martes, 6 de mayo de 2014

Media Vida en Tenerife (III). La plaza de la Constitución, corazón de la ciudad


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 Media vida en Tenerife
CAPÍTULO III
LA PLAZA DE LA CONSTITUCIÓN, CORAZÓN DE LA CIUDAD
[PRIMERA PARTE]
por
 Carlos Benítez Izquierdo
 
17 de marzo de 1913

Al separarme de don Servando, dirigí mis pasos hacia al hotel donde tenía pensado alojarme, al menos durante el inicio de esta nueva etapa en mi vida.
          A mi derecha se alzaba el pórtico de tres arcos, fabricado en ladrillo y cantería, que conformaba la entrada a la Alameda del muelle o del Duque de Santa Elena. Fue este el primer lugar construido ex profeso para el esparcimiento y recreo de la población, a finales de la pasada centuria, y que jamás ha albergado ni un solo álamo.

En la explanada donde me encontraba, entre dicho recinto, la entrada al muelle y el castillo de San Cristóbal, el Ayuntamiento ha erigido una caseta hecha en hierro fundido que alberga unos urinarios públicos. Aunque esta idea ha resultado ser novedosa y es símbolo de civilización, lo cierto es que no ha tenido la acogida que se esperaba.


Joaquín Ravenet y Marentes. Litografía. Siglo XIX
Tan amplio espacio, dentro del cual nos hallábamos, no siempre ha estado configurado del modo actual, sino que se debe a una remodelación efectuada durante la década de 1860.
Antes de esta fecha, el acceso al muelle y el tráfico de mercancías, resultaban molestos tanto por el fuerte desnivel del terreno, a la altura del Boquete o entrada al espigón, como por lo angosto de dicha vía entre el castillo de San Cristóbal y la plaza de La Constitución. El significativo aumento del tráfico de caballerías, carros de transporte y transeúntes originaba importantes retenciones y atascos en este punto, de tal manera que se imponía la resolución del conflicto.
Por aquél entonces, ostentaba el cargo de gobernador civil de la provincia don Joaquín Ravenet y Marentes. Fue este caballero quien tomó la iniciativa al respecto, contando además con la colaboración del Ayuntamiento y del ingeniero jefe de Obras Públicas de la provincia.
En primer lugar, en 1861 se consiguió el permiso para retranquear el tambor del castillo. Poco después, se construyó una rampa que salvara el desnivel y hacer posible la comunicación entre la calle de La Marina y la plaza. Además, se ensanchó la zona baja todo cuanto se pudo.
En 1863, se derribaron las vetustas puertas de entrada al muelle y, cinco años más tarde, se finalizó la reforma por la Junta Revolucionaria de Salvación y Fomento. Esta, ordenó derribar el Cuerpo de Guardia principal del castillo y lo trasladó al norte del mismo, por lo cual fue necesario sacrificar la batería de Santo Domingo y rellenar el foso, donde se levantó la antigua pescadería [1]. Como consecuencia, este lugar ha sido bautizado muy justamente, como Rambla de Ravenet.

Para mayor comodidad del joven que transporta mi equipaje, hemos decidido acceder a la plaza de la Constitución a través de la pendiente que conforma parte de dicho paseo, al que el pueblo de Santa Cruz sigue llamando por su antiguo nombre, que es además el de la calle de la que forma parte y hoy se denomina Eduardo Cobián: La Marina.
 Este desnivel, que se halla bien adoquinado linda en su parte oeste con tres casonas de arquitectura tradicional.
Joaquín González Espinosa. Rambla de Ravenet. Ca. 1920
En primer lugar, haciendo esquina con la calle de San José, una construcción de tres pisos con balcones de madera. Aquí se encuentra establecido un bazar hindú, propiedad de M. Dialdas quien, según mi acompañante, es dueño de otro en la plaza de la Constitución, donde se ubican varios semejantes, regentados por compatriotas de este señor.

A continuación, y en medio de la manzana, se alza una edificación dieciochesca de tres pisos, con balcón acristalado en el último. Alberga las sedes de las empresas de Miller & Wolfson y la de Otto Thoresen, que bien merecen que les dediquemos un momento de nuestro tiempo.
Comenzaremos por la primera de ellas, ubicada en la planta baja del inmueble. Henry Wolfson, judío ruso nacionalizado británico, llegó a estas costas en 1886 a bordo de un buque que hizo escala en su viaje a Sudáfrica. La primera actividad comercial de este caballero fue la representación de la compañía inglesa Burrell, de la que pronto sería socio. Como la biografía de Mr. Wolfson resulta por muchos motivos interesante, y merece ser tratada de manera más amplia, nos comprometemos a ampliar esta información en otro capítulo de nuestra crónica.
 Por ahora, bástenos decir que diversificó sus actividades mercantiles hacia la exportación de frutos, banca y cambio de divisas, agencia de seguros, navieras y consigna de buques [2].
Su negocio, actualmente denominado Miller, Wolfson & Cía cuya sede está en el inmueble que contemplamos, tiene sucursales en Las Palmas y Londres, así como en las poblaciones de San Sebastián y Hermigua, en la vecina isla de La Gomera. Esto último ha dado motivo a disponer de barcos propios; como el Golden Eagle o el Velox, dedicados al cabotaje insular con servicios regulares de carga y pasaje.
A la Izda. sentado, Charles Howard Hamilton, 
a su lado, de pie, su esposa Carmen Montverde 
y otros familiares. Fotografía anónima. Siglo XIX
        Hasta el pasado año de 1905, esta empresa mantuvo buenas relaciones con otra del mismo género, Hamilton & Co, situada en el núm. 15 de esta misma calle y fundada en 1837. Es propiedad de la familia homónima, de origen escocés, siendo quizá la más antigua que existe en la actualidad de cuantas se dedican a estas actividades comerciales.
Pues bien, como decíamos, hasta hace poco tiempo las relaciones comerciales y personales entre los propietarios de ambas firmas eran francamente buenas. Sucedió que los Hamilton dejaron de requerir a Mr. Wolfson, como intermediario frutero, para las navieras cuyas representaciones ostentaban. Por su parte, el ruso les devolvió el favor ofreciendo sus servicios a una importante compañía, la Union Castle, que representaban aquellos. Además, estuvo a punto de arrebatarles a los escoceses la consignación de otras, como la White Star o la Shaw Savill & Albion. El resultado de todo esto no sólo ha sido una enemistad férrea, sino que Mr. Wolfson se asoció con la firma grancanaria Miller, fruto de lo cual ha originado la nueva razón social, llamada Miller, Wolfson & Co. [3] , una fuerte competidora para los Hamilton.

El otro comerciante que ocupa la planta alta del caserón al que aludimos, es Otto Thoresen, íntimamente relacionado con el anterior. Dicho empresario, de origen noruego, se dedica a negocios similares a los de su vecino. De hecho, fue Mr. Wolfson quien lo introdujo en el mercado de exportación de frutos en las islas.
Esta compañía tiene su sede en la capital de aquél reino escandinavo, y posee sucursales tanto aquí como en la ciudad de Las Palmas. El agente local es don Alvaro Rodríguez López, que a la sazón desempeña el cargo de vice-cónsul de Noruega.
Como naviera [4] y consignataria de vapores, cuenta con un servicio de navegación interinsular de cabotaje. Además, lleva a cabo el transporte de mercancías desde Canarias a Londres, y asimismo entre Escandinavia y nuestro país [5].

La siguiente edificación que nos encontramos, que linda también con la plaza de La Constitución, es de tres pisos diseñada en estilo neoclásico. Sus esquinas y huecos están labrados en cantería basáltica del país, y los balcones con rejería en hierro forjado.
 En la planta baja se encuentra, en primer lugar, una sucursal de la banca de don Nicolás Dehesa. Además de las labores que le son propias, lleva a cabo cambios de divisa, tan necesarios en un puerto con tráfico internacional. Es también corresponsal de casas bancarias españolas y extranjeras [6].
La central de este banco se halla en la calle de Alfonso XIII de esta población, y cuenta con otro establecimiento en la vecina ciudad de Las Palmas.

El otro local que se sitúa a nivel de calle, ya en la esquina, es la tabaquería La Flor, propiedad de don Ángel Carrillo.
Entre ambos comercios, se abre el zaguán de entrada al entresuelo, donde se ubica Fyffes y Cía. Es propiedad de súbditos británicos, dedicados a negocios similares a los ya comentados anteriormente [7]. Esta Casa, tiene fuertes vínculos con Miller, Wolfson & Co. en el negocio de cultivos y exportación de frutos.
Hace veinte años, Mr. Henry Wolfson y otro directivo de Fyffes —Mr. Barker— adquirieron dos enormes fincas en Adeje —al sur de Tenerife— para destinarlas al cultivo de plátanos y tomates. Más tarde, ambos se convirtieron en importantes accionistas de esta compañía y traspasaron los predios a nombre de la misma como parte de sus fondos. En 1901, Fyffes se fusionó con otra potente empresa británica, Elder, Dempster & Co., que ya contaba con significativa presencia en Canarias [8].

Hemos llegado a la plaza de La Constitución: es amplia, de planta rectangular y enlosada con piedra del país. Con un aire elegante a la vez que despreocupado, me recuerda enormemente a las plazas de mi muy querida y siempre añorada isla de Cuba [4].
Plaza de la Constitución. Fotografía anónima. Siglo XIX
 Podríamos señalar sin ningún género de duda, que desempeña el papel de Plaza Mayor, debido a su importancia y por ser uno de los lugares donde se concentra la vida pública de la ciudad. No obstante, hemos de señalar que no se pensó en su existencia cuando se fundó la población.
Este espacio fue ideado tardíamente, sin que mediase un plan urbanístico previo. Hasta finales del siglo XVI, la calle del Castillo —actual de Alfonso XIII— llegaba casi hasta el mar. El Cabildo de la isla decidió derribar una serie de edificios para despejar los alrededores del castillo de San Cristóbal, con el propósito de obtener un campo o plaza de armas para los ejercicios militares. Es así como surgió este recinto, que durante el siglo XVIII terminó de adquirir su forma actual. Delimitada por tres flancos de edificios con un cierto empaque, le fueron añadidos los monumentos que en el día de hoy podemos admirar, salvo una pila o fuente de la cual hablaremos. La proximidad del Gobierno Militar, de la Aduana y, temporalmente, del Ayuntamiento —en la casa que existe en su parte alta [9]—le dieron esta categoría de Plaza Mayor que comentamos. A todo esto, debemos sumar el hecho de celebrarse aquí todas las manifestaciones políticas, religiosas, alborotos, pronunciamientos, proclamaciones y fiestas oficiales [10].
Plaza de la Constitución. Fotografía anónima. Finales del siglo XIX
La plaza ha tenido varios nombres. En su origen, y hasta la primera mitad del setecientos, se le conoció como plaza del Castillo. Por esas fechas se le empezó a denominar plaza de la Pila, debido a la fuente antes mencionada.
Hace justo un siglo, el Ayuntamiento decidió bautizarla como plaza de la Constitución, en memoria de la que se había proclamado en Cádiz en 1812. Dos años más tarde, Fernando VII llevó a cabo la restauración absolutista y se le cambió el nombre por el de plaza Real. Debido a esto, se delimitó su perímetro con columnas unidas por cadenas de hierro, que se conservaron hasta la mitad del siglo anterior.
En 1820 recuperó el nombre de Constitución. Cuatro años después volvió a tener el de Real, que ostentó hasta el final del reinado fernandino. Desde Isabel II hasta hoy, lleva el nombre de la Carta Magna [11].

Le Brun y Testard: Pila de Santa Cruz. Siglo XIX
En su fisonomía, la plaza ha sufrido importantes reformas desde sus comienzos hasta nuestros días. Al principio, se limitaba a un espacio en pendiente, con el piso de tierra apisonada. Circundada por tres calles que aún no se le habían integrado, daba la sensación de ser un solar desocupado más que una plaza [12].
La primera remodelación de importancia tuvo lugar en 1813, y la máxima pretensión del Ayuntamiento fue igualar y embaldosar el piso, además de trasladar la pila a otro lugar. Esta se desplazó más cerca del muelle, adosada al muro del castillo, donde permaneció hasta 1844.
El primer elemento de adorno que tuvo la plaza —y la ciudad— fue esta misma pila o fuente. Situada en la mitad de su área, consistía en una sencilla taza en cantería basáltica del país, con su pie de lo mismo. El agua brota por un surtidor y sale de la copa a través de seis chorros, que vierten el mineral en un pequeño estanque circular, sobre cuyo centro se alza el conjunto. Fue labrada en el año 1706, bajo el mandato del capitán general don Agustín de Robles y Lorenzana, según la leyenda que lleva esculpida. Este militar, empleando métodos expeditivos para obtener recursos económicos, trajo las aguas a Santa Cruz desde el Monte de Aguirre por medio de canales de madera, constituyendo todo ello un acontecimiento histórico. [7]
Fue tal la importancia que tuvo este surtidor para los vecinos, que justificó el cambio del nombre de la plaza durante más de un siglo. Incluso llegó a denominarse como calle de la Pila a la que llevaba hasta ella, que al presente se conoce como de Candelaria [13].
En los años finales de la pasada centuria, fue rescatada de un depósito municipal por don Anselmo Jacinto Benítez, caballero sensible y amante de la historia, que la trasladó a los jardines de su hotel y museo, en las afueras de esta población. Es un gesto muy de agradecer, que ha liberado del ostracismo y de su posible destrucción a una pieza íntimamente ligada a la historia de Santa Cruz [14].

Anselmo Jacinto Benítez. Fotografía anónima. Siglo XIX
Salvado este pequeño paréntesis, debemos señalar que esta fuente no desmerecía el lugar que ocupaba. Sin embargo, ocasionaba concentraciones de aguadoras con los inherentes gritos y discusiones, lo que impedía el aseo de la zona superior de la plaza. El grave inconveniente que se le presentó al Consistorio para materializar esta reforma, fue una palpable falta de fondos. Después de una serie de donativos, suscripciones populares y otras medidas, se concluyeron las obras en 1815 tras muchos altibajos. Todo el peso de la empresa fue llevado a cabo por los vecinos.

Quince años después, tras algunas correcciones menores, el resultado continúa siendo insuficiente, a pesar de que ya tenía aspecto de buena plaza según opinión de algunos visitantes. Los santacruceros de entonces le achacaban dos defectos principales: por una parte, la fuerte pendiente, impropia de una plaza principal y lugar de paseo. Por otra, las malas condiciones del embaldosado, que hacía ingrato su tránsito.
El Ayuntamiento sigue decidido a mejorarla, por ello en 1860 emprendió una nueva modificación. Fue promovida una vez más por el gobernador civil Ravenet, nombrado al principio de esta narración. Contó además con el apoyo del capitán general, don Narciso de Ametller y Cabrera. El autor del proyecto fue don Manuel de Oráa, arquitecto provincial por esos años.
Esta vez, la reforma consistió en variar la rasante, con el fin de dejarla lo más horizontal posible. Para conseguirlo, se rebajó el suelo de la parte alta a la vez que fue rellenada la zona inferior. El lugar cobró entonces un aspecto más acorde con lo que se deseaba, muy semejante al actual.
La elevación del sector inferior, trajo como consecuencia un fuerte desnivel entre la plaza, la entrada del muelle y el castillo. La solución fue levantar un muro de contención rematado por una verja de hierro, que cerraba a modo de terraza la salida en dirección a la costa. Por el costado sur, se dejó una calle con el nivel de la antigua rasante, para permitir el tráfico de vehículos.

Ferran y Goutiere: Narciso de Ametger. 
Litografía. Siglo XIX
Como todo trabajo humano, parece que hubo unos cuantos elementos susceptibles de mejora, hasta el punto que se formó una sociedad de vecinos para acondicionar la plaza y sus calles adyacentes.
En 1889 el arquitecto municipal, don Antonio Pintor, llevó a cabo un nuevo proyecto con modificaciones. Una vez más, fue la falta de presupuesto lo que impidió que se materializara. Por ello, el municipio solamente realizó algunos trabajos de desmonte para terminar de regularizar la rasante. Quizá lo más notorio, fue la apertura de una escalinata en el muro de contención realizado por Oráa, que ponía en comunicación la parte baja de la plaza y la rambla de Ravenet [15].

Llegados a este punto debemos mencionar los dos monumentos que la embellecen. Se deben a la donación de un hijo de esta capital: don Bartolomé Antonio Méndez Montañés. Comerciante y naviero enriquecido en la Carrera de Indias, ostentó los cargos de capitán del regimiento de Forasteros, síndico personero de Santa Cruz y castellano perpetuo del castillo de San Pedro, en Candelaria.
Queriendo dar muestras de su fervor religioso, a la vez que obsequiar a sus convecinos con un lugar de recreo más elegante, donó en 1759 una cruz, símbolo del nombre de esta ciudad. Enclavada en la parte alta del recinto, fue esculpida en mármol blanco, en la ciudad de Málaga, por Salvador Alcaraz y Valdés. En una de las caras de su basamento, lleva una leyenda que hace alusión al donante [16].

El otro monumento que sufragó este señor es el llamado Triunfo de Nuestra Señora de Candelaria, dedicado a la Patrona de Canarias. Representa a cuatro régulos o menceyes guanches: los de Güímar, Abona, Icod y Daute. Según la tradición, cuando Castilla se anexionó la isla en 1496, llevaron en procesión la estatua de Nuestra Señora—tras ser bendecida— desde la cueva de Chinguaro en Güímar, hasta la de Achbinico en Candelaria [17].
Joaquín González Espinosa:  
Triunfo de la Candelaria. Ca. 1920
Fechado en 1768, fue esculpido en mármol de excelente calidad en la ciudad de Génova, por el célebre artista Pasquale Bocciardo. Su coste, según se dice, ascendió a la fabulosa suma de treinta mil duros. Se sitúa en el otro extremo de la plaza, alineado con la Cruz. Poggi Borsotto lo describe de la siguiente manera: 
Sobre un basamento cuadrado, descansa un sustentáculo de forma octogonal y de un precioso y delicado gusto, que recibe una pirámide que corona la Virgen. En el sustentáculo hay cuatro estatuas de tamaño natural que representan a los guanches, antiguos habitantes de esta isla; y en el basamento cuatro alegorías o genios que simbolizan las estaciones […] En cada cara hay una inscripción [18].
Tras la reforma de 1860, este conjunto perdió parte de su esbeltez al quedar sus gradas algo soterradas, a consecuencia de haberse rellenado la zona. Hubo que esperar a la siguiente remodelación, casi treinta años después, para que le fuese devuelta su altura correcta.
Esta bella obra de arte no ha escapado al vandalismo de algunos desalmados. El primero de los ataques sucedió el 26 de marzo de 1825. Dos oficiales de la fragata de guerra inglesa Boadicea, la emprendieron a sablazos con dos de las esculturas de las estaciones, que aún exhiben las huellas de esta visita. Fueron multados por el alcalde con cincuenta duros.
Diez años después, otros compatriotas suyos de idéntica profesión, repitieron la hazaña no sólo con las mismas piezas que los anteriores, sino que lograron mutilarles las narices a varios de los guanches [19]. Con todo esto, interpretamos que los británicos, habiendo fracasado en sus tres intentos de apoderarse de Tenerife, pretendieron de forma momentánea conquistar esta obra de arte, posiblemente bajo la influencia de Baco.

La plaza cuenta además con una serie de bancos situados en su perímetro. Los primeros, a los que se denominó canapés, fueron colocados en 1864. Ejecutados en cantería del país, carecían de respaldos y parece que no agradaron a los vecinos.
Rafael Belza: Felipe Poggi y Borsotto. 
Fotografía. Siglo XIX

 Más tarde fueron sustituidos por otros fabricados en hierro y madera. Mientras camino por la plaza en dirección al hotel, observo gran animación de transeúntes, unos paseando, otros sentados en los bancos y algunos en sillas plegables que para estos menesteres se alquilan a un precio asequible.

Varias noches a la semana se celebran conciertos, amenizados por bandas de música. La militar, toca en invierno los martes de ocho a diez de la noche; mientras que la municipal lo hace los jueves y domingos en un horario similar, que varía durante el verano [20].

No se equivocaba Poggi al definirla como uno de los paseos favoritos de la ciudad y se halla siempre concurrida, a causa de hallarse abrigada de las brisas del mar por el histórico castillo de San Cristóbal. Esto hace que en ella se disfrute de agradable temperatura sin las molestias que un viento fresco proporciona [21].

Del alumbrado público empezamos a tener las primeras noticias en 1834, cuando se instalaron aquí diez faroles alimentados con aceite, con un resultado práctico de poca utilidad. 
Plaza de la Constitución. Fotografía anónima. Siglo XX
A finales de 1862, se hizo en esta plaza un ensayo de farolas alimentadas con belmontina, un tipo de parafina extraída del alquitrán. En vista de los buenos resultados, pocos meses después se encargaron a París faroles y columnas de hierro en número suficiente para iluminar el lugar de manera adecuada.
Al mismo tiempo, se estaba barajando la posibilidad del alumbrado por gas, haciéndose varios estudios y sondeos en ese sentido. En diciembre de 1886, se llegó a firmar por parte del Ayuntamiento un contrato con don Enrique Wolfson, que constituyó una sociedad anónima llamada The Tenerife Gas and Coke Company. Tras una serie de protestas por parte de algunos vecinos y demoras de tipo burocrático, dos años después contaba Santa Cruz con farolas alimentadas por este combustible. Duraron menos que las de belmontina, porque el 7 de noviembre de 1897 fueron desplazadas, de forma definitiva, por su rival: la electricidad [22].

Los edificios que se levantan alrededor de esta plaza son señoriales y de buena planta, con dos y tres alturas en su caso. Algunos han sido edificados en el siglo XVIII, mientras que otros se levantaron durante la pasada centuria. Aún así, forman un conjunto armónico y grato a la vista.
Los comercios que albergan, son de la más variada índole: cafés, tabaquerías, barberías, joyerías y relojerías, bazares… Todos instalados de manera lujosa, que trasluce el progreso y riqueza de esta capital, donde el cliente encuentra satisfecha su demanda en la práctica totalidad de sus visitas.
Como enumerarlos a todos sería muy extenso y hastiaría al lector, nos comprometemos a dar cumplida cuenta de todos ellos en sucesivos capítulos.
No obstante, no podemos pasar por alto otros establecimientos que tienen su sede en esta parte de la ciudad. Por un lado, dos sociedades recreativas: el Casino Principal de Santa Cruz, instalado en un amplio edificio, frente al cual me hallo en este instante; y el Club Inglés, situado unos metros más arriba. Por otro, dos hoteles: El de Panasco, ubicado en el piso alto de la casa marcada con el número seis —que cierra la plaza por su parte alta—; y el Victoria, en la número siete, haciendo esquina con la calle del Doctor Comenge o de San Francisco.
Me informa el muchacho que transporta mis baúles, que el hotel Panasco ha sido trasladado este mismo año a la casa citada. Anteriormente se hallaba en la número uno, haciendo esquina con la calle de la Caleta [23]. Este último inmueble, fue adquirido por una emprendedora dama, doña Concepción Pérez Yanes. Lo está sometiendo a una reestructuración, y tiene el propósito de abrirlo al público en breve, con el nuevo nombre de hotel Orotava [24].
Al preguntarle a mi acompañante si sabía dónde vivía el señor don Juan Bethencourt, me respondió afirmativamente. Habita con su familia, justamente, en la casa contigua al nuevo hotel.

Contemplamos ahora la fábrica que tal vez revista mayor importancia: la que alberga el Gobierno Civil, mi futuro destino profesional. Realizada en el siglo XVIII, su fachada se encuentra revestida de piedra volcánica negra, buena rejería en sus balcones y ventanas, coronándose el conjunto con un reloj que marca el cotidiano vivir de los vecinos. A través de su zaguán, vislumbro un patio amplio y hermoso, al estilo de los tradicionales del país, como más tarde he tenido ocasión de comprobar.
Hotel Victoria. Fotografía anónima. Siglo XX
El edificio adyacente es el hotel Victoria, el lugar donde al fin podré dar reposo a mis cansados huesos. Se trata de una construcción de tres alturas, con entrada por la plaza, que hace esquina a la calle de San Francisco y vuelta a la de San José. Su edificación data de la primera mitad del XVIII, dirigida por el maestro de obras Juan Alonso García de Ledesma, por mandato del coronel don José Luis de Miranda.
En 1874 su nuevo propietario, don Tomás Ascanio y Aponte, encargó al ayudante de Obras Públicas, don Menandro de Cámara y Cruz, la reforma de la fachada. Diseñada siguiendo el estilo clasicista romántico que imperaba entonces, se finalizó al año siguiente. Las cornisas y huecos se realizaron en cantería, mientras que el resto de la fachada se hizo de argamasa simulando ladrillos. Parece ser que durante su construcción surgieron ciertos inconvenientes administrativos, finalmente solventados, debido a que el proyecto de Cámara contemplaba aumentar la altura de la planta del entresuelo.
Hacia 1882, don Benigno Ramos Hernández instaló aquí su establecimiento hotelero dotado con restaurante y cantina, al que añadió además sendos comercios de ultramarinos y confitería en los locales del piso bajo. A finales de 1898 sobrevino la quiebra económica de los negocios este señor, y en los primeros meses del siguiente año se trasladó aquí el Victoria, que ya venía prestando sus servicios de hospedaje —desde al menos 1896— en el número nueve de la calle de la Marina. 
Triunfo de la Candelaria y Casino principal. 
Fotografía anónima. Finales del siglo XIX
Hace doce años, don Enrique Ascanio Estévez —hijo de don Tomás— solicitó al arquitecto don Manuel de Cámara —hermano de don Menandro—, la construcción de un hermoso torreón en la esquina de la calle de San José, lo que sin duda ha sido un acierto que ha embellecido de forma notable esta propiedad [25].

Además del establecimiento hotelero, cuenta con dos importantes almacenes en la planta baja.
Junto al Gobierno Civil, el bazar propiedad de los hindúes Manuel Dialdas y su hermano Juan, que llevan en esta ciudad una decena de años. En él podemos encontrar mantones de manila, bronces orientales, piezas de porcelana china y cerámica japonesa de Satzuma, cajitas talladas en madera de sándalo, objetos de laca y un sinfín de chinoiseries que tan de moda están en estos últimos tiempos.
En el extremo opuesto y haciendo esquina, un negocio similar al anterior, denominado Alexandre & Co., pero a diferencia del anterior, éste se centra en la venta de relojería y joyas, amén de otros artículos de índole diversa.

Atravesando el amplio zaguán con zócalo de azulejos, desemboco en un amplio patio central, decorado con plantas y muebles de mimbre. Me dirijo a la recepción, donde tras comprobar mi reserva, dan las órdenes oportunas a los botones para que suban mi equipaje a la habitación en la que voy a alojarme.
Miguel, que así se llama el muchacho que ha transportado mis pertenencias en su carrito, va a prestarme un último servicio. Después de haber pedido recado de escribir en el hotel, redacto una nota para don Juan Bethencourt solicitándole ser recibido. Adjunto la carta de presentación que me escribió el señor conde de Leyva, y le entrego el sobre al muchacho, para que lo alcance durante el camino de regreso al muelle a casa del ilustre médico. Por ese motivo, le premio con una cantidad extra a la acordada por el transporte, como pago por tan útil cometido.
Hecho esto, me retiro a mi habitación a tomar un buen baño y un merecido descanso.
Plaza de la Constitución. Fotografía anónima. Siglo XIX


NOTAS                                                                 

[1] POGGI Y BORSOTTO, Felipe Miguel: Guía histórica [sic]-descriptiva de Santa Cruz de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife, Imprenta Isleña, 1881.
[2] BAILLON, Austin:Misters: británicos en Tenerife. Santa Cruz de Tenerife, Ed. Idea, 1995.
[3] GUIMERÁ RAVINA, Agustín: La Casa Hamilton. Una empresa británica en Canarias.1837-1987. Santa Cruz de Tenerife, litografía Romero, 1989.
[4] Vendida en 1921 a su compatriota Fred Olsen [N. del a.].
[5] BRANLE, Georges: Guía comercial de Santa Cruz de Tenerife. Imprenta de A.J. Benítez, 1913
[6] La Banca Dehesa terminó siendo absorbida por el Banco Hispano-Americano [N. del a.].
[7] Hacia 1925 se trasladan a la calle San Vicente Ferrer nº1, esquina a La Marina [N. del a.].
[8] DÍAZ LORENZO, Juan Carlos: De los correíllos al “fast ferry”. Santa Cruz de Tenerife, ed. Puertos de Tenerife, 2004
[9] En la década de 1870 fue modificada su fachada dentro del estilo clasicista romántico que imperaba por entonces [N. del a.].
[10] CIORANESCU, Alejandro: Historia de Santa Cruz de Tenerife. Servicio de publicaciones de la Caja General de Ahorros de Santa Cruz de Tenerife, 1978.
[11] ARENCIBIA DE TORRES, Juan J.: Calles y plazas de Santa Cruz de Tenerife. Su historia y sus nombres. Santa Cruz de Tenerife, Gráficas Tenerife, 1996.
Entre 1931 y 1936, pasó a llamarse plaza de la República. El 5 de octubre de ese año, el Ayuntamiento decide cambiarlo por el de plaza de la Candelaria, que es el que actualmente ostenta [N. del a.].
[12] CIORANESCU, Alejandro: Op. cit.
[13] COLA BENÍTEZ, Luis: Sed. La odisea del Agua en Santa Cruz de Tenerife. Ayto. de Santa Cruz de Tenerife, 2010.
[14] COLA BENÍTEZ, Luis: Itinerario histórico de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. Ayto. de Santa Cruz de Tenerife, 2013.
Tras ser devuelta al Ayuntamiento por los herederos del señor Benítez, la pila fue colocada de nuevo en la plaza, durante la reforma de 1986 ubicándose en su parte alta [N. del a.].
[15] CIORANESCU, Alejandro: Op.cit.
Las reformas más significativas de la plaza hasta hoy fueron: la que tuvo lugar en 1930-31 y años siguientes, que devolvió la primitiva rasante inclinada y permitió el tráfico por todo su perímetro. La otra gran remodelación tuvo lugar en 1986, que suprimió el tráfico y añadió un nuevo pavimento al mismo nivel el todo su espacio [N. del a.].
[16] COLA BENÍTEZ, Luis: Op. cit.
Con la reforma que tuvo lugar a comienzos de los años 30 del pasado siglo, la cruz fue trasladada a la plaza de San Telmo. Allí permaneció hasta la década de 1960, al desaparecer este lugar con la apertura de la avenida de Bravo Murillo. Desde entonces, se halla colocada en el jardín de la plaza de la Iglesia [N. del a.].
[17] ARRIBAS SÁNCHEZ, Cipriano de: A través de las islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife. Ed. A. Delgado Yumar, s/f. Primera edición.
[18] POGGI Y BORSOTTO, Felipe Miguel: Op. cit.
[19] Otro atentado tuvo lugar en 1919 cuando unos marineros de un petrolero inglés vertieron pintura negra en su base. El último acto vandálico de importancia que sufrió el Triunfo, tuvo lugar la madrugada del 4 de junio de 1967, por parte de dos marineros ingleses del buque Stuart Prince. Esta vez, lograron llegar a la cima del monumento, rompiendo la corona de la Virgen, la cabeza del Niño y una nariz de los guanches [N. del a.].
[20] BRANLE, Georges: Op. cit.
[21] POGGI Y BORSOTTO, Felipe Miguel: Op. cit.
[22] CIORANESCU, Alejandro: Op. cit.
[23] Hoy denominada General Gutiérrez [N. del a.].
[24] Fue inaugurado el domingo 8 de febrero de 1914.  Ver El Progreso. Santa Cruz de Tenerife, 5 de febrero de 1914
[25] DARIAS PRÍNCIPE, Alberto: Ciudad, arquitectura y memoria histórica.

lunes, 21 de abril de 2014

Don José Hilario Martinón Hernández


El doctor don José Hilario Martinón Hernández

 [1775-1843] 

Luis de la Cruz y Ríos: José Hilario Martinón. 
Museo de Historia de Tenerife. Casa de Lercaro. La Laguna

Bachiller en Derecho Civil por la Universidad de Sevilla recibió el grado en 28 de mayo de 1804. Licenciado y doctor en Sagrados Cánones por la de Osuna en 11 y 21 de mayo de 1806, respectivamente. Catedrático de Sagrados Cánones de la Literaria de San Fernando de La Laguna. Recibido como letrado por la Real Audiencia de Canarias el 20 de octubre de 1812. Prebendado de la Santa Iglesia Catedral de San Cristóbal de La Laguna. Provisor, vicario y gobernador eclesiástico interino de la diócesis nivariense, sede vacante, desde el 10 de octubre de 1820, cargo que le fue confirmado en propiedad el 23 de marzo de 1822 y que ejerció hasta el 25 de septiembre de 1824, fecha en que fue destituido por haber publicado la Carta Pastoral de 16 de septiembre de 1822 en la que reconocía la Constitución. Juez de la Santa Cruzada. Examinador sinodal. Socio Honorario de la Academia de las Bellas Letras de Sevilla.
Incorporado al Ilustre Colegio de Abogados de la Real Audiencia de Canarias, presentó la prescriptiva información de limpieza de sangre el 27 de octubre de 1812 [1]. Fueron nombrados comisionados para esta información los licenciados don Francisco Penichet Carreras y don Marcial Delgado. Entre los testigos que depusieron en el interrogotario figura don Graciliano Afonso, canónigo doctoral, quien preguntado, respondió:

A la primera, que conoce al doctor don José Hilario Martinón y sus padres, naturales y vecinos del puerto de Santa Cruz.
A la segunda, que por oidas sabe que sus abuelos por parte de padre y madre lo fueron los mismos que resultan del árbol y del interrogotario.
A la tercera, que por conocimiento del pretendiente, sus padres, y por oídas de sus abuelos, sabe que todos son limpios de mala raza, sin nota de clase alguna, y asegura que es una familia blanca y decente de aquella Isla, pues de lo contrario no se le ocultaría al declarante, ni el pretendiente obtenido el alto ministerio del sacerdocio.
A la cuarta, que por la misma razón sabe que ni el pretendiente, ni sus padres ni abuelos, hayan tenido ni ejercido ahora ni en tiempo alguno, oficio ni ministerio vil y mecánico y menos decente que pueda oponerse a la profesión de abogado y responde.
A la quinta, que todo cuanto deja dicho lo sabe y le consta por público y notorio, pública voz y fama, común opinión en todos sin cosa en contrario, así lo dijo y firmó. Licenciado don Graciliano Afonso. Licenciado Carreras. Licenciado Delgado.

Nació en Santa Cruz de Tenerife el día 11 y fue bautizado el 13 de enero de 1775 inmediato en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción. Fueron sus padres, don José Francisco Martinón, nacido el día 23 y bautizado el 24 de diciembre de 1746 en la referida parroquia, y doña Paula Hernández Delgado,también  natural del citado puerto y bautizada en su iglesia matriz el 18 de junio de 1756 [2]. Abuelos paternos, don Honorato Pedro Martinón [3] y doña Teresa Bayle [4], originarios, el primero de Le Cassette, y la segunda de la villa de Le Monestier de Briançon, ambas localidades a una distancia entre sí de un cuarto de legua y situadas en el antiguo Delfinado, en la actualidad pertenecientes al departamento de Hautes-Alpes, Francia, donde casaron el día 4 de julio de 1736. Maternos, Hilario Bernardo Hernández Machado, condestable del castillo de San Cristóbal, y su mujer, María Antonia Delgado Perdomo, naturales de La Laguna.
En un artículo inserto en El Ramillete de Canarias, en1866 [5], publicado sin firma, pero al parecer debido a la pluma de don José Desirée Dugour, o a la de su hijo don Alfonso Dugour y Ruz, fueron recogidos los siguientes datos biográficos del doctor Martinón:

Este célebre canonista nació en esta ciudad el 11 de enero de 1775. Dedicándole sus padres a la carrera eclesiástica, estudió desde luego latinidad y después pasó a Sevilla en donde se distinguió en exámenes. Ingresó después en la Universidad de Osuna en donde adquirió fama no solo por sus vastos conocimientos teológicos, sino también en jurisprudencia eclesiástica y civil.
Emblema de la Universidad de San Fernando de Canarias.

Cuando se estableció la Universidad de San Fernando de La Laguna, fue nombrado catedrático para la enseñanza de Sagrados Cánones.
Hallándose en Sevilla tuvo tratos de amistad con nuestro célebre compatriota Ruiz Padrón que después fue nombrado Diputado a Cortes, y aún tomó parte con este en ciertas disensiones relativas a la abolición del Tribunal de la Inquisición, que se publicaron bajo un nombre supuesto.
En 1822, era Provisor, Vicario general Capitular y Gobernador del Obispado de Tenerife, sede vacante.
Al proclamarse por Decreto de las Cortes del Reino de 13 de julio de dicho año, la necesidad de que el Clero apoyara la Constitución de la Monarquía, el señor Martinón publicó una carta pastoral en 16 de septiembre de 1822, que fue impresa en la Ciudad de La Laguna por don Juan Díaz Machado, en la que exhorta vigorosamente a los fieles a sostener este sistema político. Reseña de una manera clara y concisa, con gran acopio de razones, todos los artículos de aquella Ley fundamental que se rozaban con la religión, como son: la supresión del Tribunal del Santo Oficio, la extinción de los monasterios, etc.
En 1823 publicó otra pastoral relativa al restablecimiento del Gobierno monárquico y en 1824 dio otra al público para que se guardara obediencia al Rey Fernando vii.
El señor Martinón aunque de ideas avanzadas, no podía echar en olvido el cumplimiento de su deber, como cabeza del Clero en esta Diócesis, y ante todo, siendo hombre de orden, tenía por principio que la obediencia a los poderes constituidos era el primer deber; por eso obraba en sus escritos según las circunstancias políticas lo requerían.
El señor Martinón, una de las glorias literarias y eclesiásticas de nuestra extinguida Universidad, se mostró siempre digno del augusto carácter y del alto puesto que regentara, durante una época difícil y fecunda en graves compromisos. Entregado siempre al estudio y a la defensa de sus clientes como abogado, no aspiró nunca después a otra jerarquía a la que pudo haberle llamado su aptitud y el desempeño de sus funciones eclesiásticas. Al contrario, pasó el resto de su vida conforme con su modesta dignidad capitular.
En fin, después de una gloriosa carrera en la Enseñanza, en la Cátedra de San Pedro y en el foro, falleció en Santa Cruz de Tenerife, su ciudad natal, el 27 de enero de 1843 a los sesenta y ocho años de edad, rodeado de su familia y de numerosos amigos.

Había testado don José Hilario en La Laguna, ante el escribano Domingo Quintero y Párraga, en 1833 [6].

Relación de los Títulos, Méritos, Grados y Ejercicios Literarios 
del Doctor Don José Hilario Martinón y Hernández. 
Presbítero, Catedrático de Sagrados Cánones en la Universidad de Can Cristóbal de La Laguna en la Isla de Tenerife.



Por testimoniales expedidas en siete de mayo del año de mil ochocientos veinte y seis por el reverendo obispo de Tenerife, consta que el expresado don José Hilario Martinón es hijo legítimo, natural de la villa de Santa Cruz de Santiago, en aquella diócesis, de edad de cincuenta y un años.
Que es presbítero desde el año de mil setecientos noventa y nueve, con licencias absolutas de celebrar, predicar y confesar a personas de ambos sexos, absolver de los casos reservados a aquel señor Obispo, habilitar incestuosos al uso del matrimonio, aplicar la indulgencia plenaria a los moribundos, y bendecir toda especie de paramentos destinados al altar y sacrificio.
Que fue colegial pensionista en el seminario conciliar del obispado de Canarias, antes de su desmembración, en el que cumplió todas las obligaciones que se le encargaron, y manifestó buena conducta, así moral como literaria, en cuyo seminario estudió cuatro cursos de Filosofía, a saber, Lógica, Metafísica, Física y Ética, cumpliendo con todas las obligaciones de un buen estudiante.
Que cursó en dicho seminario cuatro años completos de Teología: en el primero Lugares teológicos, en el segundo Dogma, y en tercero y cuarto Teología Moral. Asistió a las clases con particular celo y aprovechamiento, y en los actos de conclusiones defendió varias, y replicó en otras, en observancia del método y constituciones aprobadas por S. M. para el citado seminario, y sacó la nota de sobresaliente en los exámenes generales que sufrió al fin de cada curso por los examinadores nombrados por el Ilustrísimo señor Obispo diocesano, cuyos estudios incorporó en la Real Universidad de Sevilla.
Que hizo oposición a una de las cátedras del referido seminario, para la que leyó por espacio de media hora con puntos de veinte y cuatro sobre la materia y conclusión que le dió la suerte, y fue «Que los príncipes seculares y la Iglesia pueden imponer penas a sus súbditos, que obligue en el fuero de la conciencia» respondió a los argumentos que le pusieron sus coopositores, de media hora cada uno, a quienes replicó en iguales términos, cuiyos ejercicios le fueron aprobados por el señor Obispo diocesano, con los consultores nombrados del Cabildo de aquella Iglesia.
Que en quince de octubre de de mil ochocientos se le confirió el empleo de Vice-Rector del mencionado seminario, que desempeñó por espacio de once meses; y atendiendo a sus buenas prendas, suficiencia y virtud, se le confirió por el mismo señor obispo el servicio del medio beneficio curado de la ayuda de parroquia de nuestra Señora del Pilar de dicha villa de Santa Cruz, con comisión para establecer, ordenar y poner en uso la citada ayuda de parroquia, segun el plan aprobado por S. M.
Que en la universidad de Sevilla estudió el Derecho Civil Romano, y en veinte y ocho de mayo de mil ochocientos cuatro recibió el grado de bachiller en esta facultad a claustro pleno, cuyos ejercicios le fueron aprobados por el mismo claustro nemine discrepante.
Que siguió su carrera, y estudió el Derecho Canónico, Derecho Real, Recopilación y Partidas, según el plan de estudios aprobado por S. M.
Que en mayo de mil ochocientos seis fue recibido por uno de los individuos de la Real Academia de bellas letras de la ciudad de Sevilla, en clase de honorario, habiendo practicado antes los ejercicios de estatuto.
Que en once y veinte y uno de mayo de mil ochocientos seis, recibió en la universidad de Osuna los grados de bachiller, licenciado y doctor en Sagrados Cánones, habiendo ejercitado todos los ejercicios literarios, que le fueron aprobados por el claustro nemine discrepante.
Que en catorce de mayo de mil ochocientos siete fue nombrado examinador sinodal del obispado de Canarias.
Que en mayo de mil ochocientos nueve se le confirió por el Ilustrísimo señor obispo diocesano el título de vicario, juez eclesiástico de ausencias y enfermedades de la referida villa de Santa Cruz y su partido, y en agosto del mismo año obtuvo dicho empleo en propiedad por muerte del doctor don Antonio Isidro Toledo, siendo de advertir que los vicarios en las islas Canarias conocen, sentencian y ejecutan sus sentencias en todo lo civil, menos en las cuatro causas mayores, en las que solo tienen lo preventivo, destino que desempeñó con celo, exactitud y pureza hasta octubre de mil ochocientos veinte, que fue trasladado de Santa Cruz a aquella ciudad de San Cristóbal para desempeñar la cátedra de Cánones y el provisorato.
Que habiéndose presentado a examen en el colegio de abogados, y posteriormente en el Real acuerdo de la Audiencia de aquellas islas, fueron aprobados sus actos nemine discrepante, y en su consecuencia en mil ochocientos doce fue recibido por abogado de la citada Audiencia, e incorporado en el colegio el mismo año.
Que en enero de mil ochocientos diez y siete incorporó sus grados en Derecho civil y Canónico en la Real Universidad de San Fernando de aquella ciudad de San Cristóbal de La Laguna:
Que en la epidemia que afligió a la villa de Santas Cruz el año de mil ochocientos diez socorrió a los hospitales y enfermos necesitados con un donativo de cuatrocientos pesos corrientes, haciendo además frecuentes desembolsos en favor de estos desgraciados.
Que en agosto de mil ochocientos diez y ocho fue comisionado por el Cabildo catedral de aquella diócesis en sede vacante, y antes de la desmembración del obispado, para que en su represcntacion asistiera a la junta del repartimiento y estadística de la villa y partido de Santa Cruz, según lo prevenido en el número cuarto de la Real Orden de treinta de noviembre de mil ochocientos diez y siete, y posteriormente por oficio de diez y ocho de enero de mil ochocientos diez y nueve, se le comisionó igualmente por el antedicho Cabildo para que en su representación asistiera a la junta de provincia para la exacción de la contribución general establecida en dicha villa de Santa Cruz, cuyas graves comisiones aceptó y desempeñó con exactitud en obsequio de S. M.
Que en seis de junio de mil ochocientos veinte le nombró el Cabildo catedral de aquella nueva diócesis de Tenerife abogado consultor y director de los negocios que se ofreciesen, especialmente en los primeros años de la instalación de aquella iglesia catedral; encargos que ha desempeñado a satisfacción, triunfando siempre de los ataques que en diversas épocas se han promovido contra aquel nuevo establecimiento, habiendo cedido la renta de dos años, que importó ochocientos pesos corrientes, a favor de los gastos hechos para la instalación de la nueva catedral, por lo cual el Cabildo le dió las debidas gracias.
Que persuadidos los doctores don Pedro José Bencomo, deán de aquella Iglesia , y el marqués de Villa-nueva del Prado, especiales comisionados por S. M. para el establecimiento de la universidad de San Fernando de aquella ciudad, de su literatura y conducta moral, religiosa y política, y teniendo además en consideración su amor y fidelidad al Rey nuestro Señor, le nombraron catedrático de Derecho Canónico; y con este motivo pasó desde Santa Cruz de Santiago, su patria, a aquella ciudad de la Laguna, y en su consecuencia ha enseñado en dicha universidad tres cursos completos, uno de las Instituciones del Derecho Canónico, otro de la historia del Derecho Real, y el tercero de Derecho Real de España, regentando además la cátedra de Cánones desde diez y ocho de septiembre de mil ochocientos veinte y tres, hasta cuatro de diciembre del mismo año, en que se dió punto a las enseñanzas de orden de dichos señores comisionados, resultando que en las enseñanzas referidas en las diversas épocas que las ha desempeñado, ha correspondido a la confianza que de él se ha hecho, haciéndose digno del aprecio de sus compañeros, de sus discípulos, y del público, por su notoria literatura, prudencia y trato dulce.
Que habiéndose abierto de nuevo la dicha Universidad de orden de S, M. el mes de octubre de mil ochocientos veinte y cinco, fue llamado el doctor Martinón por el actual prelado, y los expresados comisionados regios, atendidas las circunstancias que le recomiendan, para desempeñar la cátedra de sagrados Cánones, como efectivamente la desempeña en la actualidad con la mayor aceptación.
Que asimismo fue nombrado por el claustro de la expresada universidad de San Fernando individuo del tribunal de censura y corrección, con sujeción al artículo doscientos setenta y siete del título treinta del plan de estudios de catorce de octubre de mil ochocientos veinte y cuatro, como también indiciduo de su Junta de Hacienda.
Que por las mismas consideraciones fue nombrado provisor, vicario general, y gobernador interino de aquella diócesis de Tenerife en la última sede vacante, cuyo nombramiento obtuvo en diez de octubre de mil ochocientos veinte del doctor don Pedro José Bencomo, que lo era en propiedad, con acuerdo y aprobación del Cabildo Catedral, y habiendo renunciado dicho empleo el expresado deán don Pedro José Bencomo, a causa de sus notorias enfermedades, le eligieron y nombraron en propiedad en veinte y tres de marzo de mil ochocientos veinte y dos en la forma canónica, sin más reservas que las que son de ley, cuyo empleo desempeñó desde diez de octubre de mil ochocientos veinte, hasta veinte y cinco de septiembre de de mil ochocientos veinte y cuatro con exactitud, acierto, desinterés y rectitud, amado de los eclesiásticos sus súbditos, y demás fieles, a quienes inspiró siempre del modo que le fue posible, según las circunstancias, la paz y la caridad, manteniendo y fomentando el amor y fidelidad al Rey nuestro Señor, y contribuyendo de una manera eficaz al orden, y a evitar la anarquía en aquella diócesis.
Que no consta que en ninguna de las épocas del gobierno revolucionario perteneciese, ni asistiese a las juntas llamadas patrióticas, antes por el contrario las miró con desagrado.
Que nunca ha pertenecido a sociedades secretas, como lo prueba el hecho notorio de no haberlo jamás marcado la opinión pública como individuo de semejantes asociaciones, contra las cuales ha declamado, y especialmente en la enseñanza de su cátedra, según se halla informado aquel Prelado.
Que en ningún tiempo ha contribuído directa ni indirectamennte a las rebeliones ni trastornos ocurridos en la Península y en aquellas islas.
Que en el espacio de cuatro años, nueve meses, y quince días que desempeñó el gobierno de la diócesis, no persiguió a ninguna persona del clero secular ni regular, ni les privó de sus beneficios, curatos o prelacías, ni de las licencias de decir misa, predicar y confesar, por sus opiniones políticas; aún cuando sabía que no eran afectos a la llamada constitución; y protegió decididamente pública y secretamente a muchos eclesiásticos de aquella diócesis perseguidos por las autoridades revolucionarias; y a otros que fueron de la Península los socorrió con dinero, les proporcionó comodidades, y les consolaba hasta en sus prisiones.
Que procuró que permaneciesen en los pueblos principales los conventos necesarios, tratando a aquellos individuos durante su gobierno con el mayor decoro, proporcionándoles los auxilios necesarios; y no otorgó la secularización de los regulares sin que precediese el breve del Excelentísimo Señor Nuncio de Su Santidad, y causa canónica probada, habiendo obtenido Real orden para que se ordenasen los coristas de los conventos existentes, con cuya providencia aumentó su número, y atendió a la subsistencia de aquellas casas religiosas.
Que elevó queja al gobierno contra el Jefe Político, y consiguió Real orden declarando que los religiosos que después de pedida la asignación de congrua desistieron de la secularización, correspondían al convento en que se hallaban asignados.
Que en virtud de sus representaciones obtuvo Real orden para que permaneciese la religión de San Francisco, reducida en aquella diócesis a solo nueve individuos, por la secularización y exclaustración de los demás, y a su solicitud fueron erigidas en ermitas nueve iglesias de conventos suprimidos, y cuatro más en parroquias auxiliares.
Que elevó tres recursos de queja a S. M. contra el Intendente y los encargados del crédito público, que se negaban a entregarle las alhajas de plata del culto inmediato, a excepcion de los cálices, y obtuvo hasta tres Reales órdenes, por las que consiguió las custodias, ciriales, navetas, porta-paces , cruces de manga, guión, incensarios, candeleros y varas de palio, todo de plata; lo cual se ha devuelto con los ornamentos a los conventos que pertenecían según se han ido restableciendo.
Que resulta comprobado en una causa que se formó con testigos calumniosos en el juzgado de primera instancia en la villa de La Orotava de Tenerife contra los que se tenían por desafectos al sistema constitucional, que al gobernador Martinón se le acusa de ser uno de los conjurados contra dicho sistema, y en su consecuencia se le obligó con amenzas a publicar una pastoral en diez y seis de septiembre de mil ochocientos veinte y dos, por haber sido del desagrado de las autoridades otra que había publicado y circulado en treinta de junio del año anterior; habiendo elevado queja don Andrés Mirabal y Calzadilla contra el doctor Martinón, gobernador del obispado, pidiendo se le imputase la responsabilidad porque discriminaba a los párrocos que no explicasen la llamada constitución, sobre lo cual recayó Real Orden.
Que con su prudencia evitó la anarquía y la guerra civil, y mantuvo en los corazones de los isleños el amor y fidelidad a la Real persona de S. M., y coadyuvó de una manerfa especial al restablecimiento del poder Real absoluto, así que se presentó allí el nuevo Comandante general el primero de noviembre de mil ochocientos veinte y tres. Esta feliz transformación se verificó sin el menor obstáculo, y no contribuyó poco a ello el expresado gobernador Martinón con su infujo en las juntas que convocó con este motivo en aquellos días el comadante general constitucional, dando además dicho gobernador Martinón órdenes públicas y secretas a sus subalternos para que se obedeciese lo que mandase S. M., y se evitase el desorden, dirigiendo al clero y fieles de la diócesis dos pastorales y una circular, que fueron recibidas por todos con el mayor aprecio, valiéndose de éllas el nuevo comandante general, quien las acompañó a las órdenes que expidió a las autoridades de los puebloos, mereciendo el elogio del mismo general, y la aprobación de su conducta por Real Orden de viente y cuatro de marzo de mil ochocientos veinte y cuatro.
Que habiendo sido privado del gobierno de la diócesis y provisorato en veinte y cinco de junio de mil ochocientos veinte y cuatro sin previa información de causa y sentencia jurídica, con motivo de la pastoral que circuló en mil ochocientos veinte y dos impelido por la fuerza en aquellas tristes circunstancias, hallándose todavía pendiente la causa que después se le empezó a formar, se ha sobreseido en obedecimiento de Real orden, a consulta de la Cámara, habiéndose terminado el asunto con todas las solemninades necesarias por aquel Prelado, expresándose no resultar que el interesado haya cometido el más ligero exceso: que no perjudiquen dichos procedimientos el curso de su distinguida carrera literaria y eclasiástica, y que puedan ser recompensados sus méritos e importantes servicios.
Finalmente consta que el expresado don José Hilario Martinón no ha sido jamás excolmugado, ni ligado con ninguna censura eclesiástica, castigado, apercibido, ni amonestado por ninguna autoridad civil, militar, ni eclesiástica; antes resulta de tres comendaticias que se le han concedido en sede plena desde mil ochocientos uno, y en sede vacante desde mil ocjocientos diez y nueve hasta mil ochocientos veinte y cuatro, y últimamente el actual reverendo Obispo, su notoia literatura, su cristiana conducta, el buen cumplimiento de sus deberes en los varios ministerios eclesiásticos, civiles y literarios que se le han encomendado, su amor al Rey nuestro Señor, y servicios en su obsequio; por lo que dicho Prelado le considera merecedor a obtener de la piedad de S. M. cualquiera dignidades, canonjías, prebendas u oficios eclesiásticos.
Es copia de la original que queda en la secretaría de la Cámara y Real Patronato de Castilla, de que certifico como secretario de S. M. con ejercicio de decretos y oficial mayor de élla. Madrid, diez y seis de junio de mil ochocientos veinte y siete.

[1]Archivo del Ilustre Colegio de Abogados de Las Palmas de Gran Canaria. Expedientes personales.
[2] Casados en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife, el 17 de marzo de 1774. Libro vi, f. 240. Don Juan Francisco Martinón ejerció como síndico personero del Ayuntamiento de Santa Cruz en 1805. Entre las gestiones más destacadas llevadas a cabo durante su mandato se encuentra la proposición de un plan de reformas para el Hospital de los Desamparados de Santa Cruz. Véase Rodríguez y Díaz de Quitana, M.: Historia genealógica de la familia Martinón. Texto mecanografiado. Sin fecha. El Museo Canario.
Fueron hermanos de don José Hilario:
A] Don Vicente Martinón Hernández, n. en Santa Cruz en 1777. Comerciante. Alcalde de Aguas del pueblo de su naturaleza, designado en 1811, nueve años más tarde, siendo regidor del Ayuntamiento, se le nombró síndico personero general. Casó en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife, el 15 de junio de 1812, con doña María de los Dolores Plasson de la Combé y Arteaga, hija del marcader galo Mr. Claudio Plasson de la Combé, y de doñaAntonia Arteaga y Delgado, natural del citado puerto. Dejaron numerosa descendencia.

Armas de la familia Mandillo
B] Doña María del Rosario Martinón Hernández, n. en Santa Cruz el 22 de septiembre de 1780, fue bautizada en la parroquia matriz tres días más tarde. Casó en este templo, el 29 de junio de 1796, con don Francisco Mandillo y Vidal, teniente de fragata de la Armada Nacional y capitán de puerto del de Santa Cruz de Tenerife, hijo de don Esteban Mandillo y Bassano, comerciante oriundo de Voltri en la ribera de Génova, establecido en las Islas en 1744, y de su segunda esposa doña Ana María Vidal y Delgado. Fueron padres de una dilatada prole compuesta por catorce hijos.
C] Doña Teresa Martinón Hernández, n. en Santa Cruz el 27 de abril de 1787 y bautizada dos días después en la repetida parroquia, en la que casó, el 28 de diciembre de 1828, con don Valentin Baudet De-Boto, hijo del comerciante francés don Bartolomé Baudet Nicoline, y de doña Nargarita De Boto y Rivero. Con sucesión.
D] Doña María Candelaria Martinón Hernández, que vino al mundo donde sus hermanos el 15 de julio de 1788 y fue bautizada el mismo día en la parroquia matriz de la Concepción. Casó el 2 de abril de 1814, en la tantas veces citada iglesia parroquial con don Benito Baudet y De-Boto, hermano de su cuñado. También hubo descendencia de este matrimonio.
E] Don Domingo Martinón y Hernández, n. en Santa Cruz el 25 y bautizado el 27 de agsto de 1790. Se estableció en la isla de Lanzarote, donde contrajo matrimonio el 30 de junio de 1822, en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de Teguise, con doña Juana Cabrera de Armas, hija de don Jerónimo Cabrera Tejera y de doña Antonia de Armas Scorcio y Bethencourt, dando origen a la rama de esta familia radicada en dicha isla.
F] Don Mateo Martinón y Hernández, n. donde sus hermanos el 2 de septiembre de 1792. Como factor de la empresa comercial Martinón & Hermanos, se avecindó en Las Palmas de Gran Canaria y dio origen a otra rama de esta familia, con su mujer doña Isabel María Páez Rodríguez, con la que había contraído matrimonio en la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia del Puerto de La Orotava, en 1817.
[3] Honorato Pedro Martinón nació el 23 y fue b. el 24 de enero de 1711 en la parroquia de Le Monestier, hijo de Honorato Martín Martinón y de Catalina Jordán.
[4] Nació Francisca Teresa Bayle el 5 de mayo de 1718 y fue b. el mismo día en la citada parroquia. Fueron sus padres, José Bayle y María Guibert Parandier.
[5] El Ramillete de Canarias. Número 5. Santa Cruz de Tenerife, 5 de septiembre de 1866. 
[6] Al f. 105r y ss. Ordenó un primer codicilo en 1835 [f. 24 y ss.], y luego otros en 1836 [f. 123v y ss] y en 1842 [f. 194v y ss]. Para la biografía de don José Hilario Martinón véase también: Millares Carlo, A. y Hernández Suárez, M.: Biobibliografia de Escritores Canarios [Siglos xvi, xvii y xviii]. Cabildo Insular de Gran Canaria. Madrid,1987; Fernández de Béthencourt, F. et alt.: Nobiliario de Canarias. La Laguna de Tenerife, 1952; Poggi Borsotto, F. M.: Guía Histórico-descriptiva de Santa Cruz de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife, 1881; Cioranescu, A.: Historia de Santa Cruz de Tenerife. Caja General de Ahorros de Canaras. Santa Ceuz de Tenerife, 199 y Real Audiencia de Canarias. Libro de toma de razón de ministros subalternos y recibimientos e incorporaciones de letrados. Tomo i. Anexo 5. Número de inventario 58. Ahplp.