pesetillas, recibí un telegrama de la comisión diciéndome: Indique precio discurso. A lo que contesté, lacónico: Botella whisky escenario. Y agradecidos a mis desprendimiento y modestia, recibiéronme como a diputado que visita el distrito: disparos de cohetes, música, comisiones, y después de Mantenedor, mantenido, porque me trataron a cuerpo de monarca, pasando unos días deliciosos, inolvidables. Banquetes tras banquetes; hoy una jira, mañana una playera; hoy un brindis, mañana cuatro. Enronquecido y maltrecho, descansé al tercer día, preparando mi discurso en asonantes endecasílabos y mi garganta con corifina para salir airoso de la empresa...
    Señoras y señores: permitidme
que busque en este aprieto una defensa,
no se expresarme en prosa, fue la rima
la vestidura usual de mis ideas
y con ella preséntome en este acto
de exaltación a la mujer isleña.
    A la noche siguiente de mi... éxito, recibo la visita de una comisión aldeana: la señora del alcalde, la maestra y un buen cura rechoncho y sin afeitar. Éste fue el que habló primero: Como usted es tan caritativo, sabio y complaciente, venimos a pedir su valiosa cooperación en una fiesta de caridad que tenemos organizada: sinfonía por un sexteto; un coro de alumnas con trajes del país, y un discurso de la maestra, también con traje.
-Tendré sumo gusto en asistir...
-Gracias, pero... como usted sabe otros cobran y queremos saber... somos muy pobres... ya usted me entiende...
-Entendido; pregunten lo que he cobrado anoche en la capital y lo mismo cobraré a ustedes.
    Y me lucí en la fiesta, presentándome en un diminuto escenario, al fondo de un salón repleto de gente aplaudidora y agasajadora.
Benahoare, Benahoare,
la libertad te robaron;
ya de tu rey la corona
cayó al suelo hecha pedazos...
    Y yo también me caí, pues aunque la leyenda era triste, el público se reía a carcajadas mientras yo, creyendo que el presbítero hacía burlas a mi espalda, volví la cabeza y me encontré, en medio del escenario, sobre una mesita con tapete rojo, un Apollinaris y... la botella de whisky.
- ¡Son mis honorarios, señores...!
- Y se acabó la leyenda y luego, el whisky [13].

    Leoncio Rodríguez, compañero en tantas aventuras literarias y editor de varios de los escasos libros
impresos del poeta, en el Perfil de Diego Crosa, que publicó en su periódico La Prensa, en agosto de 1950, relata la anécdota siguiente:
    Crosa, como todos sabemos, tuvo siempre su doble: la copa de whisky. Donde él se hallaba, solía estar siempre un frasco de la rubia bebida escocesa.
    Tales antecedentes dan más relieve al caso que vamos a referir.
    Crosa y Manuel Verdugo, contrariando sus hábitos de poco o nada madrugadores, se habían dado cita una mañana en las afueras del Círculo Mercantil, junto a una de las lujosas tiendas de los Indios. Iban a ejercer sus funciones de jurados en un concurso literario organizado por el Taller Patriótico que dirigía don Pelayo López y Martín Romero. Puntuales al encargo, procedieron al desempeño de su cometido, bastante difícil por el copioso número de trabajos y poesías presentados al certamen, y ya bastante después de las dos de la tarde dieron fin a su laboriosa tarea. Redactaron el acta correspondiente y ultimado el dictamen correspondiente, hicieron sonar los timbres para llamar al conserje, y como nadie les respondiese no oyeran rumor alguno en los vastos salones del Círculo, optaron por retirarse tras larga espera.
    Dejaron los papeles sobre la mesa y encima de ellos colocaron una cuartilla, que ambos redactaron, con el siguiente texto:

Pelayo: es extraña cosa,
estando en pleno verano,
tener a Verdugo y Crosa
juzgando versos y prosa
como jueces de secano.

    Los dos poetas, sin decir palabra, marcharon a un café inmediato -creo que al Cuatro Naciones-; pidieron unas copas de whisky, y ordenaron al mozo que pasara la cuenta al Taller Patriótico.
   Al fin apareció don Pelayo López, medio consternado, y todo se arregló amistosa y satisfactoriamente,
pagando los whiskys.

    Su íntimo amigo Ramón Gil-Roldán, creía saber distinguir entre las dos personalidades de Crosa; por un lado, Crosita, la figura popular que mantiene el tipo a toda costa, el arquetipo de bohemio seductor y mundano, por el otro don Diego, el caballero que sobrelleva, a duras penas, una vida llena de economías y disimulada pobreza. Y de ambos habla en este soneto, leído en el homenaje que se tributó al poeta en 1934 [14]:
Anónimo: Bustos de Diego Crosa y Ramón Gil-Rolán realizados por Nicolás Granados
    Yo se lo que es Crosita y lo que es Diego Crosa.
Crosita es risa clara que todo lo consuela;
coplero de la broma y de la bagatela;
poeta de alma triste y de parla jocosa.
Su alter-ego, don Diego, es más donosa cosa.
Es la tierra canaria, toda luz de acuarela;
Clavileño o Pegaso que sin espuela vuela,
alado, igual que el águila y que la mariposa...
Por el bien que has sembrado en el surco labrado
de esta tierra bendita, por cuanto te ha inspirado
y cuajaste en tus coplas ardidas de emoción.
Que la mujer canaria te ofrezca palpitante
la impoluta blancura de nieve del semblante
y el fuego que crepita dentro del corazón.
De estos dos don Diego, nos habla Zamacois, describiéndole como de mediana estatura, enjuto, flexible, prodigiosamente dotado de esa cualidad victoriosa que en la jerga de bastidores se denomina don de público, este hombre calvo, de ojos apicarados, de labios finos, a la vez hilarantes y amargos, y de manos pulidas, hubiera sido, a proponérselo, un actor excepcional, transformista o caricato, a lo Frégoli o a lo Paravicini; porque él, antes que el retrato de una persona ve su caricatura. Más que en su obra, a Diego Crosa conviene estudiarle a través de su propia vida -que ya va siendo larga-, y en la cual, como en los almanaques de pared, todos los días hay una anécdota y una sonrisa. Su espíritu, asombrosamente polifacético, conoce, si no el soplo -siempre algo triste- de la verdadera inspiración, sí todas las muecas y piruetas de la gracia. Según las circunstancias lo dispusieron, Crosa acertó a ser dramaturgo aplaudido, o caseur amenísimo, o periodista de caudal vena cómica, o poeta autor de romances y de folías, que hoy, en todas las islas del archipiélago canario, se canta de memoria. Posee, además, la capacidad de improvisar en verso, sin tropiezos ni fatiga, durante horas; baila bien; hace juegos de manos, y, sin saber idiomas, remeda con sorprendente exactitud tipos de todos los países. En los banquetes, a la hora ruidosa y feliz de la sobremesa, la presencia de Crosa es indispensable. Si no está allí -casualidad inverosímil-, se indaga su paradero; se le llama por teléfono; se le envía un automóvil para que vaya enseguida; y cuando aparece -porque siempre aparece- en el comedor resuena un aplauso. Mundano, locuaz, campeón en el arte de la réplica, reparte sonrisas y apretones de manos; acepta cuantas copas de champagne se le ofrecen... -acaso por su propia iniciativa se sirve alguna- y en seguida el rostro afeitado le resplandece, y es como si su alma, vestida de cascabeles, se hubiese bañado en la alegría de todos. Entonces inventa farsas, se sienta al piano, imita tipos; sus parodias de la mistress que canta, y la del virtuoso alemán, son dos caricaturas ejemplares.
    Pero el novelista concluye su retrato destacando la faceta de artista plástico de Crosa, más allá de su labor literaria, de la que apenas pudo tener conocimiento, dado que, en la fecha en que se conocieron, poco, muy poco, había publicado el poeta. En la mocanera, Leyenda canaria, en 1903. Las comedias de costumbres Isla adentro y Senderos, impresas en 1910 y 1923 respectivamente, año este último en que dio a la estampa la primera entrega de sus Folías [15]. Ciertamente no era una obra -por lo escueto de su volumen- sobre la que el escritor pudiera emitir un juicio sin arriesgarse en extremo. No tuvo Diego Crosa la fortuna de ver sus obras editadas en libro. Una segunda edición de Folías y algún que otro folleto autobiográfico, el resto permaneció inédito o disperso en revistas y periódicos. Tal es el caso de Romancero Guanche, una de las piezas literarias que, probablemente, haya padecido más intentos frustrados de publicación, en lo que a la segunda mitad del siglo XX se refiere.

De izquierda a derecha, Diego Crosa, el escultor Nicolás Granados y Ramón Gil-Roldán
    Estas cualidades, puramente episódicas, del hombre de salón, sirven de disfraz -prosigue Zamacois- a un gran pintor. Diego Crosa -y esto los ingleses y los yanquis lo saben bien- es un maestro de la acuarela. Los paisajes tinerfeños, bañados en una lumbrarada cegadora de luz tropical, hallaron un reflejo exacto en la paleta de este artista. Crosa quiere a su tierra, y su devoción le ayudó a sentir la policromía ardorosa de los campos canarios, donde hay ocres y verdes que el mago del color -Joaquín Sorolla- calificó de inaccesibles, y el recogimiento de las pequeñas ciudades: La Laguna, La Orotava, Puerto de la Cruz, Icod, Tacoronte, Garachico...; y de las montañas, la poesía lejana y azul. Su inspiración apreció bien el silencio de las calles desiertas, plenas de sol, en las que nunca falta un paredón blanco sobre el que parece desangrarse un rosal; el misterio conventual de los viejos balcones, con sus celosías, que les dan un aspecto de confesionarios; la reciedumbre de las clásicas puertas de cuarterón; el dolor de una torre rota... o de una carreta abandonada junto a un camino... Este es su mérito: haber ido más allá del color y de la línea; haber descendido al alma de las cosas; haber oído lo que dicen las cosas que no hablan, y ver cómo se aleja de nosotros, como nos dice adiós... lo que no se mueve...
    La realidad es que don Diego Crosa, que informaba en sus tarjetas de visita del exótico cargo de vicecónsul del Brasil, quizás más por haberlo heredado, que por la rentabilidad del mismo, pasa apuros económicos con la dignidad y el humor que la clase social a la que pertenecía convirtió en tópicos. Su gran amigo y benefactor, don Anselmo J. Benítez, fue la frecuente víctima en estos delicados momentos, proveyéndole de los útiles necesarios para la realización de sus acuarelas y pinturas, procedentes de su imprenta, que era también librería y almacén de objetos de escritorio, abierta al público en la calle de San Francisco números 6 y 8. De su correspondencia, parte de la cual se custodia en la biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife, hemos entresacado algunos fragmentos:

A un alcalde moreno y magnánimo.

Con la falta de dinero
porque estoy atravesando,
es mi apuro verdadero
y estoy de ti, abusando.
Es el caso, caro amigo,
que ahora tengo que pintar
(con franqueza te lo digo)
algo que voy a ... cobrar.
Y hoy te molesto otra vez,
pues para hacer maravillas
con qué engañar a un inglés,
necesito: dos pastillas.
    En otra misiva le propone el cambio de un boceto por materiales para pintar, algo que constituye el motivo central de casi todas ellas, y le dice:

    Amigo Anselmo:
    Siguiendo el sistema de Don Santiago Verdugo respecto al libre cambio para la destitución de la moneda, fuente de toda prosa; te envío un pequeño boceto, de un cuadro que pintaré algún día; si crees que algo vale quédatelo y dame a cambio unas pastillas de colores (acuarela) de esas que usan los delineantes, no haciendo omisión del azul Prusia que es el que más agradecería. Filpes no tiene colores ahora, más no es solo por eso mi cambio sino que Crosa no tiene dinero tampoco. Gracias anticipadas. Crosa.

    En una carta rimada, vuelve a solicitar a su amigo que le proporcione papel, conservándose por fortuna la divertida respuesta de don Anselmo:

Mi buen amigo Benítez
vulgo Anselmo:
es el último sablazo
que te doy, en este duelo,
y sólo por que resulte
pasadero,
te lo voy a dar, Benítez
casi en verso.
Hoy más papel necesito,
no es para el número ciento,
que es para copiar romances
que les dejaré a mis nietos.
Dispensa tantas molestias;
no hay remedio,
sin tu ayuda, o lavativa,
no soy hombre de talento.
Crosita

Mi buen amigo Crosita,
vulgo Diego,
no me siento del sablazo
que me das en este duelo,
y puesto que me resulta
pasadero,
te lo devuelvo Crosita
casi en verso.
Este papel tan bonito
ni es para el número ciento,
ni para copiar romances
que le dejes a tus nietos;
pues lo vendo
sin tu ayuda o lavativa
¡Oh gran hombre de talento!

Anónimo: Diego Crosa tocando la guitarra con un grupo de amigos, representantes del Cuerpo Consular.
Entre ellos Carlos Calzadilla y los hermanos Hardisson
    Por último, y como una muestra más de su precaria situación económica, transcribimos los párrafos finales de otra de sus peticiones de intercambio, en la que abiertamente le comunica a Benítez: y me mandará la aludida pastilla ( y no de menta) quedándose con el apunte y hasta pidiendo otro, si poco parece, como recuerdo de la ingeniosa manera de pedir de que se vale el pobre (esto de pobre lo digo en serio) pintorcillo su amigo Diego Crosa. P. D. Este es un bonito documento para cuando se escriba mi biografía. Vale.
    Diego Crosa vive con sus hermanas solteras, Adela y María. De los varones, Ángel y José, nos informa Leoncio Rodríguez, en el ya citado Perfil: Antes que Diego, fallecieron sus dos hermanos, también nombres destacados en la sociedad santacrucera. Ángel, secretario del Ayuntamiento, modelo de laboriosidad y competencia, serio y cumplidor de sus deberes profesionales, que antes había sido regidor municipal con Schwartz, Trujillo y otros de la minoría liberal, y animador con Néstor de la Torre, Ledesma, Cabrera Topham, Hardisson (don Rafael), etc., de varias empresas artísticas y teatrales, aparte de su fecunda gestión como inspector y reformador del Teatro Guimerá -la artística bombonera, como la llamaba una gran actriz-. Y Pepe Crosa, el más bohemio, pero no menos genial de los tres hermanos: músico inspirado e indolente, compositor de zarzuelas regionales y director de la masa coral Santa Cecilia, que agrupaba toda la flor y nata de la juventud santacrucera, y cuyas audiciones populares en la Plaza del Príncipe (entonces Alameda de la Libertad), aún se recuerdan con entusiasmo.
    Cómo músico y compositor, contaba además con un brillante historial. Su Te Deum, compuesto para las fiestas del Centenario de la Conquista, obtuvo un premio en el concurso de la Sociedad Económica, y fue interpretado por una gran orquesta en la Parroquia Matriz; su arreglo de los Cantos Canarios y su Sueño de un niño para orfeones, merecieron igualmente elogios de la crítica musical, y entre otros señalados triunfos, uno de los últimos fue su obra de conjunto para orquesta y voces sobre motivos de las Folías, que le fue premiado, junto con otra de Juan Reyes Bartlet, en la fiesta organizada por La Prensa.
    [...] Con Pepe Crosa perdió Tenerife un compositor de fibra y de vocación, digno secuaz de nuestro malogrado Teobaldo Power, el feliz recopilador de las melodías de la tierra en sus maravillosas páginas de los Cantos Canarios, por nadie superadas. Y perdió a la vez la ciudad, con la silueta triste y melancólica de Pepe Crosa, tan huidizo y huraño, el primer noctámbulo de Santa Cruz. Contra su bohemia y su flema fracasaron siempre los alcaldes que intentaron implantar un nuevo horario municipal. ¡Tal era de inconmovible e invulnerable contra todo lo que perturbase su manera de ser!
    La obra pictórica de Diego Crosa -lo mismo sucede con su producción literaria- permanece prácticamente inédita. Dispersa en infinidad de colecciones particulares, la mayor parte de ella se encuentra fuera de la islas y en paradero desconocido, lo que dificulta notablemente su estudio y catalogación. En sus Confesiones e intimidades [16], dedica un capítulo a su actividad plástica que titula Yo, pintor:
    Y de milagro, pues no hice más estudios en mi niñez que iluminar estampas; de jovenzuelo, con un block y lápices, tomar apuntes del natural, y más adelante, algunos escorzos. Todo esto fuera de la Academia del Municipio, porque de ella me expulsaron por inútil o por no someterme al método de enseñanza que aún ¡santo Dios!, se sigue en ella. ¿qué gana un discípulo con pasarse horas y horas copiando, pacienzudo, al creyón y al difumino, lo que llaman la muestra? ¿No es mejor muestra el natural? A este sabio maestro que gratuitamente me dio lecciones, debo el pintar como pinto, a mi manera, por intuición o por osadía. Primeramente me dediqué al óleo, sin lograr vender los paisajes, y después a la acuarela, porque este género gusta más en mi mercado londinense.
    Como pintor hiciéronme todos la competencia, pero en la busca y captura de compradores, ninguno. Ni el propio Meifrén cuando vino a Tenerife.
-¿Me acompaña a la famosa Orotava? -díjome amable-. Quisiera vender en el Taoro algunos cuadros...
-Si va conmigo lo dudo, porque los turistas de invernadero prefieren mis balcones y buganvillas. Además, no hay inglés que aumente su equipaje con un cuadro al óleo. Un apunte mío lo mete en la maleta.
Y riéndose de mi inmodestia, añadió:
-Acompáñeme, y a luchar...
-Gustosísimo; pero cada uno por su lado y con su procedimiento de venta.
    Y el insigne Meifrén llegó al Taoro en un coche de lujo y yo en un humilde simón. Al repique del gong, para la cena, se presentó en traje de pana, con un bosque de pelos en el rostro, y yo de smoking, rasurado como cura en domingo. Pidió una Marqués y yo una Viuda... y ya en hall, sus paisajes expuestos... a no venderse, y en manos de una delgada miss, heredera del pez de más libras, una water-colour con galante dedicatoria mía.
-Ésta es la acuarela que pierdo todas las temporadas -dije aparte a Meifrén-, aunque en verdad no la pierdo porque la agradecida me hace la reclame para salir de las demás. ¡Benditos ingleses que con sus guineas pagan los otros que me persiguen!
    Al día siguiente, Meifrén descolgaba sus lienzos, y yo, fingiéndome furioso con el manager por vender, sin permiso, mis acuarelas.
    Zamacois concluye su evocación sobre la personalidad de Diego Crosa, con estas palabras:
    De su arte, verdadera vocación de su espíritu, Diego Crosa habla poco. Como obedeciendo a la consigna de ser ameno, prefiere reír, explicar frivolidades agradables; y, conversador, astuto, sólo demuestra preocuparse de lo que interesa a los demás. De ahí la estela de simpatía que deja tras de sí. En Buenos Aires, en New York, en Londres..., ¡en cualquier parte! He encontrado siempre alguien que me haya dicho: Si ha pasado usted por Santa Cruz, conocería usted a Crosita...
    Este es su segundo gran triunfo: perdurar en la memoria de los errantes, tan acostumbrados a olvidar; tener afectos en muchos países, sin haber salido apenas del suyo; y sin haberse molestado en entrevistar a nadie, ser amigo y poseer retratos dedicados de todos los artistas, de todas las cupletistas, de todos los políticos... -a éstos les cito adrede en tercer lugar- que pasaron junto a él.
Ágil, risueño, cordial, pronto a servir, dispuesto a no acostarse, eternamente mozo, Diego Crosa lleva en el corazón una estudiantina.
Homanaje a Diego Crosa en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife
    Su popularidad, reconocida de forma unánime, le hizo acreedor a varios homenajes. De uno de ellos, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife, el miércoles diez de junio de 1942, fueron publicadas unas páginas leídas en aquel acto por José Manuel Guimerá [17]. El fino ensayista y poeta comenta la ya larga trayectoria vital de Crosa, en los siguientes términos:
    [...] La obra de Diego Crosa, que dijimos era dación, es también diversidad y desparramamiento. Pero el arte es unidad y todo artista siente su imperiosa exigencia. En el alma de Diego Crosa, tan sencilla, tan llena de evocaciones, ¡ qué de ideas sin cristalizar, se adivinan; qué de posibilidades sin cuajar; qué de propósitos en germen! Y todo este mundo de cosas non-natas que él ha sentido dentro, ha de nimbarlo interiormente de tristeza. Pero esto la gente no adivina porque él, elegante siempre consigo y con los demás, hizo florecer una sonrisa. Y eso es lo que los demás han apresado [...].
Bien hubiera querido el Círculo de Bellas Artes ornar sus paredes con cuadros y dibujos de Crosa, reflejos de sus momentos consagrados al encanto del solar isleño; darle a brazadas flores de sus campos; en recuerdo de sus intervenciones para asilos y hospitales; regalar más vuestros oídos con sus cantares y romances donde respira, amorosa, un poco fatalista y triste, como ella es, el alma canaria; pero en esto, como casi siempre en la vida, el deseo generoso y los caminos dela realidad marcharon divergentes. Al fin de esta tarde oiréis tres composiciones de su Romancero guanche, ese Romancero que él no puede publicar y que otros debieron hacerlo. Sin pararme a considerar si es o no oportuna la observación, vean las corporaciones, vean sus amigos pudientes, si es momento de dar concreción en las páginas de un libro a estas canciones que exaltarían al pueblo isleño aborigen, al tiempo de exaltarle a él en su obra de paciencia y belleza.
Diego Crosa y su busto en el estudio del escultor Granados
    Ha sido necesario el transcurso de sesenta lentos años, para que el deseo de José Manuel Guimerá, y de tantos otros, se viera realizado.
    El doce de octubre de 1954, como consecuencia de una iniciativa alentada por el Círculo de Bellas Artes de Tenerife, se inauguró el monumento a Diego Crosa en el parque municipal García Sanabria de Santa Cruz de Tenerife. Tras algunas controversias relativas a su propia morfología, entre las que destacó la actitud que defendía don Sebastián Padrón Acosta que, aceptando que en él debiera figurar la cabeza de Diego Crosa que había moldeado Nicolás Granados, la cual consideraba una verdadera obra de arte, se negaba, y no sin razón, a que se le añadiera el busto del que carecía, y que se pretendía fuera de mano de otro artista. No prosperó, sin embargo, la acertada observación del culto sacerdote, y la cabeza fue incorporada a un busto, obra, al parecer, de Benito Oliva.
    El de Nicolás Granados es hoy un nombre que pertenece al olvido. Constiruye uno de esos casos de injusticia que se prodigan en el ámbito de la historia del arte. No obstante, fue un artista reconocido en su época y, desde luego, un magnífico escultor. Antonio Martí publicó en El Día, el diecinueve de julio de 1981, unas redondillas alusivas a Granados, su estudio y la tertulia que en él tenía lugar, y que no podemos dejar de reproducir como nota de color que ilustre el reportaje gráfico que publicamos, en el que Crosa y Gil-Roldán beben sendas copas de whisky mientras sus alter-ego de arcilla, enfrentados dialogan.

¿El estudio de Granados? Total, nada:
una casa chiquitita
con granito artificial en la fachada.
Un tabique de madera machihembrada.
Un despacho. Una salita.
Andamios de madera con muestrarios
de piedras. Una figura.
La cruz de una sepultura
y un adorno funerario
Plumas, lápices, pinceles...
Un armario en un testero.
Tras el armario, un sombrero
y unos rollos de papeles.

La entrada era por el taller de marmolista. Luego, el tránsito del taller al estudio...

La puerta. Dos escalones.
Y, después, ¡qué maravilla!
Un cuadro sobre una silla
y esculturas a montones.
Aquí, una mano de yeso,
que finge, al paso, un saludo.
Más allá, un seno desnudo
Pidiendo, a gritos, un beso.
Entre bustos alineados,
algún cuadro se intercala.
Estamos en la antesala
del estudio de Granados.

Todo era confusión, desorden, y muestras de arte en mil detalles diferentes. Era el paso del trabajador al artista.

Después, el estudio en sí.
Mucha cosa en poco espacio.
Pero vayamos despacio
para ver lo que hay aquí.
Unos sillones. Un piano.
Un pañolito. Una jarra.
Una flor. Una guitarra.
Una mesa... Y siempre a mano,
el platito de ensalada;
la copa de cristal fino;
la botella con el vino;
un cigarro...¿ Lo ves ? Nada.
Charlas, bullicio, retazos
de conversación. Presumo
que hay cuadros, más con el humo
sólo se ven a pedazos.
La atmósfera toda baña
un olor de maravilla
a cazalla y manzanilla.
Así pues, a nadie extraña
Que, entre tanta cosa bella
Como hay aquí, encerrada,
Se nos vaya la mirada
Derechita a la botella.

Y Alonso Reyes, de un lado para otro, haciendo los honores de la casa, como ayudante en todo que fue de su gran amigo y maestro Nicolás Granados. Luego seguía yo:

Ya que caté su sabor
y el paladar se recrea,
permite, amigo, que vea
lo que hay a mi alrededor.
Deja que los otros coman,
y beban a su placer,
y vente conmigo, a ver
aquellos dos que se asoman,
el uno del otro al lado,
como pareja feliz...
Oye, ¡sin son López Ruiz
y Marrero Regalado!
Fíjate, desde esta esquina,
el parecido resalta.
A Manolo no le falta
Nada más que la chalina.
En el de Enrique hallarás,
más perfección y justeza,
que tiene una gran cabeza
sin sobrarle lo demás.

[...]

Ven conmigo aquí, y verás,
El busto de Diego Crosa:
Una muestra primorosa
del arte de Nicolás.
Sus ojillos sonrientes,
donde la ironía alienta.
Su misma boca sedienta
de beber en dulces fuentes.
Insaciable buceador
del encanto peregrino,
que, como en la pipa el vino,
guarda secreto, el amor.
Con su cráneo, mondo y terso,
no sabe de odios ni agravios.
Cada vez que abre los labios
sale por ellos un verso.
Parece viejo y es niño.
Un niño bueno, además.
¡No hay duda que Nicolás
hizo el busto con cariño!

Y seguimos recorriendo el estudio

Un florete se adivina
escondido por ahí,
que se han celebrado aquí
muchos combates de esgrima.
Esgrima de fino humor,
y agudas frases mordientes,
en que los dos contendientes
hiérense a más y mejor.
Puesto ambos en el brete
de no perdonarse nada,
y esgrimir la carcajada
como si fuera un florete.

Lo más característico, peculiar y notable, del estudio de Granados, eran los gatos.

Sobre un estante, el semblante
mansurrón muestra un minino.
¿Por dónde, cielos divinos,
se subió el gato al estante?
Un gato es solo el preludio
de lo que verás después
pues lo cierto, amigo, es
que hay muchos en el estante.
Puedes ir tomando datos.
Son nueve, sí, no te asombre.
¿Te extraña que pueda un hombre
vivir entre tanto gato?
Yo también dudé contigo.
Hasta que acerté a pensar
que un gato no puede hablar
Y es, por tanto, un buen amigo.
No hay temor de que se queje
contra el sino cruel y fiero,
ni que te pida dinero,
ni, paternal, te aconseje.
No habla mal de los demás.
No es envidioso, ni ingrato...
No hay amigo como el gato.
¿Tienes razón Nicolás!

Había muerto Ramón Gil Roldán cuando escribí estas redondillas. Y así lo hice constar, diciendo:

Mira, aquí, en este rincón.
Hay un papel, ¿lo levanto?
Veremos qué hay... ¿Cielo Santo
si es la nariz de Ramón!
Su nariz larga, ganchuda,
y su boca sonriente,
tan presta a la frase hiriente,
como a la réplica aguda.
Yo creí no verlo más.
Pero no es verdad, ¡no es cierto!
¡Ramón no puede haber muerto
como mueren los demás!
Siento ganas de llorar.
Es verdad. ¡No se había ido!
¿Lo ves? Estaba escondido.
Oyéndonos murmurar,
preparando la ironía
para dejarla caer...
Pero, ¿cómo va a beber,
si está su copa vacía?
Un vaso no, dos bien llenos,
ponle del mejor Jerez.
¡Que no se vaya otra vez!
¡Lo echamos tanto de menos!

Y terminaba aquellas redondillas, todo lo malas que se quiera, pero llenas de ternura y emoción:

De tanto y tanto beber
que estoy borracho presumo.
¿Son las lágrimas o el humo
lo que no me deja ver?
Pues si la emoción no abona
este encuentro que he tenido,
abona lo que he bebido
la borrachera llorona.
¿Los demás? Todos sentados.
Uno bebe, el otro fuma...
Ya has visto lo que es, en suma
el estudio de Granados.
Un rinconcito pequeño
donde, sin pena ni gloria,
vive su mejor historia
todo el Arte tinerfeño.

Caricaturas de Crosita por Fernando Fresno


    Diego Crosa y Costa, falleció, soltero, en Santa Cruz de Tenerife, el día de Navidad de 1942.


NOTAS
[1] Folías alcanzó dos ediciones, ambas realizadas en vida de su autor. La primera, con prólogo de Antonio Domínguez Alfonso, fue impresa en la tipografía de La Prensa, bajo los auspicios de su amigo Leoncio Rodríguez, en 1923. Edición en octavo menor, se compone de setenta y ocho páginas. Esta primera edición de Folías consta de ciento cuarenta y nueve coplas, ochenta de ellas, bajo el epígrafe de Campesinas. La segunda edición de Folías, lleva fecha de 1932, tamaño similar e idéntico pie de imprenta, pero incluye ciento sesenta y cuatro coplas, divididas en dos grupos: De la ciudad y De la aldea.
[2] Diego Crosa y Costa fue bautizado en la parroquia de San Francisco de Asís de Santa Cruz de Tenerife, el día 26 de abril de 1869. Vide también, PADRÓN ACOSTA, Sebastián: Poetas canarios de los siglos XIX y XX. Edición, prólogo y notas por Sebastián de la Nuez. Aula de Cultura de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife. 1978.
[3] Don Ángel Crosa Isolabella, nacido en Génova en 1752, hijo de don Antonio Crossa y doña Violante Isolabella, falleció en Cádiz el cinco de enero de 1804. Había testado ante el escribano público de aquella plaza, Juan Manuel Martínez, el día 2 anterior. Su mujer, doña Catalina Carbonell y Bueno, murió poco después, el trece de marzo del mismo año, en Chiclana. Partida de defunción de don Ángel Crosa. Parroquia de San Antonio de Cádiz. Libro II de funerales, f. 203. Partida de defunción de doña Catalina Carbonell. Parroquial de San Juan Bautista de Chiclana. Libro XIII de entierros, f. 82v.
[4] Testamento de don José Crosa y Carbonell, ante Francisco Rodríguez Suárez, en Santa Cruz de Tenerife, a diecisiete de julio de 1855. Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife. En adelante AHPSCT.
[5] LEÓN, Francisco María de: Historia de las Islas Canarias. 1776-1868. Aula de Cultura de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife. 1996.
[6] León, Francisco María de: op. cit.; Cioranescu, Alejandro; Historia de Santa Cruz de Tenerife. CajaCanarias. Santa Cruz de Tenerife. 1998.
[7] Testamento cerrado de don José Crosa, abierto ante el escribano público don Diego Antonio Costa y Carvalho, el 23 de septiembre de 1858. AHPSCT.
[8] Miracle, Joseph: La leyenda y la historia en la biografía de Ángel Guimerá. Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto de Estudios Canarios. Santa Cruz de Tenerife. 1952.
[9] Rumeu de Armas, Antonio: Canarias y el Atlántico. Piraterías y ataques navales. Tomo III. Segunda Parte. Segunda edición facsímil. Madrid. 1991.
[10] Información de nobleza de don Joseph Lenard y Berón en San Cristóbal de La Laguna, el veintiocho de noviembre de 1777, ante Tomás Suárez Estévez. AHPSCT.
[11] GUTIÉRREZ ALBELO, Emeterio: Versos escogidos [1922-1969]. Ayuntamiento de Icod de los Vinos-Cabildo Insular de Tenerife. La Laguna. 1995.
[12] VV. AA.: Diego Crosa y Costa. Poetas tinerfeños. Biblioteca Canaria. Santa Cruz de Tenerife. 1950.
[13] CROSA Y COSTA, Diego: Confesiones e intimidades. Poetas isleños. Biblioteca Canaria. 1950.
[14] VV. AA.: Diego Crosa y Costa. Poetas tinerfeños. Biblioteca Canaria. Santa Cruz de Tenerife. 1950.
[15] Queremos agradecer a la profesora doña María Rosa Alonso, indulgente y buena amiga, la amabilidad que tuvo al habernos facilitado innumerables datos relativos a la biografía de Diego Crosa, que conserva en su archivo particular, y en especial, el conocimiento de la rara edición, en folletín, de En la mocanera.
[16] GUIMERÁ, José Manuel: Ensayos. Círculo de Bellas Artes de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife. 1951.


jueves, 20 de enero de 2011

Eduardo Westerdahl


Eduardo Westerdahl: el intérprete objetivo
por
Carlos Gaviño de Franchy


EW: Composición. Ca. 1930
      Hay en la actualidad -y los hubo en el pasado- fotógrafos capaces de captar la excepción, lo excepcional, algo frecuente en las vidas de todos, aunque no todos sepan presenciar y propiciar el desarrollo de los propios, importantes acontecimientos. La historia «de curso legal» y la otra, más insulsa por allegada, están llenas de malas fotografías y de peores fotógrafos. Los hay que se pasan la existencia con la cámara en el ojo y no logran una placa medianamente digna, como les ocurre a tantos poetas y escritores, a tantos pintores y músicos con sus textos, sus telas y sus partituras.
    En al arte/ciencia de escribir con luz, como en el resto de las actividades artísticas, existe un «algo» especial que responde al estado del espíritu -sin olvidar demasiado la funda orgánica- que predispone a la canalización del lenguaje universal del que todos somos parte y del que, también, procedemos.
    Se trata de lograr que la palabra nos atraviese. En el principio fue la palabra, dicen las Escrituras y lo repitieron insistentemente los alquimistas medievales europeos; la palabra inicial debe discurrir por los entresijos expeditos de nuestra microestructura universal como un torrente estremecedor. Hablamos del conocimiento. De ese conocimiento que movió la mano de De Chirico en las primeras etapas de su vida de pintor, la misma mano que reconoció, observando las formas dictadas, su incapacidad para seguir interpretándolas y produjo uno de los primeros casos de autofalsificación. Porque el arte es un palimpsesto del conocimiento.
    Este estado característico que entorna todo trabajo creacional, llámesele como se quiera, ha sido procurado a lo largo de las biografías de los artistas de las maneras más diversas. Desde sentarse a escribir con la bata de Balzac subastada y adquirida por Óscar Wilde, a blandir constantemente una pretendida canilla de Cristo como hacía Artaud. Naturalmente, ahora, nos parecen actitudes de un pasado encantador. El artista de hoy prescinde de estas originalidades. Pero se siguen utilizando procedimientos caseros de adecuación, a pesar de que una cierta frialdad modernizante ha acabado con el tipo de artista sistemáticamente conocido por sus extravagancias. Extravagancias, no lo olvidemos, que le valieron la consideración general de enfermo mental y, lo que es más importante, la inmunidad de que estos disfrutan.
    El artista es desde hace ya tiempo un individuo polifuncional (en oposición al que venía siendo: alguien que pintaba porque sólo sabía pintar, alguien que escribía por que sólo -decían- sabía escribir) y desarrolla multitud de actividades, la mayor parte de las cuales apuntan hacia un fin concreto: el arte. Así los escultores son pintores y ceramistas y los autores dramáticos, gastrónomos, poetas y tapiceros.
Anónimo: Eduardo Westerdahl. Ca. 1925


    La vida como una obra total de arte, siguiendo las enseñanzas de Pater y el ejemplo de Ford Madox Ford.    Valga esta divagación para dejar claro aquí que el ejercicio de la fotografía en Eduardo Westerdahl puede y debe ser considerado como un aspecto más de su rica personalidad artística, aún teniendo claro que en nuestra cultura hispánica está mal visto, cuando no parece increíble, que alguien pueda abarcar a un tiempo actividades diversas y conseguir en ellas una calidad cierta.
    En este caso y tratándose principalmente de retratos se aúnan la creación y los procesos analíticos de la crítica.
    Westerdahl cultivó también el trato de sus amigos y su consecuencia inmediata: la conversación; la poesía, la crítica de arte, la plástica -realizando collages, poemas visuales y diseño editorial-, desarrollando sobre todo su espléndida imagen de organizador, de mecenas sin medios de eventos culturales.


EW: Óscar Domínguez. 1935
    Nos interesa ahora el Westerdahl fotógrafo, desconocido por el público hasta la reciente muestra organizada en el Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias, de Santa Cruz de Tenerife, como una de las que formaron parte de las exposiciones con las que se ha pretendido rendirle homenaje.
    Hasta hace muy poco el Archivo Fotográfico Westerdahl, cuyos fondos están constituidos por un número no inferior a los ocho mil negativos, dormía un sueño injusto en el interior de una porción de cajas metálicas de cigarrillos ingleses o en otras, todavía olorosas, de puros habanos.
    Maud Westerdahl y quien esto escribe realizaron una primera labor de búsqueda y clasificación que ha dado como resultado la exposición citada. Con este motivo se colgaron 194 fotografías rescatadas técnicamente por Efraín Pintos y Alejandro Delgado a partir de los negativos auténticos y, en contados casos, recurriendo a otros nuevos tomados de positivos sobre papel. Actualmente se trabaja en la selección final de aquellos con los que se pretende formar un volumen que ha de dar a conocer, en esencia, la totalidad de los fondos existentes, reflejando en último extremo sesenta años de quehacer cultural canario.

EW: De izquierda a derecha: Tanja Tanvenius; Pilar Lojendio y Maud Westerdahl. Ca. 1955



     Los fondos del AFW pueden diferenciarse en varios grupos. En uno de ellos, el más importante por motivos obvios, estarían los retratos relizados por Westerdahl a pintores y escritores, poetas y críticos vinculados a sus empresas culturales, ilustrados con paisajes que van desde Las Cañadas del Teide hasta el café de La Coupole. En un segundo apartado caben aquellas fotografías en las que aparece Eduardo Westerdahl sólo o en compañía de otros, todas ellas tomadas con su cámara, una vieja Rolley Flex con la que fueron impresionados la totalidad de los negativos que se conservan, ya que nuestro fotógrafo nunca utilizó otra. Una vez inservible ésta y fracasados los intentos de adaptación a nuevas máquinas, dejó de hacer fotografías. Le siguen las fotos realizadas por prestigiosos artistas entre las que se encuentran varios retratos que Man Ray hizo a Maud Westerdahl y Vasili Kandinsky, y algunas de Jhon Mili, Izis, etc, tanto más interesantes cuanto que la mayoría son inéditas, y un sin número de instantáneas de exclusivo valor familiar. Esto en cuanto a retratos se refiere, sin olvidar aquellos, también domésticos, de sus antepasados, que tienen un innegable interés antropológico. Hay además fotografías de viajes, interiores de estudios y talleres, paisajes urbanos y monumentales, reproducciones de obras de arte, de exposiciones, etcétera; y por último un reducido grupo de naturalezas muertas realizadas combinando elementos en la mejor línea de adaptación de las «scenes» de la fotografía finisecular.
    Hemos considerado como realizadas por Westerdahl las fotografías obtenidas directamente por él y aquellas en que, ausente su dedo del disparador, tanto su presencia en los clichés como el uso de su objetivo y el anonimato necesario del ejecutante las convierten en fotografías especulares de Eduardo Westerdahl. También incluimos otras realizadas por personas ajenas al propio Westerdahl, pero que de alguna manera llenan un vacío de íntimos que, si bien no fue calculado por él, resulta imprescindible cubrir para alcanzar una visión más amplia de su presencia ya histórica. Son sin duda fotos imposibles, apócrifas, posteriores a la utilización de la Rolley Flex.
    El interés primordial de estas placas contempladas desde la carencia de literatura incitante se centra en dos acepciones de la palabra presentación.
    Los documentos que ahora mostramos tienen la particularidad de darnos a conocer a unos personajes desde la inmediatez del trato social. Así de llano y claro. Westerdahl siempre pensó que las gentes con intereses similares debían conocerse, en el convencimiento de que las relaciones generaban cultura humanizada, algo que iba más allá de la simple relación profesional o comercial.
    Por otro lado, hemos intentado ofrecerlas de manera presentativa, huyendo de la representación y sus manipulaciones historicistas.
    Sin embargo tres de las series expuestas, las más atractivas para un público mayoritario, vienen adornadas con el lastre incómodo de un valor añadido, una leyenda monográfica. Son las conocidas instantáneas de la excursión surrealista a Tenerife; las dos visitas que los Westerdahl hicieron a La Californie y las tomadas durante la estancia de lord Bertrand Russell en el Puerto de la Cruz.
    Sobre ellas tenemos algo que aclarar, aunque con el temor de que la difusión de estas noticias no haga más que agravar una situación por muchos desconocida.
EW: De izquierda a derecha, Pedro García Cabrera; Domingo Pérez Minik, Agustín Espinosa, Jacqueline Breton y Benjamin Peret. 1935
     La gira de Bretón, su mujer, y el poeta Benjamín Peret a la isla; su visita a Tacoronte, lugar donde pasó su infancia Domínguez y escenario en el que fueron tomadas gran parte de las fotografías que poseemos, y la afirmación dislocada del papa del Surrealismo que convierte a esta tierra en espacio autóctono del movimiento superreal, dado el interés que los estrechos y pequeños pantalones de Jacqueline Bretón habían causado entre los «naturales» del país, son ya historia. Historia deformada que la contemplación de las fotografías esclarece y endereza. Hoy, cincuenta años después, usted mismo puede observar el grupo de los «interesados» en el surrealismo que entorna la figura de Bretón y sacar sus propias consecuencias.
    Se piensa, se sueña más bien, con bastante ligereza en una cultura canaria visitada y elogiada por Bretón, fuera del estricto recinto de los intelectuales y artistas cercanos a Gaceta de Arte. La realidad es otra por desgracia mucho más cruel, más próxima al cine pobre suramericano que a nuestra reciente y, por fortuna, mestiza cultura. La cultura válida, la que ha quedado, es patrimonio heredado de unos pocos interesados que llegaron a ella y la hicieron desde el esfuerzo inteligente y no desde la comodidad económico-académica. Fue la obra de un grupo de canarios que usaron las puertas del mar para entrar y salir por ellas y no para sellarlas sobre su hermosa tumba.
EW: Taller de Pablo Picasso en La Californie. 1959-1960
    La segunda serie, muy difundida, aunque no en su totalidad, la constituyen las fotografías obtenidas en La Californie, el estudio de Picasso. Sobre este particular nos limitamos a repetir algo que Maud Westerdahl ha dicho muchas veces. A ella, desde su punto de vista, le resulta fácil; las cosas tienen el valor que tienen y no otro. Westerdahl no era amigo de Picasso o, al menos, no lo era como se pretende. El conocimiento tuvo origen en la amistad -tampoco íntima- que mantenían con él Maud y Domínguez. Eduardo Westerdahl había trabajado sobre su figura y publicado críticas a la obra (en Papeles de Son Armadans) pero no había intimidad. Fue Maud quien condujo en ambas ocasiones a Westerdahl a casa del malagueño. Pensar otra cosa sería estúpido, cuando se sabe que Picasso hacía esperar a su biógrafo sir Roland Penrose durante semanas para darle cita.



EW: Pablo Picasso en La Californie.


    Hay sin embargo un dato curioso: el pintor no era muy dado a dejarse fotografiar por cualquiera, sin embargo Westerdahl, no por casualidad, lo consiguió. Esta serie constituye un argumental de interés único, pero exento de ese sentimiento participativo y mediocre que acerca al observador al genio por medio de una supuesta intimidad con el fotógrafo. Hay algo de regusto provinciano y mentiroso en la contemplación manipulada de estas fotos.
En cuanto a la visita de lord Russell ¿qué quedaría de ella si, aparte las fotos, no hubiera habido una amistosa influencia del filósofo en el grupo de g. a. y en especial en Domingo Pérez Minik? Apenas nada.
El azar objetivo, buscado inteligentemente -quizás el único punto de contacto entre Westerdahl y los planteamientos surrealistas- impregna estas fotografías.




    Agustín Espinosa no escenifica la apariencia del bello crimen del suicidio imposible casualmente. No es casualidad que el rostro de Pedro García Cabrera tuviera ya los estigmas de que fue víctima a causa de su pensamiento político. Tampoco nos parece casualidad que el otro artífice de la moderna cultura europeísta canaria, Domingo Pérez Minik, aparezca en tantas y tan buenas fotos. Otros integrantes de las artes y la inteligencia se desdibujan o sencillamente desaparecen. Un trasunto de sus propias existencias. Y así descubra y describa usted mismo los personajes.

EW: Domingo Pérez Minik. Ca. 1960                                       EW: Pedro García Cabrera. Ca. 1950                                            EW: Agustín Espinosa. 1935
    Por último señalar un modo que caracterizó el comportamiento de Eduardo Westerdahl: todos los pintores académicos canarios -con los que por supuesto estaba en desacuerdo- quedaron magistralmente retratados con afecto y sin interés.
    Viendo estas fotos parecería que Eduardo Westerdahl hubiera conseguido, un poco tristemente, su propósito de reunir aquí, de manera temporal, en la Residencia de Artistas que diseñó Alberto Sartoris, a todos aquellos a los que en algún momento quiso traer a Canarias. Algunos vinieron -a su casa y a costa suya- pero del resto no nos quedan más que imágenes. Así son las cosas aquí. Muchas imágenes, pocas consecuencias

    Publicado en “Homenaje a Eduardo Westerdahl”. Separata de la revista Hartísimo. Número 2. Santa Cruz de Tenerife, marzo-abril-mayo de 1984.

miércoles, 19 de enero de 2011

Juan Franchy

JUAN FRANCHY, UN APUNTE BIOGRÁFICO
por
Carlos Gaviño de Franchy


                                             SU FAMILIA
Joaquín Martí: Juan Franchy.
Colección particular. Tenerife.
    Juan José Francisco Manuel Benigno de Franchy y Melgarejo nació, en Haría de Lanzarote, a las once de la mañana del día trece de febrero de mil ochocientos noventa, y fue inscrito en el Registro Civil del citado pueblo, al folio veintiuno del tomo primero de la primera sección de Nacimientos, por el juez municipal don José Reyes Pacheco. Era hijo de don José María de Franchy y Socas y de doña Maximina Melgarejo y Cabrera, casados en Haría, el veintisiete de febrero de mil ochocientos ochenta y nueve.
    Fueron sus abuelos paternos, don Francisco de Franchy y Lasso de la Vega y doña Josefa de Socas y Ramírez, que contrajeron matrimonio en el citado pueblo el doce de noviembre de 1851, y los maternos, don Juan Melgarejo y Caballero, natural de Cieza en Murcia, y doña Juana Cabrera y Perdomo. Don Juan Melgarejo fue alcalde de Arrecife de 1869 a 1873, durante el sexenio republicano, debiendo su condición de elegible a la circunstancia de formar parte del censo de los mayores contribuyentes del partido [1].
    Su padre, don José María Santiago de Franchy y Socas, nació en Haría el 25, y fue bautizado el veintiocho de julio de 1861 [2], hijo, como queda dicho, de don Francisco de Franchy Lasso de la Vega, natural del Puerto de Arrecife, y de doña Josefa de Socas y Ramírez (hija a su vez de don Vicente de Socas y Peraza de Ayala y de doña María Ramírez de León). Don Francisco de Franchy, secretario del Ayuntamiento de Haría y jefe del partido liberal, fue hijo del matrimonio formado por don Pedro de Franchy y Clavijo, natural de Teguise y doña María del Carmen Lasso de la Vega y García del Castillo, que lo era del repetido pueblo de Haría [2 bis].
    Don Pedro de Franchy y Clavijo era tercer nieto de Lope de Clavijo y de su mujer doña María de Franchy, hija de Simón de Franchy, alguacil mayor de la guerra, y de María de Jesús de Armas, hija a su vez del regidor Andrés de Armas y de su esposa Ana de Umpiérrez.
    Los miembros de la familia Franchy-Clavijo fueron patronos de la capilla de San José del convento de Miraflores de Teguise, en la que disfrutaban de enterramiento. En la Villa de San Miguel Arcángel tu¬vieron su residencia principal, con ramificaciones y propiedades en San Bartolomé y en el pago de Argana, y descendían de Inés de Clavijo –hija del poblador y paje del Adelantado Juan Clavijo el viejo- y de su marido el capitán Pedro Lavado Centeno.
    Juan Franchy era primo hermano del marino y poeta Francisco Jordán y Franchy, nacido en 1886, e hijo de don Andrés Jordán Cabrera y doña Ana Luisa de Franchy y Socas, hermana de don José María.
    Juan Franchy se trasladó a Tenerife, niño aún, con motivo de haber sido nombrado su padre archivero del Ayuntamiento de la Capital de la Provincia de Canarias. Don José María de Franchy fue un acomodado terrateniente, con propiedades heredadas en Lanzarote (gran parte de ellas procedían de su abuelo materno don Vicente de Socas y Peraza de Ayala, hacendado de Haría) y otras en Tenerife, adquiridas al estado, que se había posesionado de ellas a causa del impago de impuestos por sus propietarios. Su carácter emprendedor le condujo a solicitar del Ministerio de Fomento, a finales del siglo XIX, en sociedad con su amigo don Emiliano de Urquía y Redecilla, cuatrocientas hectáreas de terreno baldío en la Isla de la Graciosa y otras tantas en el Malpaís de Máguez, con el fin de crear tres colonias agrícolas y establecer en cada una de ellas a un administrador y diez o quince familias de jornaleros. El proyecto, que no llegó a buen fin, asombra aún por la modernidad de sus propuestas.

Trino Garriga: Juan Franchy.
Colección particular. Tenerife
    Don José María de Franchy compartía su residencia entre Santa Cruz de Tenerife y Madrid, ciudad esta última en la que pasó largo tiempo, siguiendo el proceso de anulación de matrimonio de su hija Piedad, casada con don Ricardo Schmelz von Hecht, que fue disuelto en 1926 por Pío XI, tras un largo y costosísimo proceso que prácticamente le arruinó. Falleció en Madrid el día diecinueve de noviembre de 1925, en su casa de la calle de Santa Engracia, número 64, sin conocer el resultado del proceso que le había costado la vida.
    La adolescencia de Juan Franchy transcurrió en Santa Cruz de Tenerife, donde cursó estudios de bachillerato y comercio, obteniendo el título de Intendente Mercantil, para más tarde licenciarse en Derecho por la Universidad de San Fernando de La Laguna.
El Regionalista. Santa Cruz de Tenerife, 1918
    Formó parte de la redacción del periódico La Prensa desde 1913 [4], y allí publicó sus primeros textos literarios. Fundó en 1918 El Regionalista, diario de la tarde, que dirigió hasta su desaparición. En 1925 y, en compañía de Víctor Zurita, dió a la imprenta el semanario Avante [5].

En 1926 se trasladó definitivamente a Madrid, en cuyo Colegio de Abogados se había inscrito el año anterior, y obtuvo la plaza de director de la Hemeroteca Nacional
    Desde allí siguó enviando sus colaboraciones a La Prensa, muchas de ellas insertas en una columna semanal que llevaba por título Metonimia andante.
    Juan Franchy falleció el 30 de agosto de 1928, a los treinta y cinco años de edad.
   Su obra literaria, compuesta casi exclusivamente por artículos de prensa, cuentos cortos y un guión cinematográfico -que permanece inédito-, se encuentra dispersa, publicada en periódicos y revistas de la época.


JUAN FRANCHY, VISTO POR SUS CONTEMPORÁNEOS

    Recordando a sus amigos muertos, Francisco González Díaz envió a La Prensa, desde su retiro de Teror, el 15 octubre de 1935, la semblanza que sigue:

    Vamos a escribir, movida la pluma por el corazón, para esos amigos que murieron jóvenes, justicieros epitafios: la justicia de Ultratumba...
    La de más acá, no suele ser justicia.
    Juan Franchy, llevaba un apellido ilustre, era ágil periodista y prometía ganar nombre de maestro en la Prensa literaria. Amistad tuvimos. Este otro buen Juan vivo en mis recuerdos propúsose organizar un partido regionalista, que entonces hacía falta y mucha más falta está haciendo hoy, porque la región canaria está pidiendo a gritos ser reconocida por la nación española... Me metió en la empresa, y me arrastró consigo...
    Yo di, acompañado de Juan Franchy, en el Teatro Guimerá, una conferencia sobre el tema del regionalismo político, que La Prensa a evocado entre sus gratas memorias con ocasión de su vigésimo quinto aniversario.
    Nada más... Otro que iba firmemente al éxito, y desapareció en el misterio nocturno de la Muerte... Madrid lo mató... Con él murió una esperanza...

    En el mismo periódico y en idéntica fecha, su director, Leoncio Rodríguez, publicó la siguiente necrológica:

    En Madrid, donde desempeñaba un importante puesto como funcionario de la Hemeroteca Nacional, le sorprendió traidoramente la muerte. El triste desenlace causó profunda impresión entre los numerosos amigos con que contaba entre nosotros el culto escritor, que con sus perseverantes esfuerzos, su sólida cultura y su carácter noble y caballeroso se había conquistado un verdadero prestigio y un porvenir risueño entre la juventud intelectual de Canarias.
    En esta casa, donde Juan Franchy hizo sus primeras armas periodísticas, destacándose briosamente como un gran valor literario, perdurará siempre, entre nuestros recuerdos más íntimos, el nombre del entrañable camarada, modelo de corrección, estudioso, trabajador, que demostró en todo momento un vehemente cariño por su tierra, enalteciéndola en notables crónicas y profesándole una intensa y espiritual adoración.
    Como se recordará, el señor Franchy fue uno de los más entusiastas gestores del proyecto del Parque, al que consagró un asiduo y patriótico interés, y su labor como concejal y teniente de Alcalde durante la gestión del Ayuntamiento republicano, le capacitó como elemento valioso y de gran alteza de miras.

Trino Garriga: Juan Franchy. Colección particular. Tenerife.

    José González Rodríguez, en su libro Pro-Cultura, Biografías de personalidades contemporáneas que más han contribuido al progreso intelectual, material y artístico de Canarias [6], hizo este boceto de la personalidad de Juan Franchy:

    Nació en 1893 (sic) en la isla de Lanzarote, y desde muy joven sintió la magia del arte literario, recibiendo las primeras lecciones de Retórica de un antiguo profesor de segunda enseñanza e inspirado poeta, paisano suyo.
    A los dieciocho años publicó un artículo en el diario “La Prensa", titulado El hijo del Cónsul, que tuvo la virtud ética de revolucionar el espíritu, de suyo tan monótono y aquietado de nuestro pueblo, dando lugar a que algunos pensaran que era piedra de escándalo por figurárselo alusivo a determinadas personas d nuestra sociedad; pero los más admiraron el ingenio y soltura que en aquel su primer artículo demostraba no ser el principiante en el difícil arte de escribir.
    Desde entonces el Sr. Franchy no ha cesado de colaborar en "La Prensa", y cada artículo suyo constituye un triunfo para su autor.
    Sus escritos Los Reyes que no caen; el Cuento del árbol; La muerte del príncipe, publicados durante la guerra europea con motivo de la muerte del Príncipe de Battenberg; El Testamento de Isabel la Católica; El Duque Ruiz, El Divino tesoro y otros muchos, constituyen verdaderos modelos de originalidad y galanura.
    Con motivo de la publicación de la novela a escote, escrita en co¬laboración por los mejores ingenios de la isla, fue el señor Franchy uno de sus autores cuya semblanza hizo el poeta y abogado señor Gil-Roldán.
    Don Juan Franchy es Licenciado en Derecho Civil y Canónico, e Intendente Mercantil. Estudió en el Instituto General y Técnico y en la Universidad de San Fernando de la hidalga Ciudad de La Laguna, con gran aprovechamiento y rapidez.
    Durante sus estudios de Derecho publicó un artículo magnífico y vibrante, titulado Universidad y fábrica, que mereció el elogio de los espíritus selectos, y la felicitación de sus profesores y compañeros.
    Ha sido miembro del Ateneo de Tenerife, y es en la actualidad Secretario del Círculo de Escritores y Artistas.
    Su colaboración valiosa, eficaz y desinteresada, se solicita siempre en todos los momentos en que hay que emprender una labor difícil y seria en cualquier aspecto de la vida ciudadana.
    Pero donde ha culminado su laboriosidad y patriotismo, lleno de honradez y de constancia, es en esa empresa casi gigantesca de construir un Parque urbano en la Capital de la Provincia.
    Fue el Señor Franchy Presidente de la Comisión del Parque, y, en año y medio, con la labor entusiasta de todos los miembros de la Comisión, se han podido regalar, adquiridos por suscripción, unos terrenos en los cuales se ha de emplazar la futura construcción y que actualmente valen más de un millón de pesetas.
    A pesar de su juventud, el señor Franchy ha sido Profesor de varios centros de enseñanza, y actualmente es Secretario de la "Academia Minerva" y Profesor de idiomas de la misma.
Fue el traductor durante la gran guerra, de los famosos y sensacionales partes en inglés, que venían de la estación de telegrafía sin hilos de "Poldhu", y que luego la curiosidad d nuestro público devoraba con interés.
    Ha sido también Concejal y Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de esta Capital, en cuya gestión llegó a alcanzar merecidos triunfos, que están en la memoria de todos. 
    A propósito de la publicación de La Novela a escote trasladamos un texto inserto en El Día, el domingo 27 de enero de 1985:

VV. AA.: Novela a escote. Tarjeta postal. 1915
    La Novela a escote, publicada por el diario "La Prensa" el año de 1915, constituyó uno de los mayores éxitos literarios que se recuerdan en el país por la curiosidad y expectación que despertó en todos los pueblos de la isla.
    Un concurso semejante lo había iniciado en España la revista "Madrid Cómico", dirigida por el popularísimo Sinesio Delgado y de él surgió la interesante novela Las vírgenes locas.
    La de "La Prensa" se titulaba Máxima culpa y en ella tomaron parte los siguientes escritores: Benito Pérez Armas, Domingo Cabrera (Carlos Cruz), Domingo J. Manrique, Diego Crosa, Emilio Calzadilla, Guillermo Perera, Ildefonso Maffiotte, Juan Franchy, Leoncio Rodríguez, Manuel Verdugo, Ramón Gil-Roldán y Guillón Barrús.

    Cada uno de los citados señores tuvo a su cargo un capítulo de la novela, para lo cual fueron semanalmente sometidos a riguroso sorteo, fijándose un plazo de dos días para la entrega de las cuartillas. El primero que fue designado por la suerte, según se había convenido, se encargó de titular la obra.
    Los mismos ligeros descuidos que un sagaz observador hallará en el transcurso de la novela, tanto en su trama como en el aspecto mudable del género literario, son la prueba más elocuente de la legalidad con que los autores se sometieron a las bases del concurso.
    El desarrollo de la novela fue seguido, como decimos, con extraordinaria curiosidad por el público, que en algunos momentos llegó a sentirse apasionado ante las múltiples peripecias de los personajes que desfilan por las páginas de Máxima culpa, y en el inesperado giro que cada autor daba al argumento central de la obra, hasta llevarla a feliz término venciendo las innumerables dificultades que tal labor representaba (...)
   
Manuel Verdugo y Bartlett:
Caricatura de Juan Franchy. 1915.
    Con motivo de la edición de la novela se imprimió una tarjeta postal con las caricaturas de los autores. La de Juan Franchy es obra del poeta Manuel Verdugo.

   También fueron publicadas unas semblanzas cómicas, correspondiendo la de nuestro personaje a su amigo don Ramón Gil-Roldán y reza:
    Juan Franchy, dandy taciturno y pálido; mirada torva, pulcro en el vestir; siempre sombrero pajizo. Entre venezolano y conejero, participa de la índole de Isaac Viera y del Libertador.
Su prosa de estirpe
Y factura coruscante,
Es algo abracadabrante,
Con dejos de vieja alquimia,
Y de "metonimia andante".

    Concluimos esta aproximación a la biografía de Juan Franchy, reproduciendo unas declaraciones a La Prensa de quien fuera inspirador del talante literario de algunos de los jóvenes miembros de la generación de gaceta de arte. Domingo Pérez Minik, confesaba que la figura infrecuente de Juan Franchy, con su profundo conocimiento de la lengua y literatura inglesas, su ideario político avanzado y cierto toque de dandismo, habían influido notablemente en el posterior desarrollo de su personalidad.

    Mis aficiones literarias
    Como declaración previa, debo decir que, para mí, la literatura constituye un culto.
    Así, a la ligera, ¿es posible hablar de esta divina concepción que todo lo crea y todo lo expresa? La literatura es el Arte supremo, en todo lo que este concepto tiene de grandioso.
    Es inmenso el ámbito de la literatura. Difícil es, pues, determinar una afición a este respecto. El género poético, el dramático, el didáctico, el periodístico, ¡cuánta verdad y cuanta belleza se puede expresar en todos!... Sin embargo, refiriéndonos a la forma, tal vez pudiera ser interesante la exposición de algo nuevo sobre la preferencia del lenguaje rimado o del prosaico. Yo sólo diré que el verso se presta más (quizás porque tiene ascendencia iconográfica) a disfrazar muchas tonterías. Y perdonen los malos poetas. La prosa no. El menor desliz que en ella ocurra, ya es un formidable escollo para el que intenta cultivarla. Con estas palabras puede establecerse la diferencia entre las dos formas; en el verso, el ripio es tolerado y obligado; en la prosa, no existiendo esta obligación, el ripio es una majadería.
    En el verso, casi todo es ambiguo y difuso; en prosa es terminante y preciso. En el primero predomina el concepto (exaltado por Quevedo y Góngora); en la segunda, el término es dominante. Para decir verdades, la prosa; hasta el punto de que, en verso, serían falsos los mismos Evangelios...
En cuanto al amor a la literatura habría mucho que decir. Si tener afición a la literatura es frecuentar reuniones de cafés y tascas malolientes en donde se habla de literatura con machaquería y dándoselas de intelectual, declaro que no soy aficionado, porque no me gusta la suciedad, ni el plebeyismo, y menos en el Arte. Sin llegar a decir, como el célebre profesor, que odio con toda el alma la bohemia artística, afirmaré con él que el escritor debe tener el pelo corto y el alma grande.
    Y ya que empecé hablando de la "religión", justo es que diga algo de los "dioses". No puedo darles otro nombre. ¿Cómo llamar a un Goethe, que escribiendo Werther y Fausto, aún le sobraba talento para saber latín, griego, matemáticas, filosofía y música?¿Y a Cervantes y Quevedo, cuya fecundidad prodigiosa no les impide ser políticos y guerreros?¿Y aquel Garcí-Lasso de la Vega que murió a los treinta años, después de hacer todas las campañas del Emperador y contribuir el primero a formar nuestro Siglo de Oro? ¿Y la maravilla de Shakespeare; y el milagro de Dante Alighieri?...
Verdaderamente, que cuando uno piensa en estos hombres y se decide a emborronar cuartillas, es para preguntar: pero, ¿puede decirse nada mejor? ¿Queda algo todavía por decir? Y se siente uno muy humilde y con deseos de sonreírse cuando se llega a creer que vale algo...
Creo en muchos escritores contemporáneos. De los nuestros, Galdós y Palacio Valdés, sobre todo. Ni Pedro Mata, ni Salaverría, pasando por toda la decadencia actual, llegan para mí a la categoría de iconos. De los extranjeros, no hablaré más que del prodigioso D'Annunzio, del cual se puede decir (como de Schaffle, en cuanto al socialismo) que toda su obra genial constituye la quintaesencia de la literatura.


NOTAS
[1] GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Candelaria y SOSA HENRÍQUEZ, Javier. "Elecciones municipales en Arrecife durante el sexenio revolucionario (1868-1874)". V Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote. Tomo I. Excmo. Cabildo Insular de Fuertevetnura. Excmo. Cabildo Insular de Lanzarote. Puerto del Rosario 1993.
[2] Parroquia de la Encarnación de Haría, Libro VII de Bautismos, f. 22 repetido.
[2 bis] DE LANZAROTE. MUERTE SENTIDA
    Por telegramas que se acaban de recibir, nos enteramos de la muerte del señor don Francisco Franchy y Lasso de la Vega, ocurrida en Lanzarote.
    El venerable anciano alcanzaba ya la avanzada edad de ochenta y seis años, y fue en sus buenos tiempos (durante la inquieta política de los Fajardo y León y Castillo, en aquella isla) jefe del partido liberal, por espacio de más de cuarenta años, en el pueblo de su residencia. Desempeñó por aquel tiempo la Secretaría del Ayuntamiento y del Juzgado, siendo el primero y único secretario de su época [al] que, por sus méritos, le concedió el Gobierno la jubilación.
De haber vivido don Francisco Franchy en campo más amplio en donde lucir todas sus virtudes, indudablemente, estaría hoy consagrado como un hombre extraordinario. Baste citar estos hechos absolutamente probados y verídicos:
        Durante su actuación en el Juzgado, es decir, en todos los cuarenta años ya dichos, no se llegó nunca, para los que al Juez acudían, a celebrarse un solo juicio de rigor. Don Francisco Franchy, como antiguamente los sabios patriarcas, llamaba ante sí a los culpables y litigantes y, antes de aplicar expresamente la ley, imponía a todos su voluntad prestigiosa y conciliadora. Además, interponiendo sus grandes influencias políticas, obtuvo siempre que ningún desgraciado del pueblo fuera a presidio, ejerciendo así una santa caridad.
Hombre de bastante fortuna, la perdió, en parte, socorriendo a manos llenas a los necesitados. Así se comprende que ejerciera su profesión burocrática sólo, para con su producto, sostener a varias familias, que vivían a su sombra. A él acudían los hombres para remediarse en los años de las frecuentes sequías lanzaroteñas, y a él pedían hasta las madres, que querían apresurar la redención militar de los mozos. Todos visitaban, en demanda de auxilio "la casa de don Francisco", como, por antonomasia, llamaba el pueblo la vieja residencia del hidalgo.
Ha muerto, pues, uno de los hombres más íntegros y nobles que han existido.
Expresamos el más sentido pésame a todos sus parientes, en particular a su hijo don José Franchy y Socas y a su nieto, nuestro compañero Juan Franchy. La Prensa. Santa Cruz de Tenerife, 19 de septiembre de 1917.
[3] FERNÁNDEZ BENÉITEZ, Ángel: "Acercamiento al poeta Francisco Jordán". VI Jornadas de estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote. Excmo. Cabildo Insular de Lanzarote. Excmo. Cabildo Insular de Fuerteventura. Arrecife. 1995.
[4] YANES, Julio: Leoncio Rodríguez y "La Prensa": una página del periodismo canario. Excmo. Cabildo Insular de Tenerife. Caja General de Ahorros de Canarias. "Herederos de Leoncio Rodríguez S.A". Santa Cruz de Tenerife. 1995.
[5] RODRÍGUEZ PADRÓN, Jorge: Primer ensayo para un diccionario de la literatura en Canarias. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias. Madrid. 1992.
[6] GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, José: Pro-Cultura. Biografías de personalidades contemporáneas que más han contribuido al progreso intelectual, material y artístico de Canarias. Volumen I. Imprenta de Suc. de M. Curbelo. Laguna de Tenerife. 1923.



UN DÍA DE MAYO

Cuento por Juan Franchy


    La campiña, fértil y extensa, avivaba en los ojos la placentera llama de todo el sortilegio de que es capaz la madre Naturaleza, en aquella mañanita de Mayo, fresca y lozana, como una rosa recién florecida, cuando Víctor Arralegui, el médico del Valle, salió de su casa a visitar a sus enfermos.
    A medida que Víctor Arralegui avanzaba por la calle principal del pueblo, encontraba a su paso, mozos y mozas, que con su hatillo al hombro, o sobre la cabeza, marchaban a su labor, con la grata satisfacción y la sana alegría que el campo inspira al comienzo de todo trabajo, cuando el cansancio y la fatiga bajo un sol abrasador, o un frío que corta las carnes, no envuelve todavía los cuerpos en una laxitud de renacimiento.
    "Buenos días, don Víctor".
    "Adiós, señor médico", saludaban los mozos y mozas, éstas con cierta marrullería irónica y mirando de soslayo picarescamente la gallarda apostura de Arralegui, a quien se les antojaba demasiado joven aún para el ejercicio del grave ministerio de curar al prójimo.
    Pero Víctor Arralegui, a pesar de todo, ya no era un niño. Contaba ya sus buenos veintisiete años. Y había estudiado mucho. Y vivido más. Conocía la vida no sólo en la diaria convivencia con sus semejantes, sino esencialmente en esos templos del dolor y de la muerte, que se llaman clínicas y hospitales; en esos sitios en los cuales se profieren las mayores blasfemias por la carne martirizada, o se pronuncian los votos más sagrados, o se escuchan confesiones increíbles... Ya lo creo que sabía cosas Víctor Arralegui. Y por eso era tolerante, y comprendía muchas veces las causas de algunos errores y hasta justificaba las culpas que a otros parecían horrendas.
    Seguía Arralegui su camino. Ahora pasaba por la senda que conducía al molino del pueblo el cual, a poco rato, quedó a sus espaldas, y se encontró en plena vega. Los jazmines, en aquella parte del sendero, sólo cuidados por la mano de Dios, crecían libérrimamente, plantados allí quizás en otros tiempos, por alguna pareja de amor, y aguardando, tal vez, a que, ahora, otra pareja amorosa viniera a disfrutarlos... Y Arralegui aspiraba aquel perfume; y su vista se extendía por toda la tierra, y luego recorría el límpido horizonte, terminando por elevarla hasta el cielo magníficamente azul de aquel espléndido día.
    -Día de Mayo, -exclamó Víctor Arralegui- día de Mayo de mi vida y la vida de todos, sagrada para mí...
    Y miró con expresión de fe el botiquín de urgencia que pendía de su mano derecha, como se mira el arma más eficaz, para combatir todos los males.
    De pronto, echando a Víctor bruscamente del encanto de su abstracción, hendió el espacio un grito agudísimo, un alarido de angustia. Víctor volvió instintivamente la cabeza. Era indudable que aquel grito provenía del molino, al que hacía rato había dejado atrás, pues no se divisaba por aquellos contornos ninguna persona, ni ningún otro lugar habitado. No vaciló. Allá, en el molino, le necesitaba alguien. Y echó a correr.
    Llegó al molino, que en aquella hora todavía estaba solitario. Miró el motor, que con sus explosiones, jadeaba marchando desenfrenadamente, y contempló con estupor cómo las piedras del molino giraban lanzando chispas sus círculos ferrados, sin grano que triturar, con la tolva vacía... ¿Qué significaba aquello?   ¿Cómo el molinero había abandonado su puesto?
    Siguió Víctor adentrándose en la casa, y empujó la puerta del almacén, en donde se amontonaban los sacos de harina. Y en el fondo de la habitación, tan blanca como la harina misma, desentonando del albo color sólo sus grandes ojos negros, vio Víctor a Maruja, la más linda zagalilla del pueblo, quien, al divisar al médico, salió de su inmovilidad exclamando:
    ¡Yo no lo maté!. ¡Yo no lo maté!...
    Y cayó de rodillas a los pies de Arralegui. Este cerró la puerta y se guardó la llave. Volvió luego la cabeza, y descubrió, echado de espaldas en el suelo, con la mano crispada sobre el costado, al molinero, de barba hirsuta y descuidada, con sus cincuenta años faunescos, y su boca de dientes negruzcos, a través de los cuales, un espumarajo viscoso se deslizaba manchando su cuello. Deshizo el botiquín y se precipitó hacia el caído. Tomó su pulso, le examinó atentamente y se convenció de que estaba muerto. Le separó la mano crispada de sobre el pecho, y vio Víctor que allí, sobre el corazón, erecta y reluciente, tenía a medio clavar una de esas agujas largas y buidas que se usan para coser los sacos.
    -¡Yo no lo maté!...-volvió a exclamar la hermosa zagalilla, llena de terror.
    Aproximose el médico, y le tomó una mano.
    -Ven, dime que ha pasado.
    -¡Mire, don Víctor, mire!...-gritó Maruja.
    Y en el deseo de querer disculparse, olvidando el pudor con un miedo lleno de convulsiones, mostró a Arralegui sus senos virginales maculados por unos arañazos, como de una zarpa. Examinándolos más atentamente, observó el médico la señal de unos dientes voraces.
    -¡Mire don Víctor!. ¡Quiso morderme, quiso atropellarme!...
    Y volvió a caer de hinojos, cubriendo ahora con sus manos el tesoro de sus senos.
    -Pero yo no lo maté... ¡Yo no lo maté!...
    Víctor la contempló un momento. Y su espíritu comprensivo se extendió sobre la muchacha como un manto protector. Claro, clarísimo, que ella le había matado; pero era tan inocente como cuando su madre la echó al mundo.
    -Ven, Maruja- le dijo Víctor con dulzura.- Nada, no te asustes; no ha pasado nada. Ya sé que tu no lo mataste... Ahora vas a irte. Saltas por esa ventana, vas a tu casa, y a nadie digas una palabra de lo ocurrido hasta que yo vuelva a verte. Si puedes, ve mañana por la tarde al sendero, donde crecen los jazmines... Anda, salta. Adiós...
    La muchacha, sin saber lo que hacía, saltó por la ventana, miró un momento hacia arriba, y, después, sin volver la cabeza, desapareció.
   Cerró Víctor la ventana y se acercó al muerto. Entreabrió su camisa y contempló una vez más aquella aguja homicida, que sobresalía como gajo monstruoso entre la selva del velludo pecho del molinero. Entonces con la serenidad de sus tiempos de estudiante, cuando operaba en las salas de San Carlos, avanzó el índice y hundió la aguja haciéndola desaparecer en la herida, que se sumió en una hemorragia casi imperceptible. Lavó Víctor hasta la menor gota de sangre, y sobre el negro y peludo tórax del desgraciado molinero, sólo quedó una pequeña señal, como la picadura de un insecto, que desapareció asimismo bajo la camisa nuevamente abrochada.
    Después Víctor abrió la puerta y esperó a que fueran llegando los parroquianos.
    Afortunadamente, el molinero muerto no tenía más familia, ni más íntimos afectos que la persona del amo que le había encargado de la explotación del molino, que allá, al otro lado, seguía girando, girando, sin grano que moler, con la tolva vacía, como loco...
    -¿Qué ha sido, don Víctor?, -preguntaron, a medida que iban llegando, aquellas buenas gentes.
    Víctor, sereno, un poco pálido, atando las correillas del botiquín, contestaba a todos:
    -Un colapso, y en el se quedó...
    Después, con pulso firme, certificó la defunción del molinero de muerte natural.
   
    Víctor Arralegui, el médico del Valle, no quiso volver a pasar nunca por aquella parte del sendero en que crecían los jazmines, y en donde le esperaba en vano, en los días que siguieron al del suceso del molino, Maruja, la más bella zagalilla del pueblo.


[Publicado en la revista Hespérides. Número 70. Santa Cruz de Tenerife, 1 de mayo de 1927]