martes, 1 de febrero de 2011

MAUD WESTERDAHL. LOS AMIGOS (I)


I
ÓSCAR DOMINGUEZ: TAUREAUX ET GEOLOGIE IMAGINAIRE
por
Maud Bonneaud

    Espagnol, canarien, surréaliste, peintre, poète, bricoleur et grand danseur de tango, Dominguez présente, dans une époque où l’intellectualisme tourne en rond et tourne mal, sa stature de colosse et son imagination d’enfant. Sa peinture évolue par bonds, son esprit fonctionne par associatons d’idées, ses grandes mains savent réparer de minuscules ressorts de montre ou forger de hautes statues de fer, et gribouiller sur les nappes des restaurants, des poèmes difficilment déchiffrables, d’où les thèmes de son enfance, de son île et de toute son oeuvre sortent en bouillonnant:

Anónimo: Óscar y Maud Domínguez
“Le pirate mourait
“riant aux nuages
“sur la plage noir velours
“á Tenerife.

    Et, après s’être demandé “que pense le taureau du costume du toréador?”, il constate: “maintenant, l’époque actuelle tend vers l’hippopotame. Et le jour pù Picasso en peindra un, la peinture sera hippopotame et trois cent mille hippopotames couvriront les murs de la génération à vennir”.

Mais,
“le taureau inventé de toutes pièces
apparait comme un fantôme moscovite
cruel et méchant comme tout”.

    D’ailleurs, tout sela n’annonce que de sérieuses catastrophes:” l’eau de la mer était transformée en pétrole, et un enfant jouait avec des boîtes d’allumettes sur la plage”.
Attention!: n’ennuie pas l’atome, il est trop petit par rapport à sa force”.
En déclarant: “moi je ne pense jamais”, Oscar Dominguez garde des choses une visión en même temps nette et brouillée, se mêle à elles sans réflexion, y patauge et en fin de compte, sent et voit tout, avec la profondeur d’un primitif, et la tendance naturelle du sauvage à vivre avec ses mythes.
    N’ayant pu réaliser son rêve de se faire greffer des petites cornes sur le crânes, il a installé le minotare dans sa vie et dans sa peinture: narcissisme et autoportrait. Son minotaure d’ailleurs, n’est pas méchant: il est bien élevé, sait téléphomer, quelquefois roule à bicyclette. Parfois il est mondain et boit du champagne avec un cheval qui porte des éperons. Le taureau semble aux dernières nouvelles, s’être réconcilié avec le matador puisque les voilà en train de trinquer ensemble. Souvent, le taureau est pirate; il est construit en tiges de fer; son corps est de voiles de bateau cousues et lacées qui claquent au vent, et il examine l’horizon à la lunette, à la recherche d’une prise à faire: c’est le veux rêve insulaire de Dominguez, l’attente au bord du rivage, du bateau inconnu et prometteur, d’autant que cette île est un volcan; (sans insister sur le rapports de cause à effet, Dominguez raconte volontiers que la dernière éruption eut lieu l’année de sa naissance).
    De là se développe le grand délire géologique. Est-ce sous l’influence des extraordinaires rochers de Ténérife que Dominguez peint des paysages qui expriment les douleurs d’enfantement des planètes, les explosions, la formation des ères, et la naissance des pierres précieuses? Il commença par des toiles dites “cosmiques” où l’eau et la terre bouillaient ensemble en se faisant. Maintenant, il compose des “grands catastrophos”: dans une lumière de fin du monde, tout éclate et saute, fond et jaillit. Pour cela il emploie le procede même, si simple, de l’érosion: l’eau entraînant les grains de sable et les cailloux; pour lui, l’eau entraînera les grains de couleurs. C’est sa “décalcomanie”, que les surrélistes et les chercheurs d’images de rêve ont tant utilisée. Elle consiste à baubouiller de gouache noire, plus o moins diluée dans l’eau, un papier lisse. Recouvrir d’un otre papier,appuyer, décoller; l’eau a fui en tour sens sous la pression, portant la couleu; et cela donne d’étranges cavernes, des glaciers, des lacs, des lichens: chacun interprète à sa façon.
    Puis, fatigué de tant grandeur, le peintre bricole des statues articulées, fabrique una chaise dont le dos s’orne d’une inmense paire de cornes, ou sa célèbre brouette-fauteuil capitonnée de satin rose, ou des abat-jour avec des passoires à légumes. Il imagine encorele verre à moustaches: c’est un verre ordinaire au bord duquel ets collée une paire de moustache aussi importantes que possible sans nuire à la vraisemblance. Mode d’emploi: quand l’usager du verre est dans une taverne où la police fait une descente, il se met à boire. La moustache s’adapte à sa lèvre supérieure, et le rend momentanément méconnaisable.
    Ce qie m’amuse, c’est de chercher dit-il. Et là-dessus, Dominguez et son minotaure s’enfoncent dans leur labyrinthe: aux autres de les y retrouver.

[Publicado en la revista Bref, Les Editions du Promeneur. Número 1. París, 1955]

II
ÓSCAR DOMÍNGUEZ O LA CONVIVENCIA CON LOS MITOS
por
Maud Westerdahl

EW: Maud y Óscar Domínguez en su estudio de París
    El surrealismo, como movimiento vivo y en cierto modo enciclopédico de sí mismo, siempre mezcló los géneros creativos en busca de la revelación total del ser, consciente o inconscientemente: de ahí el poema-objeto, la partitura musical-poema, los libros-cuadros, las cajas-poema-cuadro, etc. Los pintores escribían, los poetas dibujaban y practicaban la decalcomanía sin objeto (invento de Domínguez), poderosa fuente de inspiración literaria o pictórica.
    Ya en la época de Dadá, Arp, Schwitters, Hausmann y otros escribían poemas fonéticos o no. Chirico escribió su Hebdomeros. Los collages de Paul Eluard y de Max Ernst se parecen mucho. Dalí hacía guiones de cine, desde La Edad de Oro o El Perro Andaluz hasta el desconocido Babaouo. Nada sorprendente que estas imaginaciones locas de libertad sean polifacéticas. Sin hablar de los textos de Picasso, y, recientemente, los de Manolo Millares. Un espíritu, o más aún, una persona totalmente surrealista como lo fue Óscar Domínguez, tenía que expresarse a veces sin pinceles. Escribió poemas, prosa, canciones (el tango del caimán, la rumba del portaviones, la cabra negra, con música improvisada por Guy Bernard, autor de la cinta de sonido del Guernica de Alain Resnais) y hasta una obra de teatro llamada Difícil para el automóvil, fácil para la bicicleta e infantil para el bastón del ciego. Esta obra, desgraciadamente, se acabó al primer acto y se perdió, después de una sola función en casa de un coleccionista amigo, el Mr Robson de Los Dos que se cruzan, los actores y el público se reclutaron al último momento entre los cafés Le Dôme, La Coupole y Le Select; en consecuencia, al día siguiente, al mecenas le faltaron varias cucharas de plata.
    La obra era delirante, pero a través de lo demencial se notaba vagamente la voz de un pintor en lucha con su propia creación. Escribir, hablando de Domínguez, es un decir. No escribía; lanzaba vehemente unos garabatos en el primer trozo de papel al alcance de su mano, ya fuera mantel de restaurante o cajetilla de cigarrillos. Para complicar más, lo hacía en francés o en lo que creía que era francés, puesto que escribía oui por hui. Traducir esto al francés de verdad, recomponer y estructurar sin traicionar y hasta que él estuviera conforme, era un trabajo de fina relojería. Una vez legible la maqueta de Los Dos que se cruzan, André Breton se mostró entusiasmado y fue por su deseo de verlo publicado que se editó el librito.
    Cuando un hombre vive visiblemente rodeado por fantasmas, es que estos fantasmas existen. Domínguez fue un gran creador y amigo de fantasmas. No logró domarlos a todos, sin embargo; entonces aceptó la convivencia con ellos.
    En un plano más cercano y concreto, él tenía su flora y su fauna personales. André Breton lo llamó El drago de Canarias y él se auto-apodó El Caimán. A sus amores y amigos los llamaba: la niña saltamontes, el temible león, la cucaracha, la mariposa, flor de jazmín, la gata, el ciervo volante, pequeño rinoceronte, vampiresa a cuatro tiempos, etc. Buen muestrario de la naturaleza surrealista.
    Pero en profundidad, por dentro y muy adentro, actuaban los Dos que se cruzan. Nadie los vio, jamás. Como señal de su presencia los iniciados (éramos solamente dos) cruzaban las manos en el aire agitando los dedos; las manos no se tocaban, así como los Dos no se encontraron jamás del todo, a pesar de su evidente deseo de comunicación, frustrado su afán mutuo de tomar contacto o de entablar un diálogo. Si a veces hubo un poco de diálogo, era de sordos. Se quieren acercar, entender y no consiguen sino una más cruel soledad.
    La única representación gráfica de los Dos los muestra como seres hieráticos o de jeroglífico, más bien parecidos a Annubis el chacal o a Horus el halcón, de caras puntiagudas, animales-dioses-personas rodeados de signos mágicos.
    La rica mitología privada de Domínguez contaba con otros elementos: Astrakán, malo y dañino, los toreros valentinos, bastante inestables, la cabra negra, el pirata Malatesta y muchos otros. Pero los más perennes y secretos eran los Dos.
    La naturaleza de los Dos es confusa. ¿Serán dos? ¿No será uno en dos, hermanos siameses o Jano bifronte? ¿Será, las dos mitades de su padre y autor con su juego constante entre el vida y la muerte, la luz y la noche el pro y el contra y su maniqueísmo del bien y el mal?
    Que sean portadores de mensajes y deseosos de transmitirlos, no cabe duda, pero también se dedican a asuntos triviales como robar dinero o engañar a la policía. ¿Será este lado lúdico un biombo para esconder o tapar otras verdades?
    En la época de la más intensa vida de los dos, Óscar Domínguez terminaba de leer Las bodas químicas de Christian Rosencreuz de Basile Valentín, libro altamente apreciado por André Breton por su contenido esotérico y su poesía. Pues bien, al terminar los 16 días de cruce de los Dos, Domínguez opta por organizarles al fin un encuentro y hacerlos hablar mutuamente, con muchas reservas y gran prudencia. El estilo es el de las bodas químicas de recetas alquímicas y misterios de alto nivel. Esta vez va en serio. ¿Qué dicen? Hasta la conclusión pesimista del segundo que se cruza: Todo lo hay que hacer de nuevo, hablan bastante claro de gruta, estuche, tesoro... en fin, de Eros. Cuando el primero que se cruza empieza con la bola obediente, es para contar detalladamente el difícil nacimiento de una obra pictórica; pero de repente el primero que se cruza termina hablando de amor, otra vez. ¿De qué se trata? ¿Del amor al amor o del amor a la pintura? ¿Qué son las perlas rodeadas por una barra de labios, sino una boca, pero también la representación de una boca?
    El peligro para el exégeta es el de ver cosas donde no las hay. Aquí ocurre lo contrario. El kirius-kirius y otras obras de bricolage existieron de verdad, puesto que Domínguez era un genial amañado, lo que hizo de él uno de los más brillantes creadores de objetos surrealistas; el microscopio vendido para pagar un viaje a los Pirineos existió; el Palacio Moscovita, conjunto de chalets construidos en estilo ruso zarista por un coronel nostálgico de su país existió en Luchon, en una isleta de un riachuelo, alquilado por la poetisa surrealista Valentine Penrose para invitar a unos amigos. El pernod de Benjamín Péret (Benjamín flor de jazmín) era de verdad, como la gran nariz triangular era la de Domínguez y también lo era, por desgracia, la acromegalia.
    Esto da fe de que Domínguez siempre estuvo jugando al límite de la realidad y del sueño, lo que permite pensar que los dos pueden, además de otras interpretaciones, representar lo vivido y lo deseado, la frágil franja entre el ser y el no ser, lo querido y lo temido en una amplia gama de recuerdos, hechos, pensamientos, emociones, sensaciones en un sutil y complicado cocktail, dentro de una mente a la vez sabia e infantil, abierta a todo y enamorada de lo irracional, conviviendo a gusto o no, pero a su aire, con sus amigos fantasmas y dentro del diálogo mudo de los dos que se cruzan.

[Texto mecanografiado sin fecha. Archivo Hugo Westerdahl. Madrid]

III
ÓSCAR DOMÍNGUEZ, POETA
por
Maud Westerdahl

    Hizo poesía como el agua sale de la fuente. Sin dificultad, sin pensamientos, un canto continuo salía de su espíritu.
    Resulta difícil separar su poesía de su obra pictórica, pues ambas tienen el mismo tono, la misma mitología, la misma profunda naturalidad, construyendo ambas el gran autorretrato definitivo: el último, el de su despedida de sí mismo.
    En verdad no son poesías escritas; son cartas, canciones, dibujos con textos en manteles de restaurante, improvisaciones a veces difíciles de entender por la ortografía y el idioma empleado. Difícil también separar su vida diaria de su poesía. Cualquier auditorio podía servir de blanco a una ola poética. En un café, en la calle, explotaban creaciones confusas o grandiosas, declamadas con voz de trueno y puntuadas por gritos y mímicas enormes. Todo bañado en el humor, a la vez tierno y púdico, de autodefensa o agresión. En la olla de las brujas y hadas legendarias o míticas que velaron su infancia en Tacoronte, a base de rezos para curar el mal de ojo o el buche virado, de gallinas negras para anunciar el porvenir, de hierbas contra los dolores. En jardines y alcobas, en la cocina, lugar sagrado de la casa para un niño, en las conversaciones misteriosas de las niñeras antiguas. Entre ellas la hermosa Concha, la corre-corre, de ojos claros, transparentes, muerta hace pocos años, a quien Domínguez guardó toda la vida un profundo cariño.
    Nunca pienso -decía Domínguez, orgulloso de una afirmación tan valiente entre intelectuales-. Ser telúrico, preso de sus fantasmas, hundido a gusto en los olores, las savias, la sabiduría del Atlántico y de la isla. Funcionaba su mente por receptividad. Cualquier fenómeno exterior desencadenaba una serie de reacciones perfectamete inesperadas, pero legibles para quien supiera seguir el hilo de Ariadna de su laberinto apasionado, infantil y apasionante. El juego gratuito, la intensa sensibilidad, la asociación de ideas, la liberación de mitos y tabúes oscuros salían a chorros poéticos, sin explicación inmediata. También sin ningún afán de belleza o pretensión literaria.
EW: Maud y Óscar Domínguez en su estudio de París
    Los polos de su creación poética eran el amor y la pintura, los mismos que en su vida. Tanto en su obra pictórica como poética, los dos temas se balancean siempre. Sin llegar a hablar del bien y del mal, que Domínguez ignoraba soberbiamente, o echaba a patadas en las cunetas de su camino, se encuentra en toda su personalidad el punto-contrapunto= negro-blanco, el contenido y el continente, el tiempo y el espacio, eterno contraste que Domínguez unió en el título de un cuadro, título que le encantaba: el recuerdo del porvenir, nombre de una tasca en Méjico, según él. Más aún, su poética entablaba luchas entre elementos sin común denominador: la mariposa y la espada, el pájaro y la rueda, el revólver y la flor, hasta el no y el siempre.
    Aquellos dos elementos opuestos lograron su abstracción total en dos seres (?) misteriosos de los cuales no se sabe nada. Son los Dos que se cruzan, que tuvieron breves encarnaciones en los toreros valentinos, igualmente inteligentes, inquietantes y dañinos.
    -Son dos que se cruzan. Toda la vida, por aquí, por allá. Con la lentitud del rayo y la ternura de la pantera. Dientes en la manzana y golondrinas en el fondo del lago, donde se colocan siempre los mayores espejos. Se dice: toda la vida, sin pensar que la frase se cruza también con la que decía Cleopatra al oído de su amante en un lecho de rosas frescas.
    Los toreros valentinos, digo bien, los toreros valentinos, vinieron la otra noche. Pelearon con los tocadores de animales (tocadores de animales: hombres que hacen música con animales domésticos. Ejemplo: hombre tocando el violín con un gallo, la guitarra con un gato, etc. Es decir, el animal sirve de instrumento de música). Espectáculo, me atrevo a decirlo, notable: no solamente por el ritmo de las formas, sino también por la nitidez de la línea de horizonte, clara como los toreros valentinos en posición de sueño. No te preocupes por los toreros valentinos, los jodidos.
    Pero no resulta tan fácil como parece:
    -Mándame uranio para terminar con esta historia lo antes posible, pues los dos (y no digo más) están a 30 grados en abanico formando una especie de fuente vertical. El sol de medianoche llegando en fiacre fantasma del N. al S. de la estrella fértil.
    En estas condiciones me parece que no se puede hacer nada. Además aparecen Malatesta y Crisálida:
    -Malatesta está insoportable, necesita uranio para echarle, pues tu fórmula no da resultado.
    Y ¿quien es Malatesta?
    En 1495 yo era el pirata Malatesta, muerto en la playa de Guayonge en un combate a espada con el Jefe Crisálida. Todavía siento el frescor de una ola que bañó mi cuerpo unos minutos después de mi muerte. Pues imagínate que aquel cochino de Crisálida vino anoche a protestar contra mi cuadro Los Piratas. Se calentó, encontrando de mal gusto este tipo de humor, ya que él pertenece a la pandilla de los dos que se cruzan; ¡Las cosas que hay que ver! Naturalmente lo eché, diciendo que yo tenía la pequeña cadena de uranio; esto le asustó de tal forma que salió por la puerta sin abrirla.
    André Breton, muy interesado por estos textos le aconsejó a Domínguez publicarlos. Fueron Los dos que se cruzan (cuadernos de Editorial Fontaine, París, 1947) diálogos entre los dos a base de mensajes herméticos o ingenuos como: no molestes al átomo, es demasiado pequeño en relación con su fuerza.
    Los dos hablan de pintura:
    -que los colores me vengan de España un compás de una calle de París y de Italia un arlequín.
    Los dos hablan de amor:
    -Todo me lleva a creer en el amor, amigo. Todas las fórmulas se encuentran en el amor. Una palabra más, y el pájaro se quiebra; una caricia demasiado dulce, y se cierra el estuche; una hora de retraso, y se encuentra la flor ya abierta; un regalo exacto, y las perlas rodeadas de lápiz de labios están aquí.
    Los dos hablan, a través de todo, de Domínguez.

El pirata moría
riendo a las nubes
en la playa negro-terciopelo
en Tenerife.
Amor de pirata
amor de aire
arco iris de taberna
tabaco, ron y golondrina muerta.

    Hablan proféticamente en un poema no publicado:
    -Suicidio de prehistoria y recuerdo del porvenir con seis agujeros de infinito. A los agujeros, seis veces el amor, seis veces la muerte, seis veces la esperanza. Tocamos desde muy lejos la gruta misteriosa donde se esconden a veces mis sueños, a veces el revólver carnívoro, en la fuente de la Bella, del bello andar de agua.
    Poesía saliendo en su estado natural. En una época de euforia, un catálogo de exposición lleva estos títulos: La vendedora de flores de la Rue Delambre embrujada por una enorme mariposa de Venezuela, La mosca, siempre la misma, alrededor de elementos plásticos, La bella ciclista de Cartago, Excombatientes todavía combativos, Paisaje y bicicleta inmovilizados por el color. Y después títulos sacados de la inolvidada infancia: Gofio, Tajaraste, Tacoronte.
    Poesía natural, sin influencias ni referencias. La llamada cultura no le interesaba a Domínguez. Conocimientos adquiridos al azar servían más a su mente singular dominada o llevada por fuerzas irracionales. Lautrèamont, Baudelaire, Jarry, Rimbaud, sí, vistos a través de sus propios prismas. La poesía surrealista. Entendía fácilmente el idioma fluido, las metáforas y las palabras sencillas de Eluard, vocabulario cotidiano elevado a otras gamas armónicas. En las pirámides poéticas de Breton, se encontraba más maravillado que incluido. Le encantaba la violencia anti-todo de Pèret. En cuanto a las ideas, les tenía cierta desconfianza. Incapaz por su gran tamaño de caber en cualquier marco, no entraba en sistemas, iba a donde iba, solo, con su andar de bisonte sensible. Que este andar sea paralelo al paso del surrealismo, es evidente. Pero sin duda hubiera hecho más o menos lo mismo sin el surrealismo.
    Los dos que se cruzan dejaron de cruzarse en el librito. Fue el sexto día después de su primer encuentro, día marcado por fenómenos inexplicables.
París está hechizado ... las máquinas de escribir marcan caracteres chinos... en los teléfonos no se oye más que la cabalgata de las Walkyrias... el oro del banco de Francia se transforma en una enorme cantidad de grillos.
    Sin embargo no dejaron de cruzarse en la mente de Domínguez. Entre la risa ya difícil y el malestar de convivir consigo, eligió la marcha.
    Una amiga suya, la escultora Nadine Effront, hizo en recuerdo de él una cabeza de minotauro muerto. Esta cabeza está en Inglaterra, en el jardín del coleccionista y escritor de arte Sir Roland Penrose. Así la describe la poetisa Valentine Penrose, otra vidente, unida por lazos de extraña y honda comprensión a Domínguez:
    La cabeza descansa en un tronco de árbol, frente al dibujo prehistórico en la colina, ojos abiertos-cerrados de día y abiertos-abiertos de noche. Luce siempre azul debajo de un rosal blanco, pero en invierno, en la nieve, estaba de un índigo guanche, color de las mantas de fiesta de los reyes insulares. Hubo dentro un nido de pájaros y una noche encontré debajo un hermoso sapo de ojos dorados. Un día el tronco se pegó fuego a sí mismo, por fermentación de yesca. Y vuelve a hacerlo.
    Así, poeta inspirado y ser poético inspirante, Domínguez alcanzó su destino profundo: sus leyendas y sus mitos resultan tan poderosos como él, y vuelven y vuelven a nacer en el porvenir del recuerdo.

[Una versión de este texto, posiblemente la primera, fue publicada en La Tarde. Santa Cruz de Tenerife. 10 de febrero de 1968].

IV
RAOUL HAUSMANN
por
Maud Westerdahl

    Cuando lo conocí en Limoges, en 1945, después de la liberación, Raoul Hausmann tenía una cara sacada de una película expresionista o similar, o de aquellas figuras medievales, también alemanas, que parecen talladas con hacha en troncos de duro roble. Raoul Hausmann había llegado a Limoges, acudido por las convulsiones de una Europa desgarrada. Pertenecía al grupo desgraciado, ahora cada vez más numeroso de personas desplazadas. Desplazadas por el racismo, la miseria, el miedo, el hambre, la guerra o la política.
    Nacido en 1885 y berlinés desde 1900, había tomado contacto desde 1918 con el grupo dadaísta de Berlín. Ese mismo año había recitado poemas fonéticos en una reunión dadá y comenzaba a tener un papel importante en la técnica del fotomontaje. Llevó un vida agitada que consagró a las actividades internacionales de Dadá.
    Viajes, exposiciones, manifestaciones, conferencias y lo que hoy se podrían llamar performances, que a veces terminaban en verdaderas peleas con el público exasperado por la amplitud del escándalo y el sacrilegio cultural. Al fin llegó, a fuerza de expulsiones o problemas administrativos, a una pequeña ciudad limosina. Vivía, más o menos, dando clases de idiomas. También allí tuvo problemas de nacionalidad, por ser alemán por un lado y anti-nazi por el otro, paradoja admirable que convenía a su personalidad, en eterno estado de rebeldía. Un caso que afectó también a Max Ernst, alemán anti-nazi, residente en Francia, que se vio encerrado en un campo de concentración francés por enemigo.
    Yo sabía algo de dadá, por Breton primero, luego por vivir en París en un conjunto de surrealistas, exsurrealistas y surrelizantes.
    Recordemos. Dadá, nombre encontrado al azar al abrir un diccionario, fue el movimiento intelectual de rabia y demolición. Anti-arte-arte, anti-literatura, su afán era la aniquilación de la cultura anterior que había llevado al mundo al desastre. En este caso, la guerra del 14, la podredumbre de la economía y de la sociedad. De ahí poemas sin palabras, cuadros hechos con destrozos, papeles encontrados en el suelo, tiques de metro, pedazos de madera o metal, cosas normales, clásicas en l990. Lo curioso es que de esta demolición deseada, salieron obras hoy consideradas como bellas y colgadas en los mejores museos. Dadá hizo arte con el deseo de destruirlo. De los escombros de las ruinas dejadas por dadá nació el surrealismo.
    Un pequeño grupo de intelectuales se reunía alrededor de Hausmann en Limoges. Nos explicaba su posición, pero sin tono didáctico. Más bien a través de lecturas de poemas fonéticos, con muecas, rugidos, silbidos trémolos y gesticulaciones, gritando su lema dadá es más que dadá o Cogito ergo sum dadá. Unos espectáculos totales y deslumbrantes, las sesiones dadá en Limoges eran, entonces, de sabor fuerte.
    Mi amistad con él era más bien respeto y estima que afecto o, de parte de él, de tono humorístico. Me escribió en su español aprendido en Ibiza, antes del turismo masivo,

Madaleine Bonneaud
una valiente esmaltada
de fuego en su corazón
y su aspecto fiero
Evita Maud in the Wonderland.

    Le invité a cenar a casa de mi madre. Hausmann, autonombrado el dadásofo, era tan cortés y fino en su trato personal como agresivo y fiero en su actitud dadaísta.
    Apareció de gentleman, pero de gentleman dadá, con un traje negro, no muy nuevo, un monóculo y un bombín, Fue una velada amena. Mi madre, acostumbrada ya a mis amigos y a sus rarezas por haber vivido ya mucha domínguez-dadás, no perdió su impasibilidad y lo pasó muy bien, en realidad le encantaban ese tipo de cosas.
    En esta misma época conocí al fotógrafo Izis, otro desplazado, llegado por los caminos más difíciles desde Lituania. Otro admirado de Hausmann. Izis empezaba a tener éxito con sus retratos y llegó más tarde a publicar libros excelentes. Con solo uno de ellos, París, podía vivir tranquilo con sus derechos de autor, me dijo diez años más tarde. Publicó otro, El Circo con Jacques Prevert, exsurrealista, poeta y cineasta y uno, muy importante, con y sobre Marc Chagall.
    Cuando se marchó de Limoges, Domínguez y yo le presentamos a Eluard, a Prevert, a escritores y artistas y sus retratos fueron el principio de su notoriedad. Es el fotógrafo de la dulzura, la ternura, que mira con cariño un corzo, una vieja con su cesta, un poeta, un gato o niños dibujando en la calle.
    Fue en casa de Izis en Limoges donde hicimos una sesión dadaísta. Más tarde Hausmann me lo recordó en una carta: Recité por primera vez mis poemas fonéticos. Además usted y yo interpretábamos una pequeña pantomima, en la cual yo la asesinaba; hasta había traído usted un líquido rojo para la verosimilitud.
    Recitó un texto alucinante a la luz de una vela, terminando con un grito capaz de despertar al barrio entero. Se encendió la luz, nos bañábamos en un mar de sangre. Insisto en estos detalles en defensa de la verdad histórica y de paso para los estudiosos del dadaísmo.
    Un grupo, los letristas, publicó su primera revista en 1947 y pretendía que Hausmann les había copiado. Hausmann me pidió, en 1970, mi testimonio sobre la velada en cuestión de 1945 (sus poemas fonéticos son de 1918). Una aventura semejante le ocurrió a otro amigo, el gran editor polifacético Iliazd, que encontraremos en estas páginas.
    Fue defensor de las palabras prohibidas y un experimentador radical del lenguaje, unido a Larionov y Maiakowski y el futurismo ruso, parte del grupo vanguardista de Tiflis, muy activo en los 1918-20, fecha en que se marchó a París, mezclando el futurismo con el dadaísmo ruso y un idioma imaginario: el zaoum.
    Aquí termina mi testimonio y esta incursión en el terreno de la erudición. Pero se lo había prometido a Hausmann y publicado ya en una revista francesa.
    Después de la guerra y con Europa en paz, la vida de Hausmann mejoró. Consiguió recuperar su nacionalidad, hasta creo que el gobierno de Bonn le dio una especie de renta. Los admiradores se multiplicaban. Publicó libros, hizo exposiciones internacionales, grabó discos con los poemas fonéticos. El Centro Cultural Georges Pompidou le confió su obra más definitiva: El hombre de nuestro tiempo. Una cabeza de madera con añadidos dadaístas, un álbum de fotos denominado Melanografía y entró en la historia oficial del arte.
    Westerdahl y yo le fuimos a ver a Limoges. Llevaba una enorme boina y estaba ciego, pero coleccionaba con pasión corbatas que enseñaba a los visitantes. Le mandamos una, la moda entonces en España, de napa dorada adornada con líneas geométricas de pequeños agujeros. ¡La llamó la corbata milagro, en una carta!
    A Eduardo Westerdahl, muy interesado en el dadaísmo, envió libros, revistas, siempre deseoso de colocar su imagen en el lugar que le correspondía. Contestaba a las preguntas siempre con detalles, hechos y fechas. Como colofón de nuestra amistad guardo un libro de él Courrier Dadá con la dedicatoria: Cogito ergo sum dadá a Maud y Eduardo Westerdahl en signo de amistad. El dadásofo Raoul Hausmann. Le recuerdo en su casa de Limoges, con la horrible conciencia de haber cumplido su misión, sentado y, creo, feliz.

[Del libro Óscar Domínguez/Maud Bonneaud: Fragmentos de Amor, en preparación. Archivo Carlos Gaviño de Franchy. Santa Cruz de Tenerife].

V
DORA MAAR
por
MAUD WESTERDAHL

    Cuando Breton se encontraba movilizado, de forma extremadamente involuntaria, en Poitiers (1939-1940) recibió la visita de su mujer Jacqueline y su hija Aube, acompañadas de una amiga. A primera vista pensé que se trataba de una pariente de Breton, hermana quizás, ya que veía en ellos cierto parecido: la misma manera de llevar la barbilla alta, los mismos rasgos clásicos y nobles, una actitud entre altiva y pensativa. Pero no eran parientes. Era Dora Maar, la compañera de Picasso.
    Picasso y ella, con Jacqueline Breton y su hija, se habían refugiado, durante la declaración de guerra, en una playa atlántica, Royan. Más tarde Picasso y Dora volvieron a París donde pasaron los años más duros de la ocupación nazi. Allí fue donde la conocí de verdad.
    Dora, mitad francesa y mitad yugoeslava, había entrado en la vida de Picasso mientras él mantenía aún relaciones sentimentales con María Teresa Walter, la madre de su hija Maya. Picasso tenía talento para evitar las épocas vacías. Dora estaba entonces mezclada con el grupo surrealista. Pintaba y comenzaba su carrera como fotógrafa. Era inteligente, culta, probablemente la más intelectual de las mujeres de Picasso.
    Antes hubo, como se sabe, Fernande Olivier, la belleza y la bohemia, Olga, bailarina de los ballets rusos, elegante y convencional, la madre de Pablo, anti-bohemia que trató de hacer de su marido una gloria burguesa en su trato, su casa y su forma de vestir. Apareció María Teresa, casi una niña. Dora ocupó su lugar hasta que Françoise Gillot entró triunfalmente en el histórico taller de la Rue des Grands Agustins (en donde Balzac, curiosamente, había instalado al artista imaginario del chef d’oevre inconnu). Françoise, madre de Claude y Paloma, decidida, gran jinete, aficionada al arte, de una vitalidad juvenil deslumbrante, nunca permitió que nadie escarbara en su personalidad. Después vino Jacqueline Roque y se hizo sombra y sacerdotisa de Picasso, adorándole, llamándole el sol. Nada intelectual, pero la única que daba la sensación de esposa todo el tiempo, la única también que le abrazaba en público y se atrevía a llamarlo Pablito.
    Dora y Picasso no vivían juntos. Tampoco tuvieron hijos. Nadie hubiera podido imaginar a Dora como ama de casa. Tenía un hermoso piso a dos pasos de los talleres de Picasso en una de esas fincas del barrio latino. Su casa, como ella, no era muy comunicativa. Altas habitaciones blancas, en una de ellas había pintado Picasso una larga fila de insectos trepando. ¡No puedo albear esta habitación, protestaba Dora! El lugar no revelaba nada de intimidad o de femineidad fácil. Algunos cuadros de Picasso. Lo que no se veía, pero se sabía, es que sus relaciones eran a menudo tumultuosas. Cuando tuvo lugar la separación, ella estuvo a punto de perder la razón.
    Son bien conocidas las metamorfosis que Picasso, en su obra, impuso a la imagen de la mujer, llegando incluso, a la caricatura cruel. El rostro clásico de Dora, su aparente quietud, su mirada a veces tensa, otras, indiferente, las hermosas manos alargadas con uñas puntiagudas, pasaron por numerosas transformaciones, de frente, de perfil o de frente-perfil a la vez. Picasso, pintor de la realidad, apasionado por ella y deseoso de llegar hasta el fondo y la esencia de la misma, sabía que un rostro nunca se presenta de frente o de perfil, porque la realidad es tridimensional. Lo logró hasta tal punto que hoy nos resulta normal y hasta parecido un retrato en que los dos ojos están del mismo lado que la nariz.
    Parece que Picasso quería agotar todos los recursos de una cara y por todos los medios. Pintó a Dora incansablemente, con el pelo suelto o recogido, con una blusa a rayas que ella nunca tuvo o con sombreros inverosímiles que podríamos llamar comestibles.
    En un dibujo de 1939 aparecen dos señoras -Dora y Dora-, una tocada con una parrilla en la que se asa un pescado -hay leña ardiendo debajo del asador- , la otra, con una tetera humeante calentada por una vela sobre un mantelito con flecos que caen elegantemente alrededor del rostro.
    La pintó de esfinge y de ave, la pintó tranquila o desesperada. No hay en su obra, a mi parecer, ningún otro rostro de mujer tratado con tanta intensidad. Dora sirvió de modelo, conscientemente o no, para los estudios, bocetos y dibujos en la evolución del Guernica. La trágica y admirable mujer que llora, que concentra en sí todo el dolor del mundo, es Dora. Su llanto es tan intenso que desgarra un pañuelo entre sus manos y sus lágrimas tan abundantes que Picasso introdujo bajo el párpado inferior una especie de cuchara para recogerlas. ¿Sería humor negro? Lo cierto es que a esta cuchara insólita se le ve, chocante quizás, pero está allí cumpliendo su misión.
    Nos veíamos en exposiciones, reuniones, cenas en El Catalán, el restaurante descubierto por Picasso al lado de sus talleres. Dora venía al taller de Óscar Domínguez a charlar, a ver los últimos trabajos. Óscar y ella se tenían una simpatía mutua que nunca logré descifrar, dadas sus personalidades. ¿O sería que Dora, detrás de su aspecto serio y severo, escondía grandes posibilidades de comprensión y tolerancia, o de ganas de reír, sencillamente? Se interesó por mi mufla -a menudo los artistas envidian a los artesanos- e hicimos experimentos de esmaltación, imaginando entre las dos un brillante porvenir comercial. Yo empezaba en el oficio y gracias a nuestros errores descubrí una manera de obtener un extraño negro jaspeado que utilicé luego de modo más profesional.
    Dora había pintado, antes de hacer fotografía y volvió a pintar sin buscar público o publicidad. Me acuerdo, o creo recordar, un retrato de Alice Toklas la amiga -musa, víctima, verdugo, según se dice- de Gertrude Stein, quizás me engaña la memoria pero lo veo hoy como un cuadro claro, vaporoso, de una señora de edad, menuda, rodeada de auras blancas y toques de ese malva claro aterciopelado de las violetas de Parma, que por cierto, han desaparecido de las floristerías hace ya tiempo.
    Más tarde recordé que Dora me había prometido un cuadro y ella trató de regatear: ¿seguro que no era un dibujo? Me mantuve firme y hoy conservo un paisaje de pequeñas dimensiones, en verdes y tierras, la ladera de alguna montaña, que no debe nada a ninguna influencia, sobrio y silencioso.
    ¿Qué habrá hecho Dora de su archivo fotográfico? Ella vio nacer, día tras día, el Guernica y lo fotografió a cada paso. ¿Quizás ella tiene una de las llaves del arcano de esta obra standar del siglo veinte. La continuidad de su creación, las pausas, las marchas atrás, las correcciones, los cambios.
    Después de su separación de Picasso, Dora siguió igual, reservada, pero ensimismada, salvo que dejó de beber y se convirtió al catolicismo.
    Su vida -por lo menos lo que de ella conocí- era igual. Amistades, cenas, exposiciones y la misma casa donde siempre tenía whisky para los demás. Nos veíamos por la tarde en el bar del Catalán con la poetisa, igualmente secreta, Valentine Penrose.
    Más tarde, en cierta ocasión en que fui a ver a Picasso a Notre Dame de Víe con Westerdahl, él me separó un poco del grupo y me preguntó: ¿Sabes algo de Dora? Le contesté que hacía tiempo que no. Levantó los hombros y las cejas con una mueca contrariada y se reunió decepcionado con el resto de sus visitantes.

[Del libro Óscar Domínguez/Maud Bonneaud: Fragmentos de Amor, en preparación. Archivo Carlos Gaviño de Franchy. Santa Cruz de Tenerife].

VI
TENTATIVA DE UN RETRATO DE MANOLO MILLARES
por
Maud Westerdahl

Francisco Rojas Fariña: Manuel Millares Sall
    Hacia los treinta años Millares se parecía a un joven universitario inglés, o a un retrato desconocido de Rimbaud, con algo -esto era un engaño- como fluido en su personalidad. Cuando nuestro hijo Hugo, a los pocos años, conoció a Eva, muy pequeña, hija de Elvireta y Manolo, tan parecida a su padre, la llamó botellita de cristal. Pues había algo de esto, de cristal, en la apariencia de Manolo. Facciones finas, pelo claro, tez clara, cuerpo y manos alargados y una mirada azul transparente, oscurecida en algunos momentos por nubes más sombrías de pena, rabia y angustia. Manolo, tan español en su obra, tan nórdico en su aspecto -hasta en su manera refinada de vestir, de tonos matizados, jerseys de lana fina y un extraordinario abrigo de pastor, no se si de Portugal, con doble capa, hermano, en estilo más brutal, de los impecables macfarlaine de Sherloc Holmes. Cristal, sí, por un lado, pero mezcla de cristal de roca duro con la fragilidad de los irisados de Murano.
    La contradicción de Manolo quizás residiera en esta lucha entre fuerza y fragilidad, dulzura y violencia, timidez y grito. El grito, en cada una de sus obras, lo captamos. Su dulzura la vivía casi secretamente, en su manera de manipular los vidrios romanos, en las cerámicas griegas que coleccionaba, en una película que hizo sobre Elvireta, en su manera de tocar la guitarra -desde la folía hasta La Quinta Brigada- en su sensibilidad a flor de piel. Lo que complica el retrato, repito, es que Manolo no se parecía a su obra: Picasso se parecía a Picasso, o logró parecerse con el tiempo, Braque era el serio constructor francés, Dalí era un Dalí inventado por Dalí, Goya, que decir... Pero he aquí que de repente aparecen los revolucionarios de guante blanco, los terroristas vestidos de gentlemen. Jack el Destripador, ¡sobrino de la Reina Victoria!, Freud, Kafka, Sade o Robespierre, Duchamp, Bataille, etc., todos portadores de bombas y con aspecto de gente bien. Manolo era de estos. No vociferan, no viven la bohemia, no llevan su rebelión por fuera.
    Pero uno se pregunta al ver una arpillera de Manolo en el salón de un gran burgués o colgada al público en un hotel ¿saben que están siendo engañados? Manolo se reía cuando le decían que pintaba despojos vestidos de frac, bien sabía él que lo de peso era la agresividad del despojo, no el frac.
    Que este frac sea elegante es otra cosa. Manolo era un esteta en sus gustos y en su vida. También, al fin y al cabo la belleza, la belleza ¿qué? Nuestra época está ya acostumbrada a la belleza de la sangre y del detritus, del pulpo o del oso hormiguero, de Nosferatu o de la foto ampliada de un piojo. En el grupo de ruptura que formó El Paso, no hay un solo artista cuya obra no tenga un fuerte carácter de estética. No digo esteticismo. Manolo quizás resultó el más vehemente de ellos, por el tono desgarrador de su testimonio y los materiales empleados. Eduardo Westerdahl le llamó el justo histórico. Pero, demasiado consciente para creer que las cosas son solamente lo que aparentan, demasiado humano para una rigidez ciega, demasiado inteligente para un maniqueísmo simplón, buscaba en esta zonas incomunicables, entre su unidad y las contradicciones. Esta justicia le debía hacer vivir en una dura tensión. Pero cuando Manolo se reía, tenía cara de niño.

[«Tagoror Segunda Época». El Día. Santa Cruz de Tenerife, 18 de agosto de 1985]

MAUD WESTHERDAL. LOS AMIGOS (II)

VII
VALENTINE PENROSE
por
Maud Westerdahl


Anónimo:
Óscar Domínguez, Valentine Penrose y Maud Domínguez en Londres
    Valentine Penrose es una estrella oscura del surrealismo. Oscura, no por falta de brillo. Sus libros con prefacios de Paul Eluard, ilustraciones de Picasso, Miró, Paalen, Agar o frontispicios de Tapiès, sus retratos por Max Ernst, Man Ray, Eileen Agar o Roland Penrose. La admiración que suscitó su obra, son testigos de ello. Pero esta estrella tiene un velo, un halo especiales, debidos al carácter de la poeta. Una altanería heráldica, mezclada con pudor y discreción, un rechazo de las leyes de la sociedad o la vida actual, una imposibilidad absoluta para pertenecer a cualquier grupo -por ejemplo los dictados y normas del surrealismo- y la incapacidad de funcionar entre las cosas obligatorias de la vida -contratos, pasaportes, bancos, firmas, alquileres- eran, sin pose ni teatro, verdaderas tragedias.
    Entonces, mucha soledad. Viajes, maletas, hoteles, sin poseer nada ni vivir en sitio fijo. Estar enferma, sola, tres días en una habitación, manipulando un collar de ámbar: feliz, todo despersonalizado, salvo, siempre, unas flores en un vaso. O bien, al contrario, deambulando sin rumbo por lugares fantasmales de Londres, furiosa por tener que volver a vivir después de las delicias de una anestesia rica en recuerdos maravillosos. Yo no aguardo nada ya, que mal. Solamente mis sueños y todos los de los demás, que entiendo y vivo cada vez mejor. Uno a veces se cree un pájaro que canta estúpidamente solo, después tiene vergüenza y cierra el pico.
    Estos sueños y el rechazo del presente la llevarán a veces a dejar la poesía y hundirse en la historia de personajes abismales, la Condesa Bathory -sobre quien escribió una monografía alucinante- o Gilles de Rais, otro gigante de la perversidad, con un punto de vista poco estudiado: Bathory se sabía inocente, tenía derecho, condesa y prima del rey a torturar centenares de doncellas y bañarse en su sangre para conseguir sus orgasmos demenciales. A la vez que Gilles de Rais, creyendo en Dios y en el diablo, murió confesado, santamente, llorando por los mismos padres de sus -también- centenares de víctimas martirizadas. En los castillos ruinosos, en la Blutstrase de Viena, en las cerradas fortalezas de los templarios, Valentine buscaba el gran secreto o las grandes contestaciones. Se interesaba por la magia, el esoterismo, las pitonisas y las sibilas. Pasó largas temporadas de meditación en monasterios de la India.
    Era de una gran belleza, hija de Gascuña e hija de oficial, lo que daba a su manera de ser, a su andar y su porte, algo de mosquetero femenino.
    Era sabia en la práctica del tarot, los templarios, la astrología y el zodíaco, Trataba a los astros con naturalidad, como a personas conocidas. La otra escapatoria era un amor inmenso a la naturaleza, con la que tenía relación de druidesa. La calidad del aire, un olor, una raíz, los lodos radiactivos medicinales, la piel de un gato, las estaciones. El cielo, sobre todo la luna, la luna. Un día la vi blanca y tensa, había tenido el valor de retorcer el cuello a una paloma destrozada por un coche, moribunda. Tenía una relación intensa con esta naturaleza amada, de hada, nunca de bruja.
    Su poesía puede, digo solamente puede, parecer hermética. Pero ella no lo era. Desde su punto de vista decía las cosas con la mayor claridad.
    Los poemas que llamaremos de Tenerife, son dos, y tienen como tema un viaje que hizo a la isla. Vino a ver a sus amigos Westerdahl y a seguir la pista de los sueños de otro amigo, Óscar Domínguez. Para un observador imparcial, conocedor de las dos personalidades opuestas y sin embargo, gemelas, de capricornios furiosos, de Valentine Penrose y Óscar Domínguez, la visión de ambos sobre Tenerife, es la misma. Telúrica, poética, infantil, grandiosa, mítica, confusa y clara, llena de la alegría de la naturaleza y al mismo tiempo del miedo que impone el volcán y sus misteriosas rabias, un pasado etnológico inseguro o confuso, una civilización partida a golpes por la conquista, una tradición guanche perdida o traicionada, un nuevo rumbo para estas islas flotantes entre Europa, África y América.
    Valentine entendió todo esto. Sus dotes de hada le permitieron encontrar en no se qué libro de la Biblioteca Municipal unas palabras en guanche, que para ella era sánscrito -algo sobre verde, primavera o germinación- y vivió en un estado de trance dulce entre sueño y realidad, entre una cestita de guayabos muy maduros y tres flores de tuberosa en su dormitorio, aspirando su olor.
    Cuando su dificultad para vivir la dejaba descansar un poco le encantaba reír, comer y beber, bailar. Una antigua muralla de St. Robs podía servir de muro de las lamentaciones con gemidos de perros. Un viejo disco de Noche de Ronda en una playa, con una tortilla de cebollas representaba una velada perfecta. Una película ridícula, un pub ahumado en el Soho con Óscar Domínguez, una orgía de patatas fritas con salchichas en el Odeón, todo podía ser, de repente, pero ¡ay! brevemente, motivo de placer. Pronto volvía a cerrarse la jaula de plomo, a doblarse las alas bajo el peso de lo que llamaba ¡ah¡ la vie, la vie, la vie.
    Murió muy despacio, sin dolor, de leucemia. La estructura de la bella cabeza, los modales de hidalgo, el perfil de mosquetero, intactos.
    La lectura de los poemas escritos en Tenerife es fácil y al tiempo difícil. Lenguaje sencillo, sin palabras rebuscadas, sin metáforas, sin lirismo fácil, en directo. El Carrito -esto sucedía en el año 1957 y había carritos con ruedas en los que se vendían cigarrillos y golosinas- el parque García Sanabria, de Santa Cruz, el verdino, las columnas de algunas iglesias, Tacoronte, la saltona, las hojas de los árboles, los enamorados en los bancos. Cada detalle corresponde a algo real transformado en otra cosa -hasta la saltona- en un fresco que es y no es Tenerife, pero que seguramente, es Valentine en Tenerife. El Carrito es una descripción del Parque García Sanabria de noche. En El Verdino, el parque también, los guayabos -que le hacían sentir olor a India y a Tenerife y el final es la clásica saltona. Todo esto pasado por una emoción que elige sus motivos, o quizás elegida por estos temas, negándose a todo lirismo.

EL VERDINO
Desde lo alto de mi habitación
Fea como un fortín en esta ciudad de placer y de ocio
Desde estas manos verdes de los árboles que penetran
Os digo
Yo quisiera un verdino.

Señora qué le has hecho a la gente
Para que te quieran y no te quieran
Para reir y para llorar tanto ellos y tú.

Sobre los grandes insensibles laureles
Hechos para las avenidas sin gloria
Encendida por mi propio fuego como una medalla
Yo he recogido el esplendor de la isla y en mi puño
En mis blasones a mis costados
Os digo
Yo quisiera un verdino.

Pues me he vuelto hacia el este
A mi lado está el árbol de la guayaba
Y cuando vuelva la noche
Tendrá mucho miedo de la medalla.
El parque inquietante se alza contra ti en sus ropajes
Por su suelo desfilan ejércitos de arañas
Debajo de la novia inerte en el banco de su soldado
Lilas pocos gentiles devoran la noche
Con su exhalado verdor de hieles que os harán padecer
También sobre el banco negro de los soldados y sus novias
Hay cristales inauditos transparentes
Para las bodas de aquellos que nada saben
Y el loro y el perro del quinqué
Están en su estrellada isla del andén sin guardianes

Alguien me ha dicho que pase yo a la sombra
Me ha dicho que pase a la hiel
Y yo he encontrado la columna
Que es también de color de perro
Girando en la fachada solitaria.

He aquí por qué quiero esta cosa tangible
Un verdino de conquistas galoneado de rastros
En que los sellos son acuñados sobre una piel de hoja
Guiado con dureza por la isla de los dedos de piedra.

Yo sé desde hace mucho tiempo
Lo que me queda por hacer
Y de todos mis verdinos
Y de mis voces de cráter

Las magas están de pie han andado se sientan
Con su sombrerillo su manto se han ido a predecir
Predecir al revés
Los perros han devorado todas las hojas de Tacoronte
Después se han puesto a aullar
Más allá de sus madres
En los siglos
La canción de hoy.

Y gruñamos retorzámonos gritemos
Sin saber por qué
Pequeños sin desgracia:
La saltona

LA CABEZA ÍNDIGO
                        a Óscar

Cabeza azul cabeza
Un pájaro para el pequeño
Bien de la vida
Un sapo para el gran mal
Sepultado

La gran mujer de las colinas
Erguida entre dos palos
Como pilares de cama
A veces y de noche
Otra vez al mundo te saca
Recién recién-nacido del azul
Para vivir una noche de luna

A la finca vieja abajo y cerrada
Sobre neblinas de antiguos sueños
El más durmiente de los durmientes
De noche reposaba

La lava con el rocío
Se hundía en los diluvios

Niño gigante acordado
A mil millones de años
Pájaro pesado a flor de tierra
Rozando de lana y vellón
Las baldosas de piedra verde
Cuando todo duerme en las catedrales

Ahora sola depurada
Tu cabeza descansa
En otra isla
Bajo un espino
Heladas están las estrellas
Nada azul salvo tu
Sólida cabeza nacida
En que centellea la escarcha

Pero por ahí en primavera
Un pájaro hablará un rosal blanco será

Déjame la poderosa pena
Aguantaré la noche
Sangre mi sangre fue mi enemigo
Déjame bajar
Bajar bajar
Hasta el cielo

No me equivoco. Pienso
En los mantos azules dando vueltas
En las verdades de luna y pitonisas

El drago no miente
Ni la paloma de ojos dorados
y la mujer ni miente
En el sacrificio desnudo
Yo sé que lo sabía
O largas noches lo sé

Derecha e izquierda alcanzadas
Al fin al fin reunidas
Las islas diseminadas
Y las manos de las amadas

Cabeza y corazón índigo
Nada hay que rehacer
los reyes han conquistado.

[Del libro Óscar Domínguez/Maud Bonneaud: Fragmentos de Amor, en preparación. Archivo Carlos Gaviño de Franchy. Santa Cruz de Tenerife. La versión de Maud Westerdahl del poema La cabeza índigo, de Valentine Penrose, fue publicada en La Tarde. Santa Cruz de Tenerife, 10 de febrero de 1968].

VIII
DOMINGO PÉREZ MINIK
por
Maud Westerdahl


EW: Domingo Pérez Minik
     Recuerdos inesperados, incoherentes, felices o tristes, se despiertan, se mueven y giran alrededor de un nombre: Domingo Pérez Minik. ¿De qué manera hablar de él, con qué perspectiva u óptica, fuera del pesar personal y del vacío que ahora hay en su lugar? No hay respuesta, hay que andar al azar con el cariño y la admiración sirviendo de brújulas.
    En un poema, Eluard le dijo a Picasso (otros grandes ausentes): ...generoso, tú das de ver. Del mismo modo que se da de comer o de beber. En la muerte de Domingo Pérez Minik podemos empezar a medir lo que el dio, tratar de hacer un balance de su generosidad. Es el tercero en desaparecer del trío superviviente de la aventura de gaceta de arte. Primero se fue Pedro García Cabrera, después Eduardo Westerdahl. Los llamaré: Donantes. Pedro daba su amor a la poesía, sin cesar, al mundo entero; a la mar, a la gente, al viento, a los pájaros. Westerdahl daba, más que prestaba, sus ojos y su sensibilidad visual y estética: arteadicto, quería compartir la felicidad que sentía al contemplar lo bello, quería convencer a los demás para que conocieran el mismo goce que él frente a la forma y el color.
    En cuanto a Domingo Pérez Minik, daba con manos abiertas su inteligencia, su lucidez, su entendimiento útil, los meandros y los matices de su conocimiento profundo de la cosa escrita que, aún más que afición o pasión, para él era el pan y la sal de la vida. Comentaba, explicaba, enseñaba con entusiasmo. Hablaba de libros tanto con sus iguales en la materia como con la gente involuntariamente menos culta: la asistenta, el chófer. Con su discurso a la vez ameno y serio, con las contradicciones normales en cualquier espíritu, maduro y libre de trabas, Domingo Pérez Minik abría vías, puertas, hacía entrar aire y luz. Después, con la misma generosidad, respetaba en el otro el derecho a elegir, con su inteligente tolerancia.
    Exigente y parcial por un lado, indulgente y abierto por otro, tanto en sus juicios literarios como en sus relaciones humanas.
    La seguridad que tenía en sus ideas no le cegaba ya que pudo abarcar, con el mismo entusiasmo, el surrealismo y el racionalismo. En pocas palabras: era un hombre libre y consciente de serlo. Lo sabemos todos. Pero sabemos también que había una serie de cuestiones básicas sobre las cuales no se podía transigir la honradez mental, la dictadura, el derecho a pensar y a expresarse, el racismo... En fin, las bases. Ahí Domingo Pérez Minik no admitía el diálogo; la mirada clara y azul se tornaba sombría y hostil. Después, pasada la ira y volviendo a su sentido del humor, soltaba sus interjecciones: ¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas!, seguramente cargadas de significado para él. Con este vaya, vaya quisiera poder despedirme sonriendo como él en su puerta siempre abierta, ahora cerrada: hasta siempre.

[La Provincia, Las Palmas de Gran Canaria. Domingo, 10 de septiembre de 1989].

IX
PICASSO, PERSONA
por
Maud Westerdahl

EW: Pablo Picasso en La Californie
    Estas líneas tendrán, inevitablemente, un tono sentimental, subjetivo y personal. Para una estudiante que acababa de llegar a París desde una universidad de provincias, el haber disfrutado de la gentillesse -que es otra cosa que la gentileza española, más bien algo como un trato afectivo y cortés, cariñoso, sin confianza, ni insistencia, ni intromisión- de a quien entonces se le llamaba entre comillas don Pablo o sin comillas, Picasso, da cierta cohibición al momento de hablar de él, de la profunda alegría que se tiene al celebrar un cumpleaños empezando con un 9, y cierta timidez frente a tal grandeza y a la grandeza del homenaje mundial que se le rindió.
    Ir a ver a Picasso a las once de la mañana, durante la ocupación nazi de Francia, era un rito, una orden mental, y en el fondo un inmenso honor. Allí se encontraba la gente que defendía no solamente una posición intelectual o artística definida, sino también valores morales y humanos de primera necesidad entonces: la defensa de la persona en sí, el reto y el desafío a la monstruosidad, al genocidio y al asesinato de lo que todavía significaba algo.
    Muchos han escrito textos importantes sobre la visita a Picasso en los talleres de la Rue des Grands Augustins, palacio antiguo destartalado, señorial y gélido por la falta de calefacción; de los almuerzos en la tasca de al lado, Le Catalán, con carne y pan sin el ticket de racionamiento, y vino de mala calidad.
    Picasso, perseguido, prohibido como artista degenerado, en vez de huir a un exilio cómodo como tantos otros lo hicieron. Se quedó en Francia y en el peor lugar, el París de aquellos años. Como un monolito heroico, pero no solitario, puesto que gracias a él y a otros pocos, cierto hálito vivo, callado, rebelde al estúpido equívoco, se sostuvo. Sobra decir que el taller de Picasso recibía la visita de muchos artistas españoles que él ayudó con infinita paciencia, moral y económicamente.
    También tenía que soportar visitas no gratas. A unos oficiales nazis que le iban a ver tenía a veces que abrir la puerta. Se cuenta que a uno de ellos que calificó de bárbaro a un cuadro suyo con tema de bombardeo, Picasso contestó: el cuadro lo hice yo, la barbaridad, ustedes.
    Terminada la guerra europea, Picasso libre recibe del mundo entero pruebas de adhesión a su obra y su amor a la paz. Recuerdo la cena en Le Catalán con Hemingway vestido de oficial U.S.A., que le dedicó su primera visita en el París liberado. Dibujó palomas, más palomas, palomas de paz. Denunció la guerra como el mal peor junto al racismo.
    Picasso empieza una nueva vida que quiere patriarcal, en Vallauris, pueblo de tradición artesana, de cerámicas humildes: cacharros y vajillas. No tiene lugar aquí contar la aventura del renacimiento de Vallauris como obra de Picasso, ni como él hizo de Antibes, ciudad cercana, uno de los mayores templos picassianos por trabajar allí en el antiguo Palacio Grimaldi y dejar generosamente una enorme colección de cuadros, cerámicas y dibujos de tipo griego-amoroso-priápico, para el público.
    A la anécdota, a la gentillesse. Un verano de los años 50, con dificultades personales y económicas, me encontré vendiendo cerámica de la del peor gusto en el pueblo de Vallauris. Por la tarde bajaba Picasso por la calle principal, saludaba y decía: Bien, bien, yo también vendo cerámicas. En una casa de al lado descubrí un extraordinario organillo. Todavía no se si lo compró Picasso o Jacques Prevert, que andaba por allí.
    Su amor a la gente, a las cosas, a los rostros era constante. Estuvo ilustrando una edición de lujo de poemas de Góngora con caras de mujeres: Inés, su bella sirvienta, la hermana de Inés, y otras, mujeres de cabellera suntuosa y perfectos perfiles. ¿Y que tiene esto que ver con Góngora? le preguntó alguien. Y contestó: ¿Cómo? Claro que tiene que ver. Y enseñando los grabados: Esta es el ama de llaves de Góngora... esta, la que le plancha la ropa...esta su cocinera… etc. Prueba de su amor a todo y de su profunda y sabia alquimia de la vida.
    Su memoria: Hace trece años le llamamos desde Cannes. Vengan, vengan con el niño. De entrada el rey de la pintura no nos hizo caso; quería solamente saber lo que necesitaba el personaje de once meses: ¿Leche? ¿Manta? ¿Toallas? Resuelto este problema importante, preguntó a Westerdahl: Nos conocemos desde siempre. Pues, no -respondió Westerdahl. Pues sí, tu fuiste el primero que publicó mis poemas en tu gaceta de arte en Tenerife. Y nos hizo subir riendo a su célebre cabra para sacar fotos.
    Ahora Picasso está feliz en Mougins con su esposa Jacqueline. La primera que le llama Pablo en público, y no Picasso. La primera que le tutea en público. La primera que le da en público un beso en la calva y un abrazo.
    En la última visita que le hicimos el año pasado, en Nôtre Dame de Vie, el ambiente de siempre: la gentillesse, los recuerdos y el presente fuerte. Cogió la túnica india que le llevábamos a Jacqueline, quien declaró: Ya está, la llevará él y no me la dejará a mí. Estaba contento con unos horribles cueros repujados del tipo Don Quijote y Sancho que le habían mandado de España. Contento de tomar su te, de charlar, de hacerse sacar fotos, de ver correr a sus grandes perros en el jardín. Al despedirnos teníamos la garganta un poco apretada.
    Lo llamamos desde hace tiempo nuestro Dios Lar, diciendo que anda suelto por la casa. Dios Lar o monolito, tanto la leyenda como la persona siguen en pie, con la mirada que lo capta todo y la mano que da incansablemente. Un poema de Paul Eluard a Picasso Buen maestro de libertad termina así: Y, generoso, tu das a ver. Dar a ver la inocencia, la sencillez y la profunda bondad que integra a todo verdadero genio.
    Otro fragmento:
    La tertulia, por estos años, tenía lugar en la dulce playa de Golfe-Juan. Había pocos veraneante y muchos amigos. Allí desfilaba el mundo entero, desde Maurice Thorez hasta los grandes marchantes de arte, los magníficos fotógrafos de Life, escritores y artistas. Picasso los recibía entre dos baños, en short. Nadando una braza tranquila pero eficaz, o en la playa, nunca sentado o acostado en la arena, sino de pie, con los brazos cruzados, la mirada perforante, la dialéctica permanente, la pregunta aguda, la contestación limpia. Se trataba de las cosas más pequeñas o de las más grandes. Se hablaba con mucho interés de un trozo de ladrillo encontrado en el mar o de la mejor manera de cortarse las uñas de los pies. Flotando en las inocentes olas, Picasso seguía hablando y lanzando aforismos, atento y gentil, siempre presente. Sus problemas personales se resolvían aparte.

[Del libro Óscar Domínguez/Maud Bonneaud: Fragmentos de Amor, en preparación. Archivo Carlos Gaviño de Franchy. Santa Cruz de Tenerife].

X
MAN RAY
por
Maud Westerdahl

                                                                                                      De izda a dcha: Man Ray, Maud Westherdal y Óscar Domínguez
    Cuando se supo en París de la vuelta de Man Ray, que había pasado los años de la Segunda Guerra Mundial en Hollywood, se produjo una alegría generalizada en su mundo. Nunca conocí a nadie que no le quisiera o le admirara.
    Man era igual, aunque más pequeño, de lo que me había imaginado. Traía de América una miniatura preciosa, Juliet, con ademanes y cara de duende sonriente. Había sido bailarina y paseaba por la vida con una ligereza tal que apenas tocaba el suelo. Sin embargo, era muy adicta a los placeres materiales. Juliet no hace nunca nada que no le produzca un placer inmediato, cuando menos, a corto plazo decía Man con admiración.
    Man volvía en busca de su amado París. Contrariamente a muchos exilados que regresaban amargados quejándose de los terribles años pasados fuera y del igualmente abominable ambiente que encontraban a la vuelta -no se podía negar que cuatro años de ocupación nazi y de guerra habían cambiado un poco la cosa, la gente, sin hablar de la historia- en París, Man empezó de entrada a gozar de todo.
Recuperó a sus amigos, casi toda su obra, gran parte de sus bienes -pero no el taller de la esquina del boulevard Raspail, Rue Champagne Premiere, que había visto desfilar al mundo entero en busca de un retrato.
    Un cuarto de hotel es poco para vivir y comenzar nuevamente. Óscar Domínguez le prestó su taller de trabajo del boulevard Montparnasse, donde podía, por lo menos, dibujar o pintar o simplemente pasar ratos en un lugar donde se respiraba, desde hacía años, un aire de creación y libertad. Cuando Man y Juliet se marcharon nuevamente a América para organizar su mudanza definitiva, nos devolvieron las llaves y al entrar encontramos en el caballete un hermoso cuadro de Man dedicado A Maud et a Oscar, les yeux, les emaux et les emeraudes.
    Yo hacía esmaltes en aquella época y Man, curioso como una ardilla, quiso hacer experimentos. Terminaron en una placa rectangular de unos ocho por diez centímetros, bastante grande para un principiante. Man la montó como una hebilla de cinturón y Juliet la paseaba encima de su -supongo- minúsculo ombligo.
    Cuando volvieron a París para siempre, se abrió el enorme taller-vivienda de la Rue Ferou, cerca de Saint Sulpice, donde según se dice habían llevado parte de su imaginaria vida los tres mosqueteros.
Allí todo, muebles, cuadros, objetos, tapices, lámparas, el célebre biombo, el juego de ajedrez, afirmaban la poderosa presencia de Man Ray.
    Era una época de reencuentros, reuniones, cócteles, exposiciones, fiestas de disfraces. Man volvió a pintar, a fabricar a partir de lo imposible, a inventar lo inexistente.
    Se les veía a los dos, a menudo, en el pequeño restaurante Le Kosmos, frente a La Coupole y al lado del Select, hoy transformado en triste snack. Allí nos reuníamos un grupo de amigos a almorzar, formando mesas comunes o individualmente, según el humor de cada uno. Man venía acompañado de uno de sus raros ejemplares de bastones. Allí se encontraba el pintor Zadkine, Marchand, grupos de jóvenes artistas, Valentine Penrose y Óscar Domínguez casi a diario. También las señoras que trabajaban en las casas de la Rue Vavin.
    En este restaurante, El Kosmos, en momentos bastante sombríos de su vida, me dijo un día que fuera a su estudio llevando un jersey oscuro y algunas joyas de esmalte hechas por mí. Me hizo dos retratos fotográficos, unos de mis tesoros. No por el modelo, sino porque representaban años de deseo, un deseo que, cuando me lo formulé, no tenía ninguna posibilidad de realizarlo. Nunca le dije lo que su real regalo significó para mí. Me parecía que este tipo de sentimentalismo hubiera rozado el mal gusto o la indiscreción, dado el hermetismo que manifestaba frente a lo emocional. En estos años, principios de los cincuenta, me encontré mezclada en un mundo más bien incoherente, pero con un común denominador de arte, fantasía, inconformismo, intelectualidad y una nota de snobismo.
    En el Bar del Catalán, después de una cena en algún restaurante o de un vernissage, se reunían, al azar de los momentos -y a menudo también en casa de Marie Laure de Noailles- Dora Maar, los Man Ray, Lee y Roland Penrose y muchos otros hasta altas horas de la noche y con bastante alcohol.
    Eran los años de gran frivolidad de Óscar Domínguez y yo lo seguía desde lejos, sin participar del todo. Otros venían y se iban. Juliet y Man siempre hacían lo que querían, alegres y amenos, pero sin entregarse al juego. Antes de mi marcha de París, Man me hizo participar en una corta escena significativa. Me llamó. Tenía que llevarle a toda prisa una serie de mis esmaltes, un regalo que quería hacer a la mujer de un director de cine con quien había trabajado, Envolví trabas, broches y zarcillos en trozos de papel de periódico, los puse en una vieja lata de cigarrillos americanos falsos. Man los vió, sí, se quedaba con todo. Le hablé de cajitas, envolturas. Ni hablar. Iba a entregar el conjunto así, tal y como estaba con periódico y lata: C’est plus chic. Con el tiempo me di cuenta de que tenía razón, era más chic.
    Es célebre su foto de una modelo de Lelong, con un suntuoso vestido de seda plisada, reclinada, como si fuera en una chaise longue, en una carretilla corriente de madera, pero forrada de raso. Este asiento insólito era obra de Óscar Domínguez, quien compró este humilde instrumento de trabajo en una ferretería cualquiera y con su acostumbrada habilidad manual, lo tapizó, fondo y brazos, de raso color fucsia, en el afán surrealista de perturbar la función de un objeto dándole otro significado y sacándolo de su normalidad. Después de ver la foto en algún Vogue Magazine, una señora le encargó a Domínguez una copia exacta para su salón. Otra compra de carretilla, otro trabajo de tapizador. Pero a la entrega la señora se indignó: no era más que una vulgar carretilla. ¿Lo era, de verdad?
    También en su vida social Man resultó ser un inventor de fiestas, más bien de disfraces, para sus amigos de la alta sociedad. Ideó y concibió varias. Para los Vizcondes de Noailles realizó una labor creativo-frívola que abarcaba incluso el decorado y la iluminación y que, sobre todo, le divertía mucho. Sin embargo estas actividades alrededor de la elegancia solo corresponden a un aspecto menor y lúdico de su polifacética obra.
    Después de mi marcha a Tenerife, en los viajes posteriores a París, Westerdahl y yo íbamos a ver a Man. Intercambios de libros y, para Westerdahl, un cuadro. Es muy pequeño, diez por doce centímetros y parece un sobre de carta cerrado, salvo que los cuatro triángulos que se unen por la punta son de tonos distintos. Es el mayor cuadro del mundo dijo Man. Se puede ampliar hasta el infinito.
    La Rue Ferou estaba igual o enriquecida con algunos objetos o cuadros recientes. Man, de la mano de Juliet, envejecía apaciblemente pero sus gruesas gafas no enturbiaban la mirada de búho irónico y observador agudo. Contrariamente a la perla, que nace de la concha, Man había fabricado, con su propia materia, una concha alrededor de sí mismo, en una unidad y continuidad perfectas: joie, jour, jouir.

[Del libro Óscar Domínguez/Maud Bonneaud: Fragmentos de Amor, en preparación. Archivo Carlos Gaviño de Franchy. Santa Cruz de Tenerife].

MAN RAY, EL HOMBRE RAYO
por
Maud Westerdahl

    Es curioso, le dije una vez, ser un superfotógrafo y llamarse Hombre Rayo, que casualidad. No contestó. Pero según Sir Roland Penrose, su amigo de siempre y biógrafo, Man rodeó siempre de misterios sus orígenes. El misterio del nombre y apellido queda, el hombre y el rayo, también.
    Es conocida la difícil relación que los fotógrafos tenían con la pintura, como si hubiera un cierto complejo de inferioridad técnico o creacional. Esto fue en el pasado y la fotografía logró el estatuto de arte mayor también. Pero en Man Ray, más conocido en general como fotógrafo, que como pintor, no puede darse este fenómeno, ya que él pintó antes de fotografiar. La multiplicidad de sus inquietudes hicieron que ignorara los medios, o los utilizara todos. Además nunca pintó, ni creó, desde un punto de vista estético. La estética le tenía sin cuidado. Lo que él quería decir era: decir.
    Man Ray utilizó lo que tenía al alcance de la vista y de la mano, cualquier material. Era muy aficionado a las ferreterías, especialmente a la planta baja del Bazar del Hotel de Ville. Tuvo la suerte de haber nacido al mismo tiempo homo ludens y bricoleur. A base de esto hizo sus inventos, su ambiente, su vida, sus casas, sus mismas fotos, sus objetos y su persona.
    Contaba que su primer intento de creación fue un pequeño cañón de hierro que tenía que lanzar al espacio un ratón medio muerto atado por el rabo a la carga. Fue un fracaso balístico. Años después escribió no puedo dejar de admirar la diversidad de mi curiosidad y fuerza inventiva.… en verdad yo era otro Leonardo da Vinci.
    En consecuencia sus inventos son a la vez racionales y perturbadores. O irracionales dentro de una imperturbable lógica. El célebre regalo, plancha de hierro para la ropa con clavos con las puntas hacia fuera en la superficie lisa, constituye la negación del planchado, la destrucción de la ropa, la pérdida de su función. Los pains-peints -juego de palabras traducible como panes pintados- , son panes corrientes, tipo baguette, pintados de azul, etc.
    Lo que el tenía siempre al alcance de la mano era su material fotográfico. De ahí salieron los, entonces experimentales y hoy clásicos rayogramas, solarizaciones y otras aventuras de luz y de sombra. De esta cámara salió la fabulosa galería de retratos de Man Ray.
    Quien ha visto el modelo y el retrato no puede evitar pensar que allí hay arte de magia, que estas fotos son retratos internos. Man actúa entonces no como fotógrafo, sino como un hado, un analista o un vidente. Otras veces utiliza la cámara como un poeta cuando escribe: los desnudos, la esencia de las cosas -el criadero de polvo-, alas de insectos, objetos y cosas.
    La totalidad de su obra parece una mezcla de racionalismo norteamericano y de aceptación incondicional del disparate o de lo ilógico, llevado a sus últimas consecuencias. Aceptación pensada y consciente. Lo que puede hacer dudar de su lado surrealista. Man Ray pensaba y creaba lo absurdo, pero no obedecía a ese absurdo. No se dejaba llevar por el hilo de Ariadna en el laberinto a través del puzzle, porque el laberinto y el puzzle los fabricaba él mismo. Sabio, pensativo, inteligente, parece que sabía dominar las leyes, si las hay, de lo absurdo. Y si no las había, las inventaba de manera perfectamente creíble, para que le obedecieran a él.
    Su libertad era profunda y verdadera. No participó en ningún grupo, movimiento o partido. Su revolución era intelectual y su escándalo, individual y orgulloso. Pudo frecuentar la más aristocrática sociedad, la alta moda y compartir la bohemia de Montparnasse. Tener coches de lujo, llevar boina o ir a una fiesta de etiqueta con un cordón de zapato en lugar de corbata. No es que todo le diera igual. Quizás al contrario. La igualdad la imponía él . Así pudo pasar por el expresionismo, el cubismo, dadá, el surrealismo, sin comprometerse, porque estaba más allá de todo compromiso. Es decir, no perteneció a nada y su pluralidad fue respetada por todos.
    Su amigo y cómplice, compañero de toda la vida en el antiarte, el ajedrez y el pensamiento, Marcel Duchamp, escribió para un diccionario imaginario. Man Ray: Nombre masculino, sinónimo de alegría, jugar, gozar.
    Y André Breton, en un poema, lo define como: El captador de sol y exaltador de sombras..., el brujulero de lo nunca visto y naufragador de lo previsto..., el piloto de estas cometas-labios y corazones-encima de nuestros techos..., el jugador impasible..., mi amigo Man Ray.

[El País. Madrid, 11 de septiembre de 1982]

XI
PABLO
por
Maud Westerdahl


Carlos A. Schwartz:
Pablo Serrano durante la instalación de su escultura
en Santa Cruz de Tenerife


Yo fui hombre fui roca
Fui roca en el hombre y hombre en la roca
Yo fui pájaro en el aire espacio en el pájaro
Yo fui flor en el frío río en el sol
carbúnculo en el rocío
Fraternalmente solo fraternalmente libre.

El único sueño de los inocentes
un sólo murmullo una sola mañana
y las estaciones al unísono
coloreando de nieve y fuego
una multitud al fin reunida.

                                    
                                          PAUL ELUARD



    Pablo tenía algo de hombre que pertenece a la tierra, a su dura Teruel: sus manos fuertes y sensibles, su gesto tranquilo, un halo de sabiduría telúrica, su mirada pensativa, su rostro grave frente al trabajo y la responsabilidad. También tenía algo de poeta, algo de personaje del teatro isabelino con sus ojos claros, tez rosada y barba rojiza, su risa joven. Exigente y tierno, recto e indulgente, completo.
    Después de una larga y fructífera época centrada en el estudio del volumen vacío (los títulos hablan por sí mismos: espacio interior quemado, ordenación del espacio en torno al objeto desaparecido, etc...) aparece lo que será su preocupación constante: el hombre, el afán de acercamiento, de comunicación; la expresión de la luz interior, la reunión de elementos separados. El problema plástico de volúmenes y huecos se humaniza, los títulos cambian. Bóvedas para el hombre, o la busca de refugio contra el miedo, la soledad, el mundo hostil; Hombres-Bóvedas, con luz interior, figuras antropomorfas alrededor de un hueco liso, brillante y pulimentado, en contraste con el exterior de bronce oscuro y torturado. Otras grandes piezas que esconden la luz interna detrás de espesas puertas que se abren y cierran: Hombre caído con puerta, Eva con puerta. Otros intentos de contacto: las unidades-yuntas de dos piezas separadas que se pueden acoplar (hueco/relieve) en una forma completa con el yin y el yang de la síntesis taoísta.
    Sobre estas preguntas, bases de su pensamiento, Pablo escribió un poema-canción, Comunicanda:

Tu y yo sabemos
yo y tu decimos que hay puertas
abiertas cerradas.
Tú y yo sabemos que abierta la puerta
abierta esperanza.
Tú y yo sabemos. Escucha. Escucho.
¡Qué pocos somos!
No dudes
yo dudo
puertas esperan.
Duda de ti, dudo de mí si abrir podemos
Tú y yo, yo y tú, todas las puertas.

    Como pausas entre tanto movimiento, tanta tensión, aparece la imponente serie de los retratos, que Pablo llama interpretaciones. Aquí se le ve más descansado, más tranquilo, dando la imagen de seres que él ha admirado, o que estima y quiere: Antonio Machado, Pérez Galdós, el historiador Camón Aznar, el filósofo Aranguren, los críticos de arte Gaya Nuño, Michel Tapié o Westerdahl, Camilo José Cela o el Dr. Portera, amigo.
    Interpretaciones que van más allá de la representación, que buscan complejidad y profundidad.
    Pero lejos de este relativo descanso, viene la terrible Piedad del Museo Middelheim de Amberes, grito de horror y pesimismo. Obra expresionista de denuncia social dice Westerdahl, de denuncia de la hipocresía y de la miseria de la Humanidad. ¿Pero, solamente esto? Parece que también es una obra de compasión infinita a la condición humana, a su condición existencial de total desesperación. Pero Pablo quiere comprender todo lo humano. Al lado de divertimentos del Prado (personajes de cuadros célebres), de los últimos juegos inspirados en el cubismo, Juan Gris y la guitarra, hay pocos elementos lúdicos, como observa Westerdahl, y Pablo se encuentra más en los Fajaditos, serie de inquietantes homúnculos, deformes, lisiados y amordazados.
    Como contrapeso a la nada, Pablo creará Los Panes. Pablo era un hombre, un hombre bueno, y con los años adquirió algo de patriarca, de profeta. Frente a la desgarradora incomunicación, en vez de gritar, esta vez hará y dará pan, como un humilde símbolo bíblico. España es un país de panes hermosos, decorados o en forma de sol como cerámicas de Picasso o Miró. Pablo coleccionaba panes, los tenía, ya secos pero en su plenitud de signo-llave. Pero los suyos eran de bronce, enteros o en trozos, alargados, redondos o enroscados, con un matiz, si me atrevo a decirlo, de pagana eucaristía o comunión fraterna En Toledo fuimos con él a una fiesta del pan en una Galería. Estaban expuestos unos de bronce. Pero Pablo había pasado la mañana de hornero en una panadería, creando panes de verdad, sencillos y bellos, y estaban allí en cestas para ser vistos o comidos. Pequeño intento de optimismo, Fuera de todas las cuevas, fuera de nosotros mismos, otra vez Eluard nos explica Pablo, ambos

Hablando al Mal: mi discurso oscuro porque estoy solo
es de día
terriblemente.
Quizás para siempre.
Sin embargo la puerta se cierra
sobre un sueño de claridad sobre una cara feliz de ser entendida
de ser aceptada.

    Pablo contesta con un autorretrato, como ficha autobiográfica: Por un lado me gusta razonar, plantearme problemas plásticos; por el otro lado la vida, el hombre, su misterio: conocer lo que somos y porqué existimos. Si me desvío y no continúo mis planteamientos abstractos, si los tomo o los dejo, hay una razón, el hombre: me inquieta no conocerle y solamente adivinarlo; me rebelo también conmigo mismo. El pesimismo alienta mi deseo de conocimiento y me empuja a darme contra la pared, contra el muro, mi optimismo es una estrella a millones de millones de distancia...
    A pesar de sus dudas, Pablo Serrano, sí abrió puertas. No sabremos nunca cuantas, ni lo duras que han sido. Se ha ido por su puerta secreta, dejándonos, más solos, debajo de nuestra bóveda provisional.

[«Tagoror Segunda Época». Número 30. El Día. Santa Cruz de Tenerife. 1 de diciembre de 1985]

XII
EDUARDO WESTERDAHL: ESCRIBIR CON LUZ
por
Maud Westerdahl

Eduardo Westerdahl
    Se conoce a Eduardo Westerdahl por su labor de crítico de arte y su defensa del pensamiento moderno en un ambiente entonces hostil, frente a un público que a menudo se rió de él y de su ya mítica gaceta de arte.
    Pero también Eduardo Westerdahl era un humanista y se parecía a los espíritus del Renacimiento que querían abarcarlo todo. La vista fue el sentido que más desarrolló, pero escribió, además de textos de teoría y crítica de arte, cuentos poemas, hasta novelas cortas en su juventud. Como buen hedonista que era, gozaba del mundo exterior y de lo que este le ofrecía, con todos sus sentidos, tocar las aterciopeladas orejas de un perro o un buen tweed, oler y saborear la fragancia de sus innumerables pipas y puros, o de un buen hígado de oca francés, apreciar las vibraciones de una voz o el ruido de las olas. Y, claro, para los placeres de la vista tenía las infinitas combinaciones de la línea y el color, la luz y la sombra, el volumen o el hueco. Desarrolló al máximo el arte de ver, de ahí, probablemente, nació su afición a la fotografía, para conservar las imágenes. Fotografía es, al fin y al cabo, escribir con la luz.
    Sus imágenes elegidas son de una gran diversidad: rostros, animales, urbes, composiciones, plantas. Pero la naturaleza desnuda, cruda, no le emocionaba especialmente. Le gustaba ver en ella huellas humanas.
Hombre de ciudad, de monumentos, miraba tanto una capilla románica como la majestad helada de un rascacielos de cristal. Le fascinaban los rostros y lo que significaban. Nada le había preparado para esto, nadie le enseñó el camino. Su elección fue la libertad de expresión, la búsqueda de las distintas facetas de la verdad, de la realidad, y del sueño también. Pensaba -incurable optimista- que esto propiciaba un hombre más amplio y más feliz, entonces, mejor.
    Ignoramos las raíces de esta verdadera vocación, nacida de la nada salvo de él mismo. Su misma [propia] biografía no aclara nada. Quizá intervinieron su interés innato por lo universal, su lado de ciudadano del mundo, posiblemente debido a la originalidad de su genealogía, lo que no impidió un profundo apego a Canarias.
    Su abuelo materno, don Pedro Oramas (apellido guanche), frente a la dificultad de educar a una doce de hijos, dejó su isla, las tierras que tenía y su oficio de administrador de fincas. La numerosa familia se fue a Méjico en un barco de vela. Ignacia Oramas Medina, la madre de Eduardo Westerdahl, tomó parte en la aventura, pero no encontró en América el novio soñado y se fue a vivir con unos parientes a Alemania: ningún pretendiente correspondió a sus exigencias, sus ideas sobre la vida, la originalidad de una personalidad decidida y entera. De Alemania sin embargo trajo el recuerdo de su gran triunfo: haber cantado La Paloma en un teatro (así que Eduardo Westerdahl creció oyendo si a tu ventana llega una paloma…).
Al fin Ignacia volvió a Tenerife y encontró lo que deseaba en la persona de Bernardo Westerdahl.
    Bernardo Westerdahl era el típico sueco guapo, de pelo rubio, ojos azules y un espléndido bigote que moldeaba de noche con una bigotera. Era, parece ser, un seductor nato y tocaba románticamente el piano. De su familia sabemos poco, pero tenemos fotos de bellas damas encorsetadas y bellos caballeros con chisteras y bombines. Parece que Bernardo Westerdahl vino por motivos de salud, en busca de un clima suave. En Tenerife montó un negocio de importación y exportación de productos finos. Entre los primeros recuerdos visuales de Eduardo Westerdahl destacaban las cintas y bordados de color, el verde de las botellas de vino del Rhin y el oro pálido de su contenido. Otra revelación óptica fue el arco iris formado en una lágrima delante de su ojo, un día que su madre le peleaba debajo de un farol (sensación imborrable).
    Con la muerte de Bernardo Westerdahl, cuando Eduardo tenía unos cinco años, empezaron épocas difíciles. Doña Ignacia no entendía de negocios. Fracasó el proyecto de Bernardo de hacer de su hijo un arquitecto y desde muy joven Eduardo se tuvo que emplear. Sin embargo, desde siempre le interesó la vida intelectual, leía y escribía. Se reunió con amigos tímidamente inconformistas atraídos como él por las artes y la literatura. Es decir, lo contrario de lo que le tocaba vivir.
    Pero según André Breton, el azar objetivo manda en los destinos. Este azar es el encuentro de una finalidad interna, y una causalidad externa y funciona si el acontecimiento exterior casual corresponde a los anhelos profundos, conscientes o no, de la persona.
    Pues bien, la causalidad externa fue un viaje a Alemania con el proyecto de estudiar el idioma y ampliar sus conocimientos como empleado de banco. Pero la finalidad interna, latente, se reveló frente a un pequeño cuadro de Paul Klee, obra poco llamativa por cierto, llamada La tesitura vocal de la cantante Rosa Silver. Fue un flechazo definitivo que cambió toda su vida. Al volver del viaje había decidido fundar una revista de cultura internacional: gaceta de arte, con amigos fraternos y valientes, Domingo Pérez Minik, Pedro García Cabrera, Domingo López Torres, Óscar Pestana, José María de La Rosa, José Arozena, Francisco Aguilar. Se lanzaron a la aventura ya claramente no conformista e iconoclasta.
    Parecía un disparate o un reto: unos jóvenes, en una isla cuyo más próximo vecino es el desierto del Sáhara, quisieron como Rimbaud, changer la vie e importar a España -vía Tenerife- lo más adelantado del pensamiento moderno.
    Esto, casi si bases, sin experiencia, sin contactos y sin dinero. El sueño se hizo realidad. No hay hoy en día en el mundo un libro o un estudio sobre las vanguardias europeas, que no cite a gaceta de arte; la exposición surrealista en Tenerife en 1935 forma parte de la historia.
    El presente libro salió de cajas y gavetas llenas de negativos y termina por ser un autorretrato, suma de su persona, con sus afirmaciones y sus contradicciones.
    Las palomas pueden volar sobre los planos funcionales del arquitecto Sartoris, la curva de un cuello de cisne flotar cerca de una fábrica racionalista, lo romántico hacerse dadaísta, el David de Miguel Ángel enfrentarse con la Torre de Tatlin. Además de autorretrato es una defensa de lo emocional, de la ternura hacia el sillón roto de Picasso o las geometrías impecables de Mondrian, el perro dormido o el amigo que ríe. Resulta una mezcla sin arbitrariedad, pero también sin rigurosa obediencia a unas teorías. Con estas contradicciones asumidas, en la pluralidad y la complejidad, este libro puede ser el testimonio visual de Eduardo Westerdahl.

[VV. AA.: Westerdahl. Escrito con luz. Dos tomos. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias. Madrid. 1992]