jueves, 20 de enero de 2011

Eduardo Westerdahl


Eduardo Westerdahl: el intérprete objetivo
por
Carlos Gaviño de Franchy


EW: Composición. Ca. 1930
      Hay en la actualidad -y los hubo en el pasado- fotógrafos capaces de captar la excepción, lo excepcional, algo frecuente en las vidas de todos, aunque no todos sepan presenciar y propiciar el desarrollo de los propios, importantes acontecimientos. La historia «de curso legal» y la otra, más insulsa por allegada, están llenas de malas fotografías y de peores fotógrafos. Los hay que se pasan la existencia con la cámara en el ojo y no logran una placa medianamente digna, como les ocurre a tantos poetas y escritores, a tantos pintores y músicos con sus textos, sus telas y sus partituras.
    En al arte/ciencia de escribir con luz, como en el resto de las actividades artísticas, existe un «algo» especial que responde al estado del espíritu -sin olvidar demasiado la funda orgánica- que predispone a la canalización del lenguaje universal del que todos somos parte y del que, también, procedemos.
    Se trata de lograr que la palabra nos atraviese. En el principio fue la palabra, dicen las Escrituras y lo repitieron insistentemente los alquimistas medievales europeos; la palabra inicial debe discurrir por los entresijos expeditos de nuestra microestructura universal como un torrente estremecedor. Hablamos del conocimiento. De ese conocimiento que movió la mano de De Chirico en las primeras etapas de su vida de pintor, la misma mano que reconoció, observando las formas dictadas, su incapacidad para seguir interpretándolas y produjo uno de los primeros casos de autofalsificación. Porque el arte es un palimpsesto del conocimiento.
    Este estado característico que entorna todo trabajo creacional, llámesele como se quiera, ha sido procurado a lo largo de las biografías de los artistas de las maneras más diversas. Desde sentarse a escribir con la bata de Balzac subastada y adquirida por Óscar Wilde, a blandir constantemente una pretendida canilla de Cristo como hacía Artaud. Naturalmente, ahora, nos parecen actitudes de un pasado encantador. El artista de hoy prescinde de estas originalidades. Pero se siguen utilizando procedimientos caseros de adecuación, a pesar de que una cierta frialdad modernizante ha acabado con el tipo de artista sistemáticamente conocido por sus extravagancias. Extravagancias, no lo olvidemos, que le valieron la consideración general de enfermo mental y, lo que es más importante, la inmunidad de que estos disfrutan.
    El artista es desde hace ya tiempo un individuo polifuncional (en oposición al que venía siendo: alguien que pintaba porque sólo sabía pintar, alguien que escribía por que sólo -decían- sabía escribir) y desarrolla multitud de actividades, la mayor parte de las cuales apuntan hacia un fin concreto: el arte. Así los escultores son pintores y ceramistas y los autores dramáticos, gastrónomos, poetas y tapiceros.
Anónimo: Eduardo Westerdahl. Ca. 1925


    La vida como una obra total de arte, siguiendo las enseñanzas de Pater y el ejemplo de Ford Madox Ford.    Valga esta divagación para dejar claro aquí que el ejercicio de la fotografía en Eduardo Westerdahl puede y debe ser considerado como un aspecto más de su rica personalidad artística, aún teniendo claro que en nuestra cultura hispánica está mal visto, cuando no parece increíble, que alguien pueda abarcar a un tiempo actividades diversas y conseguir en ellas una calidad cierta.
    En este caso y tratándose principalmente de retratos se aúnan la creación y los procesos analíticos de la crítica.
    Westerdahl cultivó también el trato de sus amigos y su consecuencia inmediata: la conversación; la poesía, la crítica de arte, la plástica -realizando collages, poemas visuales y diseño editorial-, desarrollando sobre todo su espléndida imagen de organizador, de mecenas sin medios de eventos culturales.


EW: Óscar Domínguez. 1935
    Nos interesa ahora el Westerdahl fotógrafo, desconocido por el público hasta la reciente muestra organizada en el Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias, de Santa Cruz de Tenerife, como una de las que formaron parte de las exposiciones con las que se ha pretendido rendirle homenaje.
    Hasta hace muy poco el Archivo Fotográfico Westerdahl, cuyos fondos están constituidos por un número no inferior a los ocho mil negativos, dormía un sueño injusto en el interior de una porción de cajas metálicas de cigarrillos ingleses o en otras, todavía olorosas, de puros habanos.
    Maud Westerdahl y quien esto escribe realizaron una primera labor de búsqueda y clasificación que ha dado como resultado la exposición citada. Con este motivo se colgaron 194 fotografías rescatadas técnicamente por Efraín Pintos y Alejandro Delgado a partir de los negativos auténticos y, en contados casos, recurriendo a otros nuevos tomados de positivos sobre papel. Actualmente se trabaja en la selección final de aquellos con los que se pretende formar un volumen que ha de dar a conocer, en esencia, la totalidad de los fondos existentes, reflejando en último extremo sesenta años de quehacer cultural canario.

EW: De izquierda a derecha: Tanja Tanvenius; Pilar Lojendio y Maud Westerdahl. Ca. 1955



     Los fondos del AFW pueden diferenciarse en varios grupos. En uno de ellos, el más importante por motivos obvios, estarían los retratos relizados por Westerdahl a pintores y escritores, poetas y críticos vinculados a sus empresas culturales, ilustrados con paisajes que van desde Las Cañadas del Teide hasta el café de La Coupole. En un segundo apartado caben aquellas fotografías en las que aparece Eduardo Westerdahl sólo o en compañía de otros, todas ellas tomadas con su cámara, una vieja Rolley Flex con la que fueron impresionados la totalidad de los negativos que se conservan, ya que nuestro fotógrafo nunca utilizó otra. Una vez inservible ésta y fracasados los intentos de adaptación a nuevas máquinas, dejó de hacer fotografías. Le siguen las fotos realizadas por prestigiosos artistas entre las que se encuentran varios retratos que Man Ray hizo a Maud Westerdahl y Vasili Kandinsky, y algunas de Jhon Mili, Izis, etc, tanto más interesantes cuanto que la mayoría son inéditas, y un sin número de instantáneas de exclusivo valor familiar. Esto en cuanto a retratos se refiere, sin olvidar aquellos, también domésticos, de sus antepasados, que tienen un innegable interés antropológico. Hay además fotografías de viajes, interiores de estudios y talleres, paisajes urbanos y monumentales, reproducciones de obras de arte, de exposiciones, etcétera; y por último un reducido grupo de naturalezas muertas realizadas combinando elementos en la mejor línea de adaptación de las «scenes» de la fotografía finisecular.
    Hemos considerado como realizadas por Westerdahl las fotografías obtenidas directamente por él y aquellas en que, ausente su dedo del disparador, tanto su presencia en los clichés como el uso de su objetivo y el anonimato necesario del ejecutante las convierten en fotografías especulares de Eduardo Westerdahl. También incluimos otras realizadas por personas ajenas al propio Westerdahl, pero que de alguna manera llenan un vacío de íntimos que, si bien no fue calculado por él, resulta imprescindible cubrir para alcanzar una visión más amplia de su presencia ya histórica. Son sin duda fotos imposibles, apócrifas, posteriores a la utilización de la Rolley Flex.
    El interés primordial de estas placas contempladas desde la carencia de literatura incitante se centra en dos acepciones de la palabra presentación.
    Los documentos que ahora mostramos tienen la particularidad de darnos a conocer a unos personajes desde la inmediatez del trato social. Así de llano y claro. Westerdahl siempre pensó que las gentes con intereses similares debían conocerse, en el convencimiento de que las relaciones generaban cultura humanizada, algo que iba más allá de la simple relación profesional o comercial.
    Por otro lado, hemos intentado ofrecerlas de manera presentativa, huyendo de la representación y sus manipulaciones historicistas.
    Sin embargo tres de las series expuestas, las más atractivas para un público mayoritario, vienen adornadas con el lastre incómodo de un valor añadido, una leyenda monográfica. Son las conocidas instantáneas de la excursión surrealista a Tenerife; las dos visitas que los Westerdahl hicieron a La Californie y las tomadas durante la estancia de lord Bertrand Russell en el Puerto de la Cruz.
    Sobre ellas tenemos algo que aclarar, aunque con el temor de que la difusión de estas noticias no haga más que agravar una situación por muchos desconocida.
EW: De izquierda a derecha, Pedro García Cabrera; Domingo Pérez Minik, Agustín Espinosa, Jacqueline Breton y Benjamin Peret. 1935
     La gira de Bretón, su mujer, y el poeta Benjamín Peret a la isla; su visita a Tacoronte, lugar donde pasó su infancia Domínguez y escenario en el que fueron tomadas gran parte de las fotografías que poseemos, y la afirmación dislocada del papa del Surrealismo que convierte a esta tierra en espacio autóctono del movimiento superreal, dado el interés que los estrechos y pequeños pantalones de Jacqueline Bretón habían causado entre los «naturales» del país, son ya historia. Historia deformada que la contemplación de las fotografías esclarece y endereza. Hoy, cincuenta años después, usted mismo puede observar el grupo de los «interesados» en el surrealismo que entorna la figura de Bretón y sacar sus propias consecuencias.
    Se piensa, se sueña más bien, con bastante ligereza en una cultura canaria visitada y elogiada por Bretón, fuera del estricto recinto de los intelectuales y artistas cercanos a Gaceta de Arte. La realidad es otra por desgracia mucho más cruel, más próxima al cine pobre suramericano que a nuestra reciente y, por fortuna, mestiza cultura. La cultura válida, la que ha quedado, es patrimonio heredado de unos pocos interesados que llegaron a ella y la hicieron desde el esfuerzo inteligente y no desde la comodidad económico-académica. Fue la obra de un grupo de canarios que usaron las puertas del mar para entrar y salir por ellas y no para sellarlas sobre su hermosa tumba.
EW: Taller de Pablo Picasso en La Californie. 1959-1960
    La segunda serie, muy difundida, aunque no en su totalidad, la constituyen las fotografías obtenidas en La Californie, el estudio de Picasso. Sobre este particular nos limitamos a repetir algo que Maud Westerdahl ha dicho muchas veces. A ella, desde su punto de vista, le resulta fácil; las cosas tienen el valor que tienen y no otro. Westerdahl no era amigo de Picasso o, al menos, no lo era como se pretende. El conocimiento tuvo origen en la amistad -tampoco íntima- que mantenían con él Maud y Domínguez. Eduardo Westerdahl había trabajado sobre su figura y publicado críticas a la obra (en Papeles de Son Armadans) pero no había intimidad. Fue Maud quien condujo en ambas ocasiones a Westerdahl a casa del malagueño. Pensar otra cosa sería estúpido, cuando se sabe que Picasso hacía esperar a su biógrafo sir Roland Penrose durante semanas para darle cita.



EW: Pablo Picasso en La Californie.


    Hay sin embargo un dato curioso: el pintor no era muy dado a dejarse fotografiar por cualquiera, sin embargo Westerdahl, no por casualidad, lo consiguió. Esta serie constituye un argumental de interés único, pero exento de ese sentimiento participativo y mediocre que acerca al observador al genio por medio de una supuesta intimidad con el fotógrafo. Hay algo de regusto provinciano y mentiroso en la contemplación manipulada de estas fotos.
En cuanto a la visita de lord Russell ¿qué quedaría de ella si, aparte las fotos, no hubiera habido una amistosa influencia del filósofo en el grupo de g. a. y en especial en Domingo Pérez Minik? Apenas nada.
El azar objetivo, buscado inteligentemente -quizás el único punto de contacto entre Westerdahl y los planteamientos surrealistas- impregna estas fotografías.




    Agustín Espinosa no escenifica la apariencia del bello crimen del suicidio imposible casualmente. No es casualidad que el rostro de Pedro García Cabrera tuviera ya los estigmas de que fue víctima a causa de su pensamiento político. Tampoco nos parece casualidad que el otro artífice de la moderna cultura europeísta canaria, Domingo Pérez Minik, aparezca en tantas y tan buenas fotos. Otros integrantes de las artes y la inteligencia se desdibujan o sencillamente desaparecen. Un trasunto de sus propias existencias. Y así descubra y describa usted mismo los personajes.

EW: Domingo Pérez Minik. Ca. 1960                                       EW: Pedro García Cabrera. Ca. 1950                                            EW: Agustín Espinosa. 1935
    Por último señalar un modo que caracterizó el comportamiento de Eduardo Westerdahl: todos los pintores académicos canarios -con los que por supuesto estaba en desacuerdo- quedaron magistralmente retratados con afecto y sin interés.
    Viendo estas fotos parecería que Eduardo Westerdahl hubiera conseguido, un poco tristemente, su propósito de reunir aquí, de manera temporal, en la Residencia de Artistas que diseñó Alberto Sartoris, a todos aquellos a los que en algún momento quiso traer a Canarias. Algunos vinieron -a su casa y a costa suya- pero del resto no nos quedan más que imágenes. Así son las cosas aquí. Muchas imágenes, pocas consecuencias

    Publicado en “Homenaje a Eduardo Westerdahl”. Separata de la revista Hartísimo. Número 2. Santa Cruz de Tenerife, marzo-abril-mayo de 1984.

miércoles, 19 de enero de 2011

Juan Franchy

JUAN FRANCHY, UN APUNTE BIOGRÁFICO
por
Carlos Gaviño de Franchy


                                             SU FAMILIA
Joaquín Martí: Juan Franchy.
Colección particular. Tenerife.
    Juan José Francisco Manuel Benigno de Franchy y Melgarejo nació, en Haría de Lanzarote, a las once de la mañana del día trece de febrero de mil ochocientos noventa, y fue inscrito en el Registro Civil del citado pueblo, al folio veintiuno del tomo primero de la primera sección de Nacimientos, por el juez municipal don José Reyes Pacheco. Era hijo de don José María de Franchy y Socas y de doña Maximina Melgarejo y Cabrera, casados en Haría, el veintisiete de febrero de mil ochocientos ochenta y nueve.
    Fueron sus abuelos paternos, don Francisco de Franchy y Lasso de la Vega y doña Josefa de Socas y Ramírez, que contrajeron matrimonio en el citado pueblo el doce de noviembre de 1851, y los maternos, don Juan Melgarejo y Caballero, natural de Cieza en Murcia, y doña Juana Cabrera y Perdomo. Don Juan Melgarejo fue alcalde de Arrecife de 1869 a 1873, durante el sexenio republicano, debiendo su condición de elegible a la circunstancia de formar parte del censo de los mayores contribuyentes del partido [1].
    Su padre, don José María Santiago de Franchy y Socas, nació en Haría el 25, y fue bautizado el veintiocho de julio de 1861 [2], hijo, como queda dicho, de don Francisco de Franchy Lasso de la Vega, natural del Puerto de Arrecife, y de doña Josefa de Socas y Ramírez (hija a su vez de don Vicente de Socas y Peraza de Ayala y de doña María Ramírez de León). Don Francisco de Franchy, secretario del Ayuntamiento de Haría y jefe del partido liberal, fue hijo del matrimonio formado por don Pedro de Franchy y Clavijo, natural de Teguise y doña María del Carmen Lasso de la Vega y García del Castillo, que lo era del repetido pueblo de Haría [2 bis].
    Don Pedro de Franchy y Clavijo era tercer nieto de Lope de Clavijo y de su mujer doña María de Franchy, hija de Simón de Franchy, alguacil mayor de la guerra, y de María de Jesús de Armas, hija a su vez del regidor Andrés de Armas y de su esposa Ana de Umpiérrez.
    Los miembros de la familia Franchy-Clavijo fueron patronos de la capilla de San José del convento de Miraflores de Teguise, en la que disfrutaban de enterramiento. En la Villa de San Miguel Arcángel tu¬vieron su residencia principal, con ramificaciones y propiedades en San Bartolomé y en el pago de Argana, y descendían de Inés de Clavijo –hija del poblador y paje del Adelantado Juan Clavijo el viejo- y de su marido el capitán Pedro Lavado Centeno.
    Juan Franchy era primo hermano del marino y poeta Francisco Jordán y Franchy, nacido en 1886, e hijo de don Andrés Jordán Cabrera y doña Ana Luisa de Franchy y Socas, hermana de don José María.
    Juan Franchy se trasladó a Tenerife, niño aún, con motivo de haber sido nombrado su padre archivero del Ayuntamiento de la Capital de la Provincia de Canarias. Don José María de Franchy fue un acomodado terrateniente, con propiedades heredadas en Lanzarote (gran parte de ellas procedían de su abuelo materno don Vicente de Socas y Peraza de Ayala, hacendado de Haría) y otras en Tenerife, adquiridas al estado, que se había posesionado de ellas a causa del impago de impuestos por sus propietarios. Su carácter emprendedor le condujo a solicitar del Ministerio de Fomento, a finales del siglo XIX, en sociedad con su amigo don Emiliano de Urquía y Redecilla, cuatrocientas hectáreas de terreno baldío en la Isla de la Graciosa y otras tantas en el Malpaís de Máguez, con el fin de crear tres colonias agrícolas y establecer en cada una de ellas a un administrador y diez o quince familias de jornaleros. El proyecto, que no llegó a buen fin, asombra aún por la modernidad de sus propuestas.

Trino Garriga: Juan Franchy.
Colección particular. Tenerife
    Don José María de Franchy compartía su residencia entre Santa Cruz de Tenerife y Madrid, ciudad esta última en la que pasó largo tiempo, siguiendo el proceso de anulación de matrimonio de su hija Piedad, casada con don Ricardo Schmelz von Hecht, que fue disuelto en 1926 por Pío XI, tras un largo y costosísimo proceso que prácticamente le arruinó. Falleció en Madrid el día diecinueve de noviembre de 1925, en su casa de la calle de Santa Engracia, número 64, sin conocer el resultado del proceso que le había costado la vida.
    La adolescencia de Juan Franchy transcurrió en Santa Cruz de Tenerife, donde cursó estudios de bachillerato y comercio, obteniendo el título de Intendente Mercantil, para más tarde licenciarse en Derecho por la Universidad de San Fernando de La Laguna.
El Regionalista. Santa Cruz de Tenerife, 1918
    Formó parte de la redacción del periódico La Prensa desde 1913 [4], y allí publicó sus primeros textos literarios. Fundó en 1918 El Regionalista, diario de la tarde, que dirigió hasta su desaparición. En 1925 y, en compañía de Víctor Zurita, dió a la imprenta el semanario Avante [5].

En 1926 se trasladó definitivamente a Madrid, en cuyo Colegio de Abogados se había inscrito el año anterior, y obtuvo la plaza de director de la Hemeroteca Nacional
    Desde allí siguó enviando sus colaboraciones a La Prensa, muchas de ellas insertas en una columna semanal que llevaba por título Metonimia andante.
    Juan Franchy falleció el 30 de agosto de 1928, a los treinta y cinco años de edad.
   Su obra literaria, compuesta casi exclusivamente por artículos de prensa, cuentos cortos y un guión cinematográfico -que permanece inédito-, se encuentra dispersa, publicada en periódicos y revistas de la época.


JUAN FRANCHY, VISTO POR SUS CONTEMPORÁNEOS

    Recordando a sus amigos muertos, Francisco González Díaz envió a La Prensa, desde su retiro de Teror, el 15 octubre de 1935, la semblanza que sigue:

    Vamos a escribir, movida la pluma por el corazón, para esos amigos que murieron jóvenes, justicieros epitafios: la justicia de Ultratumba...
    La de más acá, no suele ser justicia.
    Juan Franchy, llevaba un apellido ilustre, era ágil periodista y prometía ganar nombre de maestro en la Prensa literaria. Amistad tuvimos. Este otro buen Juan vivo en mis recuerdos propúsose organizar un partido regionalista, que entonces hacía falta y mucha más falta está haciendo hoy, porque la región canaria está pidiendo a gritos ser reconocida por la nación española... Me metió en la empresa, y me arrastró consigo...
    Yo di, acompañado de Juan Franchy, en el Teatro Guimerá, una conferencia sobre el tema del regionalismo político, que La Prensa a evocado entre sus gratas memorias con ocasión de su vigésimo quinto aniversario.
    Nada más... Otro que iba firmemente al éxito, y desapareció en el misterio nocturno de la Muerte... Madrid lo mató... Con él murió una esperanza...

    En el mismo periódico y en idéntica fecha, su director, Leoncio Rodríguez, publicó la siguiente necrológica:

    En Madrid, donde desempeñaba un importante puesto como funcionario de la Hemeroteca Nacional, le sorprendió traidoramente la muerte. El triste desenlace causó profunda impresión entre los numerosos amigos con que contaba entre nosotros el culto escritor, que con sus perseverantes esfuerzos, su sólida cultura y su carácter noble y caballeroso se había conquistado un verdadero prestigio y un porvenir risueño entre la juventud intelectual de Canarias.
    En esta casa, donde Juan Franchy hizo sus primeras armas periodísticas, destacándose briosamente como un gran valor literario, perdurará siempre, entre nuestros recuerdos más íntimos, el nombre del entrañable camarada, modelo de corrección, estudioso, trabajador, que demostró en todo momento un vehemente cariño por su tierra, enalteciéndola en notables crónicas y profesándole una intensa y espiritual adoración.
    Como se recordará, el señor Franchy fue uno de los más entusiastas gestores del proyecto del Parque, al que consagró un asiduo y patriótico interés, y su labor como concejal y teniente de Alcalde durante la gestión del Ayuntamiento republicano, le capacitó como elemento valioso y de gran alteza de miras.

Trino Garriga: Juan Franchy. Colección particular. Tenerife.

    José González Rodríguez, en su libro Pro-Cultura, Biografías de personalidades contemporáneas que más han contribuido al progreso intelectual, material y artístico de Canarias [6], hizo este boceto de la personalidad de Juan Franchy:

    Nació en 1893 (sic) en la isla de Lanzarote, y desde muy joven sintió la magia del arte literario, recibiendo las primeras lecciones de Retórica de un antiguo profesor de segunda enseñanza e inspirado poeta, paisano suyo.
    A los dieciocho años publicó un artículo en el diario “La Prensa", titulado El hijo del Cónsul, que tuvo la virtud ética de revolucionar el espíritu, de suyo tan monótono y aquietado de nuestro pueblo, dando lugar a que algunos pensaran que era piedra de escándalo por figurárselo alusivo a determinadas personas d nuestra sociedad; pero los más admiraron el ingenio y soltura que en aquel su primer artículo demostraba no ser el principiante en el difícil arte de escribir.
    Desde entonces el Sr. Franchy no ha cesado de colaborar en "La Prensa", y cada artículo suyo constituye un triunfo para su autor.
    Sus escritos Los Reyes que no caen; el Cuento del árbol; La muerte del príncipe, publicados durante la guerra europea con motivo de la muerte del Príncipe de Battenberg; El Testamento de Isabel la Católica; El Duque Ruiz, El Divino tesoro y otros muchos, constituyen verdaderos modelos de originalidad y galanura.
    Con motivo de la publicación de la novela a escote, escrita en co¬laboración por los mejores ingenios de la isla, fue el señor Franchy uno de sus autores cuya semblanza hizo el poeta y abogado señor Gil-Roldán.
    Don Juan Franchy es Licenciado en Derecho Civil y Canónico, e Intendente Mercantil. Estudió en el Instituto General y Técnico y en la Universidad de San Fernando de la hidalga Ciudad de La Laguna, con gran aprovechamiento y rapidez.
    Durante sus estudios de Derecho publicó un artículo magnífico y vibrante, titulado Universidad y fábrica, que mereció el elogio de los espíritus selectos, y la felicitación de sus profesores y compañeros.
    Ha sido miembro del Ateneo de Tenerife, y es en la actualidad Secretario del Círculo de Escritores y Artistas.
    Su colaboración valiosa, eficaz y desinteresada, se solicita siempre en todos los momentos en que hay que emprender una labor difícil y seria en cualquier aspecto de la vida ciudadana.
    Pero donde ha culminado su laboriosidad y patriotismo, lleno de honradez y de constancia, es en esa empresa casi gigantesca de construir un Parque urbano en la Capital de la Provincia.
    Fue el Señor Franchy Presidente de la Comisión del Parque, y, en año y medio, con la labor entusiasta de todos los miembros de la Comisión, se han podido regalar, adquiridos por suscripción, unos terrenos en los cuales se ha de emplazar la futura construcción y que actualmente valen más de un millón de pesetas.
    A pesar de su juventud, el señor Franchy ha sido Profesor de varios centros de enseñanza, y actualmente es Secretario de la "Academia Minerva" y Profesor de idiomas de la misma.
Fue el traductor durante la gran guerra, de los famosos y sensacionales partes en inglés, que venían de la estación de telegrafía sin hilos de "Poldhu", y que luego la curiosidad d nuestro público devoraba con interés.
    Ha sido también Concejal y Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de esta Capital, en cuya gestión llegó a alcanzar merecidos triunfos, que están en la memoria de todos. 
    A propósito de la publicación de La Novela a escote trasladamos un texto inserto en El Día, el domingo 27 de enero de 1985:

VV. AA.: Novela a escote. Tarjeta postal. 1915
    La Novela a escote, publicada por el diario "La Prensa" el año de 1915, constituyó uno de los mayores éxitos literarios que se recuerdan en el país por la curiosidad y expectación que despertó en todos los pueblos de la isla.
    Un concurso semejante lo había iniciado en España la revista "Madrid Cómico", dirigida por el popularísimo Sinesio Delgado y de él surgió la interesante novela Las vírgenes locas.
    La de "La Prensa" se titulaba Máxima culpa y en ella tomaron parte los siguientes escritores: Benito Pérez Armas, Domingo Cabrera (Carlos Cruz), Domingo J. Manrique, Diego Crosa, Emilio Calzadilla, Guillermo Perera, Ildefonso Maffiotte, Juan Franchy, Leoncio Rodríguez, Manuel Verdugo, Ramón Gil-Roldán y Guillón Barrús.

    Cada uno de los citados señores tuvo a su cargo un capítulo de la novela, para lo cual fueron semanalmente sometidos a riguroso sorteo, fijándose un plazo de dos días para la entrega de las cuartillas. El primero que fue designado por la suerte, según se había convenido, se encargó de titular la obra.
    Los mismos ligeros descuidos que un sagaz observador hallará en el transcurso de la novela, tanto en su trama como en el aspecto mudable del género literario, son la prueba más elocuente de la legalidad con que los autores se sometieron a las bases del concurso.
    El desarrollo de la novela fue seguido, como decimos, con extraordinaria curiosidad por el público, que en algunos momentos llegó a sentirse apasionado ante las múltiples peripecias de los personajes que desfilan por las páginas de Máxima culpa, y en el inesperado giro que cada autor daba al argumento central de la obra, hasta llevarla a feliz término venciendo las innumerables dificultades que tal labor representaba (...)
   
Manuel Verdugo y Bartlett:
Caricatura de Juan Franchy. 1915.
    Con motivo de la edición de la novela se imprimió una tarjeta postal con las caricaturas de los autores. La de Juan Franchy es obra del poeta Manuel Verdugo.

   También fueron publicadas unas semblanzas cómicas, correspondiendo la de nuestro personaje a su amigo don Ramón Gil-Roldán y reza:
    Juan Franchy, dandy taciturno y pálido; mirada torva, pulcro en el vestir; siempre sombrero pajizo. Entre venezolano y conejero, participa de la índole de Isaac Viera y del Libertador.
Su prosa de estirpe
Y factura coruscante,
Es algo abracadabrante,
Con dejos de vieja alquimia,
Y de "metonimia andante".

    Concluimos esta aproximación a la biografía de Juan Franchy, reproduciendo unas declaraciones a La Prensa de quien fuera inspirador del talante literario de algunos de los jóvenes miembros de la generación de gaceta de arte. Domingo Pérez Minik, confesaba que la figura infrecuente de Juan Franchy, con su profundo conocimiento de la lengua y literatura inglesas, su ideario político avanzado y cierto toque de dandismo, habían influido notablemente en el posterior desarrollo de su personalidad.

    Mis aficiones literarias
    Como declaración previa, debo decir que, para mí, la literatura constituye un culto.
    Así, a la ligera, ¿es posible hablar de esta divina concepción que todo lo crea y todo lo expresa? La literatura es el Arte supremo, en todo lo que este concepto tiene de grandioso.
    Es inmenso el ámbito de la literatura. Difícil es, pues, determinar una afición a este respecto. El género poético, el dramático, el didáctico, el periodístico, ¡cuánta verdad y cuanta belleza se puede expresar en todos!... Sin embargo, refiriéndonos a la forma, tal vez pudiera ser interesante la exposición de algo nuevo sobre la preferencia del lenguaje rimado o del prosaico. Yo sólo diré que el verso se presta más (quizás porque tiene ascendencia iconográfica) a disfrazar muchas tonterías. Y perdonen los malos poetas. La prosa no. El menor desliz que en ella ocurra, ya es un formidable escollo para el que intenta cultivarla. Con estas palabras puede establecerse la diferencia entre las dos formas; en el verso, el ripio es tolerado y obligado; en la prosa, no existiendo esta obligación, el ripio es una majadería.
    En el verso, casi todo es ambiguo y difuso; en prosa es terminante y preciso. En el primero predomina el concepto (exaltado por Quevedo y Góngora); en la segunda, el término es dominante. Para decir verdades, la prosa; hasta el punto de que, en verso, serían falsos los mismos Evangelios...
En cuanto al amor a la literatura habría mucho que decir. Si tener afición a la literatura es frecuentar reuniones de cafés y tascas malolientes en donde se habla de literatura con machaquería y dándoselas de intelectual, declaro que no soy aficionado, porque no me gusta la suciedad, ni el plebeyismo, y menos en el Arte. Sin llegar a decir, como el célebre profesor, que odio con toda el alma la bohemia artística, afirmaré con él que el escritor debe tener el pelo corto y el alma grande.
    Y ya que empecé hablando de la "religión", justo es que diga algo de los "dioses". No puedo darles otro nombre. ¿Cómo llamar a un Goethe, que escribiendo Werther y Fausto, aún le sobraba talento para saber latín, griego, matemáticas, filosofía y música?¿Y a Cervantes y Quevedo, cuya fecundidad prodigiosa no les impide ser políticos y guerreros?¿Y aquel Garcí-Lasso de la Vega que murió a los treinta años, después de hacer todas las campañas del Emperador y contribuir el primero a formar nuestro Siglo de Oro? ¿Y la maravilla de Shakespeare; y el milagro de Dante Alighieri?...
Verdaderamente, que cuando uno piensa en estos hombres y se decide a emborronar cuartillas, es para preguntar: pero, ¿puede decirse nada mejor? ¿Queda algo todavía por decir? Y se siente uno muy humilde y con deseos de sonreírse cuando se llega a creer que vale algo...
Creo en muchos escritores contemporáneos. De los nuestros, Galdós y Palacio Valdés, sobre todo. Ni Pedro Mata, ni Salaverría, pasando por toda la decadencia actual, llegan para mí a la categoría de iconos. De los extranjeros, no hablaré más que del prodigioso D'Annunzio, del cual se puede decir (como de Schaffle, en cuanto al socialismo) que toda su obra genial constituye la quintaesencia de la literatura.


NOTAS
[1] GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Candelaria y SOSA HENRÍQUEZ, Javier. "Elecciones municipales en Arrecife durante el sexenio revolucionario (1868-1874)". V Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote. Tomo I. Excmo. Cabildo Insular de Fuertevetnura. Excmo. Cabildo Insular de Lanzarote. Puerto del Rosario 1993.
[2] Parroquia de la Encarnación de Haría, Libro VII de Bautismos, f. 22 repetido.
[2 bis] DE LANZAROTE. MUERTE SENTIDA
    Por telegramas que se acaban de recibir, nos enteramos de la muerte del señor don Francisco Franchy y Lasso de la Vega, ocurrida en Lanzarote.
    El venerable anciano alcanzaba ya la avanzada edad de ochenta y seis años, y fue en sus buenos tiempos (durante la inquieta política de los Fajardo y León y Castillo, en aquella isla) jefe del partido liberal, por espacio de más de cuarenta años, en el pueblo de su residencia. Desempeñó por aquel tiempo la Secretaría del Ayuntamiento y del Juzgado, siendo el primero y único secretario de su época [al] que, por sus méritos, le concedió el Gobierno la jubilación.
De haber vivido don Francisco Franchy en campo más amplio en donde lucir todas sus virtudes, indudablemente, estaría hoy consagrado como un hombre extraordinario. Baste citar estos hechos absolutamente probados y verídicos:
        Durante su actuación en el Juzgado, es decir, en todos los cuarenta años ya dichos, no se llegó nunca, para los que al Juez acudían, a celebrarse un solo juicio de rigor. Don Francisco Franchy, como antiguamente los sabios patriarcas, llamaba ante sí a los culpables y litigantes y, antes de aplicar expresamente la ley, imponía a todos su voluntad prestigiosa y conciliadora. Además, interponiendo sus grandes influencias políticas, obtuvo siempre que ningún desgraciado del pueblo fuera a presidio, ejerciendo así una santa caridad.
Hombre de bastante fortuna, la perdió, en parte, socorriendo a manos llenas a los necesitados. Así se comprende que ejerciera su profesión burocrática sólo, para con su producto, sostener a varias familias, que vivían a su sombra. A él acudían los hombres para remediarse en los años de las frecuentes sequías lanzaroteñas, y a él pedían hasta las madres, que querían apresurar la redención militar de los mozos. Todos visitaban, en demanda de auxilio "la casa de don Francisco", como, por antonomasia, llamaba el pueblo la vieja residencia del hidalgo.
Ha muerto, pues, uno de los hombres más íntegros y nobles que han existido.
Expresamos el más sentido pésame a todos sus parientes, en particular a su hijo don José Franchy y Socas y a su nieto, nuestro compañero Juan Franchy. La Prensa. Santa Cruz de Tenerife, 19 de septiembre de 1917.
[3] FERNÁNDEZ BENÉITEZ, Ángel: "Acercamiento al poeta Francisco Jordán". VI Jornadas de estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote. Excmo. Cabildo Insular de Lanzarote. Excmo. Cabildo Insular de Fuerteventura. Arrecife. 1995.
[4] YANES, Julio: Leoncio Rodríguez y "La Prensa": una página del periodismo canario. Excmo. Cabildo Insular de Tenerife. Caja General de Ahorros de Canarias. "Herederos de Leoncio Rodríguez S.A". Santa Cruz de Tenerife. 1995.
[5] RODRÍGUEZ PADRÓN, Jorge: Primer ensayo para un diccionario de la literatura en Canarias. Viceconsejería de Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias. Madrid. 1992.
[6] GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, José: Pro-Cultura. Biografías de personalidades contemporáneas que más han contribuido al progreso intelectual, material y artístico de Canarias. Volumen I. Imprenta de Suc. de M. Curbelo. Laguna de Tenerife. 1923.



UN DÍA DE MAYO

Cuento por Juan Franchy


    La campiña, fértil y extensa, avivaba en los ojos la placentera llama de todo el sortilegio de que es capaz la madre Naturaleza, en aquella mañanita de Mayo, fresca y lozana, como una rosa recién florecida, cuando Víctor Arralegui, el médico del Valle, salió de su casa a visitar a sus enfermos.
    A medida que Víctor Arralegui avanzaba por la calle principal del pueblo, encontraba a su paso, mozos y mozas, que con su hatillo al hombro, o sobre la cabeza, marchaban a su labor, con la grata satisfacción y la sana alegría que el campo inspira al comienzo de todo trabajo, cuando el cansancio y la fatiga bajo un sol abrasador, o un frío que corta las carnes, no envuelve todavía los cuerpos en una laxitud de renacimiento.
    "Buenos días, don Víctor".
    "Adiós, señor médico", saludaban los mozos y mozas, éstas con cierta marrullería irónica y mirando de soslayo picarescamente la gallarda apostura de Arralegui, a quien se les antojaba demasiado joven aún para el ejercicio del grave ministerio de curar al prójimo.
    Pero Víctor Arralegui, a pesar de todo, ya no era un niño. Contaba ya sus buenos veintisiete años. Y había estudiado mucho. Y vivido más. Conocía la vida no sólo en la diaria convivencia con sus semejantes, sino esencialmente en esos templos del dolor y de la muerte, que se llaman clínicas y hospitales; en esos sitios en los cuales se profieren las mayores blasfemias por la carne martirizada, o se pronuncian los votos más sagrados, o se escuchan confesiones increíbles... Ya lo creo que sabía cosas Víctor Arralegui. Y por eso era tolerante, y comprendía muchas veces las causas de algunos errores y hasta justificaba las culpas que a otros parecían horrendas.
    Seguía Arralegui su camino. Ahora pasaba por la senda que conducía al molino del pueblo el cual, a poco rato, quedó a sus espaldas, y se encontró en plena vega. Los jazmines, en aquella parte del sendero, sólo cuidados por la mano de Dios, crecían libérrimamente, plantados allí quizás en otros tiempos, por alguna pareja de amor, y aguardando, tal vez, a que, ahora, otra pareja amorosa viniera a disfrutarlos... Y Arralegui aspiraba aquel perfume; y su vista se extendía por toda la tierra, y luego recorría el límpido horizonte, terminando por elevarla hasta el cielo magníficamente azul de aquel espléndido día.
    -Día de Mayo, -exclamó Víctor Arralegui- día de Mayo de mi vida y la vida de todos, sagrada para mí...
    Y miró con expresión de fe el botiquín de urgencia que pendía de su mano derecha, como se mira el arma más eficaz, para combatir todos los males.
    De pronto, echando a Víctor bruscamente del encanto de su abstracción, hendió el espacio un grito agudísimo, un alarido de angustia. Víctor volvió instintivamente la cabeza. Era indudable que aquel grito provenía del molino, al que hacía rato había dejado atrás, pues no se divisaba por aquellos contornos ninguna persona, ni ningún otro lugar habitado. No vaciló. Allá, en el molino, le necesitaba alguien. Y echó a correr.
    Llegó al molino, que en aquella hora todavía estaba solitario. Miró el motor, que con sus explosiones, jadeaba marchando desenfrenadamente, y contempló con estupor cómo las piedras del molino giraban lanzando chispas sus círculos ferrados, sin grano que triturar, con la tolva vacía... ¿Qué significaba aquello?   ¿Cómo el molinero había abandonado su puesto?
    Siguió Víctor adentrándose en la casa, y empujó la puerta del almacén, en donde se amontonaban los sacos de harina. Y en el fondo de la habitación, tan blanca como la harina misma, desentonando del albo color sólo sus grandes ojos negros, vio Víctor a Maruja, la más linda zagalilla del pueblo, quien, al divisar al médico, salió de su inmovilidad exclamando:
    ¡Yo no lo maté!. ¡Yo no lo maté!...
    Y cayó de rodillas a los pies de Arralegui. Este cerró la puerta y se guardó la llave. Volvió luego la cabeza, y descubrió, echado de espaldas en el suelo, con la mano crispada sobre el costado, al molinero, de barba hirsuta y descuidada, con sus cincuenta años faunescos, y su boca de dientes negruzcos, a través de los cuales, un espumarajo viscoso se deslizaba manchando su cuello. Deshizo el botiquín y se precipitó hacia el caído. Tomó su pulso, le examinó atentamente y se convenció de que estaba muerto. Le separó la mano crispada de sobre el pecho, y vio Víctor que allí, sobre el corazón, erecta y reluciente, tenía a medio clavar una de esas agujas largas y buidas que se usan para coser los sacos.
    -¡Yo no lo maté!...-volvió a exclamar la hermosa zagalilla, llena de terror.
    Aproximose el médico, y le tomó una mano.
    -Ven, dime que ha pasado.
    -¡Mire, don Víctor, mire!...-gritó Maruja.
    Y en el deseo de querer disculparse, olvidando el pudor con un miedo lleno de convulsiones, mostró a Arralegui sus senos virginales maculados por unos arañazos, como de una zarpa. Examinándolos más atentamente, observó el médico la señal de unos dientes voraces.
    -¡Mire don Víctor!. ¡Quiso morderme, quiso atropellarme!...
    Y volvió a caer de hinojos, cubriendo ahora con sus manos el tesoro de sus senos.
    -Pero yo no lo maté... ¡Yo no lo maté!...
    Víctor la contempló un momento. Y su espíritu comprensivo se extendió sobre la muchacha como un manto protector. Claro, clarísimo, que ella le había matado; pero era tan inocente como cuando su madre la echó al mundo.
    -Ven, Maruja- le dijo Víctor con dulzura.- Nada, no te asustes; no ha pasado nada. Ya sé que tu no lo mataste... Ahora vas a irte. Saltas por esa ventana, vas a tu casa, y a nadie digas una palabra de lo ocurrido hasta que yo vuelva a verte. Si puedes, ve mañana por la tarde al sendero, donde crecen los jazmines... Anda, salta. Adiós...
    La muchacha, sin saber lo que hacía, saltó por la ventana, miró un momento hacia arriba, y, después, sin volver la cabeza, desapareció.
   Cerró Víctor la ventana y se acercó al muerto. Entreabrió su camisa y contempló una vez más aquella aguja homicida, que sobresalía como gajo monstruoso entre la selva del velludo pecho del molinero. Entonces con la serenidad de sus tiempos de estudiante, cuando operaba en las salas de San Carlos, avanzó el índice y hundió la aguja haciéndola desaparecer en la herida, que se sumió en una hemorragia casi imperceptible. Lavó Víctor hasta la menor gota de sangre, y sobre el negro y peludo tórax del desgraciado molinero, sólo quedó una pequeña señal, como la picadura de un insecto, que desapareció asimismo bajo la camisa nuevamente abrochada.
    Después Víctor abrió la puerta y esperó a que fueran llegando los parroquianos.
    Afortunadamente, el molinero muerto no tenía más familia, ni más íntimos afectos que la persona del amo que le había encargado de la explotación del molino, que allá, al otro lado, seguía girando, girando, sin grano que moler, con la tolva vacía, como loco...
    -¿Qué ha sido, don Víctor?, -preguntaron, a medida que iban llegando, aquellas buenas gentes.
    Víctor, sereno, un poco pálido, atando las correillas del botiquín, contestaba a todos:
    -Un colapso, y en el se quedó...
    Después, con pulso firme, certificó la defunción del molinero de muerte natural.
   
    Víctor Arralegui, el médico del Valle, no quiso volver a pasar nunca por aquella parte del sendero en que crecían los jazmines, y en donde le esperaba en vano, en los días que siguieron al del suceso del molino, Maruja, la más bella zagalilla del pueblo.


[Publicado en la revista Hespérides. Número 70. Santa Cruz de Tenerife, 1 de mayo de 1927]

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Ernesto Meléndez
por
Carlos Gaviño de Franchy

    José Menéndez permaneció de nuevo en Santa Cruz de Tenerife entre julio y agosto de 1803. Había cumplido su servicio militar en el regimiento de Infantería de Ultonia que, con el de América, componían una división con destino en la plaza de Santa Cruz de Santiago, desde el 10 de enero de 1799, y que volvió a España en 1802 [1].

    En este período de tiempo, José Menéndez conoció a la mujer a quien daría palabra de matrimonio; Rafaela de Paz y Carrasco, nacida en Santa Cruz, pero oriunda de la isla de La Palma [2].

    José Menéndez nació en 1777, en el Principado de Asturias, en la villa de Pravia y parroquia de Santa María de Rivero, una de las catorce que componían, en aquella fecha, su Ayuntamiento. Su padre, llamado también José Menéndez, era natural de La Corrada, en la misma Pravia, mientras que su madre, María Díaz, procedía de la ya citada parroquia de Santa María. Los Menéndez tenían casa solariega en Pravia desde muy antiguo [3].

    José Menéndez contaba veintisiete años de edad cuando volvió a la isla, haciendo el viaje desde Barcelona, a cumplir su promesa matrimonial, estando ya fuera del servicio. Rafaela de Paz, cuarenta y uno. Casaron, en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, el 24 de octubre de 1804.

    Este matrimonio apenas duró tres años ya que Rafaela de Paz falleció a comienzos del año 1807 y, tres meses más tarde [4], volvió a casar el joven viudo con María de los Remedios de Paz, que había sido bautizada en la parroquia del Apóstol San Andrés, del Valle de su nombre, un día indeterminado del mes de julio de 1785. El traslado de su partida de bautismo, que obra en el expediente matrimonial, evidenciando el poco cuidado de algunos sacristanes y clérigos de la época, dice: En treinta y nuebe del mes... Era hija de Pedro José de Paz, natural de Santa Cruz, y de Isabel María Fernández de Baca; nieta paterna de Pedro Alonso de Paz y Andrea María de Torres y, materna, de Gabriel Fernández de Baca y Gabriela Jacinta Rodríguez, nacidos ambos en Santa Cruz, donde casaron el 11 de noviembre de 1742. A su vez Pedro Alonso de Paz fue hijo de otro Pedro Alonso de Paz y de María González y Andrea María de Torres, lo era de Victoriano de Ledesma, natural de Güímar, y de María de Candelaria de Torres, nacida en San Cristóbal de La Laguna. A pesar de la coincidencia de apellidos, no parece que hubiera parentesco entre la primera y segunda esposas de José Menéndez.

    El matrimonio tuvo cinco hijos [5]. El mayor de ellos, Rafael Justo, nació el 29 de mayo de 1808. Miguel José, segundo varón, lo hizo en Santa Cruz, en noviembre de 1809. Al año siguiente les nació una niña que fue bautizada con los nombres de Joaquina Cesárea. Perdieron al primogénito, Rafael, y su nombre fue puesto a otro niño nacido el día 30 de septiembre y bautizado el 3 de octubre de 1812, añadiéndole las advocaciones protectoras de San Juan, San Jerónimo y San Remigio. Por último, en diciembre de 1814 vino al mundo el último de los vastagos de José Menéndez, cristianado en 3 de diciembre de 1814, al que pusieron Ramón Saturnino María del Carmen.

    La descendencia del asturiano José Menéndez o Meléndez, en Santa Cruz de Tenerife, procede de Rafael Juan, cuarto de sus hijos, sin que sepamos que fue de los otros, si es que superaron la edad pupilar.

    Rafael Juan Meléndez de Paz casó, en 1844, con María Cabrera y Viera, natural del Puerto del Arrecife, en la Isla de Lanzarote. Su vida transcurrió dedicada al comercio. En Santa Cruz de Tenerife tuvieron una numerosa prole compuesta por nueve hijos llamados Abelardo, Enrique, Eloísa, Federico, Herminia, Ernesto, Hortensia, Luisa, y Aurora [6].


ERNESTO MELÉNDEZ


    Ernesto Juan Meléndez nació en Santa Cruz el veintiuno de febrero de mil ochocientos cincuenta y seis y fue bautizado, en la parroquia de la Concepción, cuatro días más tarde, por el presbítero don José Manuel Hernández, con licencia de don Agustín Pérez, Venerable Beneficiado Rector de las Yglesias de esta Villa de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. Fue su padrino don Juan Cope, acaudalado comerciante, hijo de don Bernardo Coppé, natural de Bremen, y de su esposa doña María Ventura Barroso, miembros de la burguesía mercantil satacrucera, a la que se habían incorporado los Meléndez. Fue el sexto entre sus nueve hermanos, de los que, cinco, fueron hembras. Se da en la familia cierto gusto por las bellas artes; las Meléndez, particularmente, pintan paisajes al óleo y la acuarela, conservando algunos de ellos sus descendientes, incluso de la madre, doña María Cabrera.

    Afirma Sebastián Padrón Acosta, primer biógrafo de Meléndez, que realizó estudios en la Academia de Bellas Artes de la ciudad de su naturaleza. No hemos podido, sin embargo, hallar documento alguno que lo cite entre sus alumnos [7]. Sin embargo, resulta fácil suponer que asistiría a las clases de dibujo impartidas en este establecimiento, que abrió sus puertas, tras no pocos esfuerzos, en 1850.

    En 1878 ingresó, con veintidós años de edad, en la Logia Tinerfe 114, adoptando el nombre simbólico de Fortuny y declarando, como profesión, la de pintor artístico [8]. Ese mismo año comenzaron a aparecer en El Sol de Nivaria los primeros grabados en madera hechos a partir de dibujos del artista. Una reseña inserta en éste periódico el 6 de abril de dicho año informa que:

    Apenas hace un mes anunciamos a nuestros lectores la introducción de reformas importantes en este Semanario, cuando de nuevo ahora tenemos la satisfacción de participarles otras de no menos interés y como aquellas evidentemente merecidas, por parte de un público tan ilustrado y complaciente como el que nos ha protegido. La introducción de los grabados, si bien costosa en nuestra localidad, no la creemos una mejora suficiente en el Sol de Nivaria para recompensar en parte el favor que se nos ha dispensado. Así, pues, desde el próximo núm. 10, nuestro Semanario se publicará en doble tamaño, con la colaboración de personas bastante acreditadas en el campo de la literatura y animadas como las que más, por el buen nombre y prestigio de la prensa y la cultura canarias. La sección de grabados se halla a cargo de nuestro amigo el estudioso e inteligente aficionado D. Ernesto Meléndez.

    Participó en la Exposición de Bellas Artes con que Santa Cruz de Tenerife conmemoró la victoria de las tropas isleñas sobre la marinería del vicealmirante inglés sir Horacio Nelson del Nilo, el 25 de julio de 1880, y exhibió unos dibujos que representaban cabezas de animales, que fueron muy bien acogidos por el público y la crítica [9].

    Colaboró como caricaturista en El Abejón, periódico satírico quincenal, que alcanzó a publicar seis números, entre el 2 de diciembre de 1881 y el 18 de febrero de 1882. Sus dibujos, a manera de escenas encadenadas, ridiculizaban a políticos y próceres de Gran Canaria, ahondando agriamente en el ya viejo, por aquellas fechas, pleito sobre la división provincial y la capitalidad del archipiélago.

    Publicó asimismo en este periódico un retrato, el de don Pedro Mariano Ramírez y Atenza, exaltado defensor de los derechos de Santa Cruz [10], que puede ser considerado el precedente en el que debió reparar don Patricio Estévanez, a la hora de encargarle su proyecto de galería iconográfica de celebridades canarias y que iría apareciendo, con algunas líneas biográficas, en cada número de La Ilustración de Canarias.

    La empresa que editaba el periódico justificaba así sus intenciones, en un editorial aparecido en el primer número, de fecha 15 de julio de 1882:

    Con mejor deseo que buena fortuna, y pretendiendo siempre llenar un vacío y responder a una necesidad hace mucho tiempo sentida en nuestro país, se ha intentado varias veces realizar empresas como la que hoy acometemos; pero desgraciadamente el éxito no ha correspondido nunca a la buena intención; pues no es possible ilustrar un periódico en un país donde, el arte del grabado es, casi en absoluto, desconocido, no ha podido contarse con recursos para hacer venir defuera los grabados [...]. Ajena por completo a las luchas políticas que nos dividen, acogerá gustosa los trabajos, no sólo de los escritores isleños, cualesquiera que sean sus opiniones, sino de todos los que, sin haber nacido en el país, lo hayan estudiado y descrito y quieran honrar con ellos sus columnas, contribuyendo a que se le conozca y se le aprecie en lo que vale; y, acompañándolos de biografías y artículos descriptivos, publicará también retratos de los muchos isleños que, en todos tiempos y en el país o fuera de él, han sabido conquistarse un nombre glorioso o respetable; y vistas de las poblaciones, monumentos y sitios más notables de la Provincia.

    Hoy, tenemos necesidad de confiar la ejecución de los grabados que ilustrarán nuestro periódico, a reputados artistas de Madrid y el extranjero; pero alentamos la esperanza de que, estimulada con esto la afición de algunos compatriotas, dentro de poco podrán ser también de hijos del país.

    En la segunda página de este primer número se explica que:

    Figura al frente del periódico la graciosa viñeta ejecutada con gran perfección por el distinguido artista madrileño señor Masi que será nuestro grabador, ínterin no podamos confiar también estos trabajos, como es nuestro deseo, a hijos del país; y para cuyo trabajo le sirvió de modelo un dibujo de nuestro buen amigo Don Ernesto Meléndez, aficionado que, si no padeciera la terrible enfermedad de la haraganería pudiera ser un verdadero artista, pues disposiciones, habilidad y buen gusto tiene que le sobran. […]

    Difíciles hoy, conseguir aquí retratos de personajes que vivieron en los pasados siglos, lo que nos hace temer que nuestra galería no sea todo lo completa que deseamos, y aprovechamos la ocasión que se nos ofrece para suplicar a todos nuestros lectores, y con especialidad a las sociedades y corporaciones patrióticas, que nos faciliten todos aquellos que puedan obtener, o nos indiquen donde se hallan, para procurarnos copias,

    En su intento de creación de un Gabinete de retratos de insulares distinguidos, La Ilustración, o don Patricio Estévanez, que lo mismo eran, recurrieron, en cuanto a los de personajes del pasado se refiere, al conjunto de efigies que había reproducido el prebendado Pereira-Pacheco, hombre extremadamente curioso y preocupado por legar a las generaciones posteriores a la suya los rasgos fisonómicos de sus contemporáneos y perpetuar, por medio de sus ingenuas, pero deliciosas copias, los rostros de aquellos otros, cuyo retrato alcanzaba a contemplar.

    Tal es el caso de los grabados que representan al general de marina don Rafael Clavijo y Socas; a su tío, don Josef Clavijo y Faxardo, vicedirector del Real Gabinete de Ciencias Naturales; al arzobispo de Heraclea don Cristóbal Bencomo y Rodríguez y al ingeniero don Agustín de Betancourt; los obispos Verdugo y Estévez de Ugarte; a don Domingo de Nava, teniente general de la Real Armada; a don Antonio Porlier, primer marqués de Bajamar y los hermanos don Bernardo y don Domingo de Iriarte, el político y el diplomático; todos ellos proceden de las miniaturas con que el prebendado ilustrara El Nuevo Can Mayor o Constelación Canaria, texto poético del que era autor don Josef de Viera y Clavijo.

    A pesar de que en este manuscrito aparecen también los retratos de don Juan y don Tomás de Iriarte, creemos que los dibujos de Meléndez proceden de dos grabados, que fueron propiedad de Pereira-Pacheco [11] y que actualmente se conservan en la Biblioteca Municipal de Santa Cruz, formando parte del fondo Anselmo J. Benítez. Se trata, en el caso de don Juán de Iriarte [12], de la conocida estampa que grabara Manuel Salvador Carmona a partir de un óleo de Mariano Salvador Maella. En cuanto al de su sobrino don Tomás de Iriarte y Nieves-Ravelo, el fabulista, fue grabado asimismo por Carmona teniendo como modelo el retrato que le hizo don Joaquín de Inza. Sólo podemos confirmar la autoría del dibujo previo de Meléndez en el que representa a don Juan de Iriarte, cuyo original firmado por E. Meléndez, existe en el citado fondo documental

    Estas estampas, con otras muchas, hoy dispersas, fueron coleccionadas por Pereira, poseedor de aquel inquieto espíritu, mezcla de cronista y de anticuario, tan frecuente en los individuos ilustrados de su época. Meléndez tuvo en sus manos estos álbumes llenos de láminas y se sirvió de algunas de ellas a la hora dibujar los modelos de los que se valdrían los artistas gráficos peninsulares.

    Los grabados que finalmente vieron la luz en La Ilustración… cuya ejecución resultó notable, fueron obra de Eusebio Zarza y José Masí del Castillo, dos de los más relevantes xilógrafos españoles de su época. Se trata pues de una equivocación creer que la firma Zarza, corresponde a un seudónimo utilizado por Ernesto Meléndez. Los primeros dieciséis grabados en madera de esta serie llevan la rúbrica indudable de estos dos artistas y, los tres últimos, tan sólo la de Federico Sierra y Amat [12 bis], pintor y calcógrafo que alcanzó cierta notoriedad a finales del siglo XIX.

    Eusebio Zarza, pintor madrileño, discípulo de la Academia de Nobles Artes de San Fernando, perteneció a las generaciones que destacaron en el segundo tercio del siglo diecinueve y se distinguió, especialmente, en el dibujo preparatorio de grabados en madera y litografías y tomó parte en la ilustración de los más prestigiosos periódicos peninsulares: Semanario Pintoresco Español, El Arte en España, Galería Regia, El Panorama Español. [13].

    Hemos hallado, en el Fondo Benítez, el ya citado dibujo original de Meléndez; otro que reproduce de tres cuartos la figura del teniente general don Francisco Tomás Morales, obra de Pedro Tarquis; un tercero, de la mano de Juan del Castillo Westerling, que copia el autorretrato del historiador don Pedro Agustín del Castillo, su antepasado, y multitud de reproducciones fotográficas de grabados y pinturas que debieron servir a Zarza y Masí para componer el resto de los retratos. [14].
    Finalmente, los de Teobaldo Power, Luis Benítez de Lugo y José Desiré Dugour, fueron tomados de fotografías, cuyos originales se conservan en la actualidad.

    Aparte los retratos, entre los que habría que incluir uno femenino anónimo, firmado con sus iniciales; E. M., sirvieron los dibujos de Meléndez para otras estampas, citadas por Padrón Acosta:

    Arco levantado por la Jefatura de Obras Públicas, Tribuna para la orquesta levantada por el comercio y Embarque del general Weyíerpara la península el 9 de diciembre de 1884 en el vapor África, aparecidos en La Ilustración en enero de 1884, con motivo de las fiestas de la inauguración del cable telegráfico, celebradas en diciembre de 1883. Nos aclara la sección Grabados, del periódico:

    Los dibujos números 1 y 2 de la página 112 representan, -tomados del natural por nuestro querido colaborador artístico Ernesto Meléndez- dos de los arcos que más llamaron la atención de todos en las pasadas fiestas con que Santa Cruz celebró la inauguración del cable telegráfico. El primero, erigido por la Jefatura de Obras Públicas en la calle del Castillo esquina a la del Saltillo, representa un puente rematado por un faro que, encendido por las noches, producía un magnifico efecto, y el segundo, uno de los templetes para orquestas erigidos por el comercio, en la misma calle, esquina a la de la Gloria.

    El dibujo número3 de la misma página 112, también de Meléndez, representa el momento de embarcarse para la Península, -el 9 de Diciembre último, en el vapor-correo español "África ", -el Excmo. Señor D. Valeriano Weyíer, Capitán general que, hasta aquella fecha, había sido de este Distrito. La escena representada con gran verdad, fue una de las manifestaciones más entusiastas hechas por este pueblo.


    Aparecieron además en La Ilustración de Canarias otros grabados tales como una nostálgica y colonial composición denominada Conciertos públicos en la Alameda de la Marina, añadiéndonos la redacción del periódico que:

    Cuanto pudiéramos decir a nuestros lectores de la alegría, composición y dibujo de Ernesto Meléndez, que representa los conciertos públicos que la sociedad Santa Cecilia ha venido dando en la Alameda de la Marina, tanto en la última temporada como en la presente, sería muy poco si tratáramos de describir aquel amenísimo sitio y aquellos brillantes espectáculos, o de encarecer el mérito del dibujo que ambas cosas representa.

    El modesto artista ha sabido escoger los mejores detalles del asunto y formar con ellos un precioso ramillete. La vista del exterior de la Alameda, donde ratos tan agradables pasamos todos los jueves por la noche, el bazar establecido allí, los trozos más escogidos del paseo, el sitio de tertulia de damas y caballeros, el pabellón central de la orquesta, y por último, el retrato del Maestro Padrón, de exactísimo parecido y dibujado en un billete del bazar, que lleva el sello de la Sociedad, todo, todo está hábilmente hecho; todo ofrece un agradable conjunto y basta a dará conocer lo bello de aquel sitio y la habilidad del artista.

    Completan la participación de Meléndez en el proyecto editorial de don Patricio Estévanez, una vista imaginaria de la Isla de San Borondón, tomada de la que se incluye en la primera edición de las Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, de don Josef de Viera y Clavijo y una perspectiva de la Plaza de la Constitución, en Santa Cruz de Tenerife.

    Contó don Patricio Estévanez con la pericia artística de Ernesto Meléndez desde los primeros momentos de La Ilustración, y fue a él a quien encargó la mancheta de la revista:

    Figura al frente del periódico la graciosa viñeta ejecutada con gran perfección por el distinguido artista madrileño señor Masí [15] que sera nuestro grabador, ínterin no podamos confiar también estos trabajos, como es nuestro deseo, a hijos del país; y para cuyo trabajo le sirvió de modelo un dibujo de nuestro buen amigo don Ernesto Meléndez, aficionado que, si no padeciese la terrible enfermedad de la haraganería, pudiera ser un verdadero artista, puesto que disposiciones, habilidad y buen gusto tiene que le sobran.

    Quizá confundiera don Patricio esta supuesta haraganería, desde su perspectiva de hombre extremadamente saludable, con los inicios de la tuberculosis pulmonar que acabó luego con la vida del artista y que, es bien sabido, modifica significativamente las pautas de conducta, e incluso la sensibilidad, de los enfermos que la padecen.


Pintura al óleo

    Conocemos tres obras de Ernesto Meléndez realizadas al óleo. Un retrato del obispo don Ramón Torrijos y Gómez [16]; una copia poco afortunada de la obra de Gabriel Cornelius von Max, que ha sido titulada La caridad cristiana, sin que nos halla sido posible identificarla, bajo esta denominación, con ninguna de las famosísimas telas de este pintor que circulaban litografiadas en todos los formatos imaginables, desde la tarjeta postal a los envases para pastillas y caramelos, de la que el Diario de Tenerife, del 15 de abril de 1890 decía:

    Nuestro apreciado amigo D. Ernesto Melendez, artista tan modesto como laborioso, ha regalado a la Junta de Caridad de Señoras, para que éstas lo coloquen en una de las salas o galerías de los Esteblecimientos de Beneficencia de esta Capital, un cuadro al óleo de grandes dimensiones, del cual es autor y, que representa a Jesús consolando a una mujer desfallecida que lleva un niño en sus brazos. Las figuras son de tamaño natural y el cuadro, en general, de tonos suaves y delicados.
Merece gratitud el señor Meléndez por su desprendimiento [17].

    Los ocho paisajes que formaron parte de la decoración del Teatro Guimerá, se pueden dar por perdidos [18]. Y por último, un autorretrato, firmado con sus iniciales en 1887, propiedad de los descendientes de una de sus hermanas.

    Desde la publicación del estudio de Padrón Acosta en 1948, se viene afirmando que Ernesto Meléndez había pintado los techos de la Logia masónica de Santa Cruz de Tenerife. Es cierto que los pintó, lo atestigua un comentario periodístico de Luis Maffiotte, publicado en La Ilustracion de Canarias, el 31 de diciembre de 1882:

    Como individuo de la prensa, tuve el honor de representar a La Ilustracion de Canarias, en la solemne inauguración del templo masónico de la Logia Tinerfe número 114; acto que tuvo lugar en la noche del miércoles 27.
    Antes de empezar la ceremonia de la consagración, tuvo lugar una sesión secreta en el mismo templo, aguardando el público en los demás departamentos del edificio, que no se componen de mazmorras tenebrosas no de fúnebres catacumbas, como muchos creen, sino de salones elegantemente amueblados e iluminados con profusión.

    De cuando en cuando llegaba a nuestros oídos el ruido de un martillazo que resonaba pavorosamente en medio del tétrico silencio que reinaba. Esto daba escalofríos.

    Por fin nos dejaron entrar.

    Yo temblaba como un azogado; cuando llegué a la puerta del templo, gruesas gotas de sudor frío caían por mi frente. Ya me parecía oir el rumor de cadenas arrastradas por el pavimento, quejidos amargos y crujir de huesos.

    Entré en el templo. ¡Qué agradable sorpresa!

    Un salón, como aquí no hay otro, apareció ante mi vista. Quitándole los signos que denuncian el uso a que está destinado, y aun sin quitárselos, es un local elegante, severo y rico.

    Las pinturas del techo son de Ernesto Meléndez. En ellas se ve junto a la osadía del genio, la timidez del aficionado que va llegando a ser un verdadero artista. Apolo sale por el Oriente en su carroza, y los rayos del sol se extienden por todas partes. A los lados, los doce signos del Zodíaco y enfrente de Febo la melancólica amante de Endímión, la triste Febea, la candida Luna. Tauro, Leo, Cáncer y Escorpión son las mejores figuras; todas ellas tienen un colorido propio y bastante bueno. El techo está sembrado de estrellas.
    El conjunto de la obra honra a su autor, y muchos de sus detalles son dignos de admiración. Meléndez, señores, es un artista.
    Las paredes del templo están forradas de seda color azul turquí, emblema de la ciencia; y sostienen la elegante cornisa, que a su vez soporta el peso del abovedado techo, doce medias columnas de mármol blanco que contrubuyen a la belleza del local.
   En cuanto a los sgnos masónicos, hay dos columnas negras, mazos, estrellas, compases, candelabros de tres pies, triángulos, flores, un estandarte, primorosamente bordado, y muchas espadas, una d las cuales es retorcida como la de un ángel del Apocalipsis [19].

    Esta crítica permitió una curiosa disquisición a Padrón Acosta, entre los calificativos de genio y aficionado, aplicados a nuestros pintores regionales del siglo XIX.

    Lo que parece, sin duda claro, es que no pudo pintar los techos de la Logia de Añaza, en la calle de San Lucas, ya que el proyecto de edificación, obra del arquitecto Manuel de Cámara, tiene fecha de septiembre de 1900, cuando Meléndez hacía nueve años que había fallecido.

    Debió decorar Meléndez los techos de la Logia Tenerife número 17 en cuyo taller desempeñó el cometido de Segundo Experto, en 1887, y aún podríamos preguntamos si éstos, pintados sobre tela, habrían sido trasladados de una sede a otra [20]. En cualquier caso permaneceremos en la duda, porque al parecer han sido destruidos.

    Habría que añadir a esta corta lista de obras una Purísima, pintada en el tejido de uno de los cincuenta estandartes que fueron ofrecidos a la Virgen de Candelaria el día de su coronación pontificia en 1889, actualmente en paradero desconocido.


Orfebrería

 

    Llevó a cabo Meléndez, por encargo de la junta ejecutiva de la coronación de la Virgen de Candelaria, los dibujos que servirían de patrón al platero Rafael Fernández-Trujillo Forte, el mejor artífice a la sazón del casi ya extinguido gremio isleño, para la realización de ambas coronas. Una vez más daban los plateros canarios prueba de su dominio de la técnica, desorientada, sin embargo, artísticamente, y sólo del concurso inteligente de un dibujante ilustrado pudo el gremio ofrecer ejemplares de mérito [21].

    Con motivo de la coronación cubrióse toda la tribuna y el espacio de un gran templo con un bien trazado toldo ideado por D. Federico Meléndez [sic] pero un huracán de viento que se levantó el día 12 destruyólo en pocas horas, teniéndose que celebrar el auto al aire libre [22].

    El día 26 de marzo de 1891, a las tres de la tarde, murió Ernesto Meléndez, con apenas treinta y cinco años de edad, a causa de la tuberculosis pulmonar que padecía [23]. El Diario de Tenerife insertó, la siguiente necrológica, dos días más tarde:

     D. E. P.
    Ayer al medio día fue sepultado en el cementerio de esta capital, el cadáver del que fue en vida nuestro buen amigo D. Ernesto Mdeléndez, fallecido el jueves víctima de la penosa enfermedad que desde hacía algunos años venía minando su existencia.
Era el señor Meléndez un jóven de mérito indiscutible por su laboriosidad, que sin salir del país, sin elementos y falto de recursos había de llegar a ser un artista tan hábil como modesto y que deja entre nosotros un vacío difícil de llenar.

    En tan corto espacio de tiempo intentó buscar su sustento en otras dos profesiones que no le impidieron el desarrollo de su vocación artística: la milicia, en la que alcanzó el grado de oficial de las provinciales canarias [24], y la fotografía, abriendo un estudio en su casa de la calle de la Cruz Verde, ya en los últimos años de su vida [25].

    Las largas sesiones de posado para el retrato debieron hacer surgir la amistad entre don Ramon Torrijos y nuestro artista. Es posible que el prelado dispensara su protección a Meléndez, pues aparte el encargo de los bocetos para las coronas de la Virgen de Candelaria, le otorgó, según el Diario de Tenerife, del 11 de octubre de 1889, otra prebenda:
    Nuestro amigo D. Ernesto Meléndez ha obtenido una autorización exclusiva para sacar vistas fotográficas de todos los actos y ceremonias de la coronación de la Virgen de Candelaria.
    Información que fue corroborada por El Valle de La Orotava, el 22 de octubre de 1889:
    El señor Meléndez sacó varias fotografías de la procesión y de la Santa Imagen.
    De todas estas fotografías, sólo conocemos la que representa al obispo ante la imagen, tras la coronación.






    Su exigua existencia, acorde con su producción; las características de la enfermedad que finalmente le mata y un cierto halo misterioso, hacen que la figura de Meléndez se desenvuelva en un ambiente común, tópico, compartido con innumerables jóvenes artistas de su siglo, que vieron frustrada su carrera por impedimentos a todos extensivos. Sin embargo hay algo tras la mirada de su autorretrato que nos predispone a creer en él, en su obra. En la que dejó y en la otra, la que nunca veremos, la que sin duda fue arrojada a la luz cegadora del fuego profiláctico.

    Nunca podremos enjuiciar unos dibujos que conocemos, tan sólo, por los grabados que otros artistas realizaron. Si alguno se conserva, no hemos tenido la fortuna de verlo. Aquí lo misterioso se torna inquietante. Meléndez ha logrado dejar fama de extraordinario dibujante sin que se conozca ningún original suyo. Forma parte de la estirpe de los poetas que nunca escribieron, cuyas obras sucumbieron al tiempo que la memoria inestable de sus contemporáneos.



NOTAS
[1] CIORANESCU, Alejandro: Historia de Sania Cruz de Tenerife. Tomo III. Caja General de Ahorros de Santa Cruz de Tenerife, 1997, p. 131.
[2] Rafaela Josefa Antonia del Pilar, nacida el día 22 de abril de 1776, fue bautizada el 26 inmediato en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife, hija de Romualdo Simón de Pais y de Rafaela de Jesús Carrasco. Libro VII, f. 86v. Archivo parroquial de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife.
[3] Las diversas ramas asturianas de Menéndez y Meléndez confunden incluso sus escudos de armas. Los que escribían Menéndez, como es el caso de la primera generación de esta familia en Tenerife, originarios de Pravia, tenían allí, desde muy antiguo, su casa solariega. Vide Francisco SARANDECES: Heráldica de los apellidos asturianos. Real Instituto de Estudios Asturianos. Oviedo, 1994, p. 237.
[4] Expediente matrimonial de don José Menéndez y doña María Remedios de Paz, también llamada González de Paz, 5 de abril de 1807. Archivo parroquial de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife.
[5] Rafael Justo Genaro Agustín del Socorro Meléndez de Paz, nació el 29 de mayo de1808 y fue bautizado el 1 de junio siguiente.
Miguel José Meléndez de Paz, n. el 10 y fue b. el 11 de mayo de 1809.
Joaquina Cesárea Juana María de los Dolores del Santísimo Sacramento Meléndez de Paz n. el 2 y fue b. el 27 de noviembre de1810.
Rafael Juan Jerónimo Remigio Meléndez de Paz, n. el 30 de septiembre y fue b. el 3 de octubre de 1812.
Ramón Saturnino María del Carmen Meléndez de Paz n. el 28 de noviembre y fue b. el 3 de diciembre de1814. Archivo parroquial de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife.
[6]Abelardo Meléndez Cabrera, n. el 28 de abril de1845. L. XXI, f. 116.
Enrique Meléndez Cabrera n. el 25 de diciembre de 1848. L. XXII, f. 153.
Eloísa Meléndez Cabrera n. el 25 de diciembre de 1848. L. XXII, f. 153.
Federico Meléndez Cabrera n. el 14 de marzo de1850. L. XXIV, f. 117.
Herminia Melendez Cabrera n. el 7 de enero de 1853. L. XXIV, f. 149v.
Ernesto Meléndez Cabrera n. el 21 de diciembre de1856. L. XXV, f. 325v.
Hortensia Meléndez Cabrera n. el 23 de enero de 1860. L. XXVII, f. 68v.
Luisa Meléndez Cabrera n. el 8 de agosto de 1862. L. XXVIII, f. 87v.
Aurora Meléndez Cabrera n. el 31 de diciembre de 1864. L. XXIX, f. 91.
Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife.
[7] MARTÍNEZ DE LA PEÑA, Domingo; Manuel RODRÍGUEZ MESA y Manuel Ángel ALLOZA MORENO: Organización de las enseñanzas artísticas en Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1987.
[8] PAZ SÁNCHEZ, Manuel A. de: Historia de la francmasonería en Canarias (1739-1936). Cabildo Insular de Gran Canaria, 1984, p. 833.
[9] Revista de Canarias. Santa Cruz de Tenerife. Tomo II. Imprenta Isleña, 1880, p. 244.
[10] GUIMERÁ PERAZA, Marcos: El radical Marqués de la Florida (1837-1876). Aula de Cultura de Tenerife, 1982, p. 53.
[11] MARRERO RODRÍGUEZ, Manuela y Emma GONZÁLEZ YANES: El prebendado don Antonio Pereira Pacheco. Instituto de Estudios Canarios. La Laguna de Tenerife, 1963.
[12] Un dibujo de nuestro distinguido amigo el señor Don Ernesto Meléndez, sirvió al reputado artista Señor Masí, para grabar en madera el magnífico retrato del sabio canario Don Juan de Iriarte, que, con un ligero resumen de su vida y obra publicamos en la primera página del presente número.
[12 bis] Federico Sierra y Amat. Pintor, natural de Getafe, Madrid. Discípulo de la Escuela especial de Pintura, Escultura y Grabado. Vid.: M. Ossorio y Bernard: opus cit. p. 644.
[13] OSSORIO Y BERNARD, M.; opus cit., pp. 708 y 709.El retrato de don Alonso de Nava Grimón, se conserva actualmente en las Salas Capitulares de la Catedral de la Laguna. Su autor fue Juan de Abren y sus medidas 144 x 110 cm.
[14] El del general Morales, obra de Vicente Escobar, fechado en La Habana el 4 de marzo de 1824, se encuentra en las dependencias del Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y sus medidas son 110 x 80 cm. Arte Hispanoamericano en Canarias. Catálogo por Margarita RODRÍGUEZ GONZÁLEZ. Comisión del V Centenario del Descubrimiento de América. Diócesis de Tenerife. Instituto de Estudios Hispánicos. Excmo. Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, 1992, pp. 58-60.
Sobre los retratos de los ilustrados canarios vid., Carmen FRAGA GONZÁLEZ: Los ilustrados canarios y sus retratos. Homenaje a Carlos III. Instituto de Estudios Canarios. La Laguna, pp. 75-106.
[15] José Masí del Castillo. Grabador en madera. Nació en Madrid en 1840 y fue alumno de la Escuela Superior dependiente de la Academia de San Fernando, donde alcanzó varios premios y luego de los artistas ingleses M. Crastons y Cárter. Realizó numerosísimos grabados para La Ilustración Española, la Ilustración Gallega y Asturiana, la Ilustración Militar, etc.
OSSORIO Y BERNARD, M.: Galería Biográfica de Artistas Empañoles del siglo XIX. Giner. Madrid, 1975, p. 431.
[16] ALLOZA MORENO, Manuel Ángel: La pintura en Canarias en siglo XIX. Aula de Cultura de Tenerife. 1981, p. 204.
[17] Gabriel Cornelius von Max. Pintor de género y de historia nacido en Praga el 24 de agosto de 1840 y muerto en Munich el 24 de noviembre de 1915. vid. BENEZIT, E.: Dictionaire des peintres, sculpteurs, dessinateurs et graveurs. Tomo VII, Librairie Gründ. París, l976, p. 280.
[18] ALLOZA MORENO, Manuel Ángel: opus cit. p. 205.
[19] La Ilustración de Canarias. Imprenta Isleña, Santa Cruz de Tenerife, 1882, p. 100.
[20] DARIAS PRÍNCIPE, Alberto: Arquitectura y Arquitectos en las Canarias Occidentales. 1874-1931. Caja General de Ahorros de Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1985, pp. 157-158.
[21] HERNÁNDEZ PERERA, José: Orfebrería de Cananas. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1955, pp. 297-298.
[22] RODRÍGUEZ MOURE, José: Historia de la devoción del pueblo canario a Nuestra Señora de Candelaria. Santa Cruz de Tenerife, 1913, p. 262
[23] Partida de defunción de don Ernesto Meléndez Cabrera. Libro 35, f. 153. Archivo de la Parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife. Al margen: Don Ernesto.
En la Ciudad de Santa Cruz de Santiago, Diócesis de Tenerife, Provincia de Canarias, á veinte y siete de Marzo de mil ochocientos noventa y uno. Yo el infrascrito Cura de esta Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción, mandé dar sepultura eclesiástica al cadáver de D. Ernesto Meléndez y Cabrera, natural de esta Ciudad, soltero, de edad de treinta y cinco años e hijo legítimo de D. Rafael Meléndez y González, de esta dicha Ciudad y de Da. María Concepción Cabrera, de Arrecife en Lanzarote. No pudo recibir los Santos Sacramentos y falleció ayer, á las tres de la tarde, en la Calle de la Cruz Verde, siendo testigos de su defunción D. Elías González y D. Eduardo García, de esta vecindad. Y para que conste lo firmo. Fecha ut supra. Dr. Santiago Beyro y Martín. Rubricado.
[24] ALLOZA MORENO, Manuel Ángel: opus cit. p. 205.
[25] VEGA DE LA ROSA, Carmelo: La isla mirada. Tenerife y la Fotografia (1839-1939). Centro de Fotografía “Isla de Tenerife". Santa Cruz de Tenerife, 1995.