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sábado, 14 de agosto de 2010

Esmeralda Cervantes

 Galería Canaria de retratos

ESMERALDA CERVANTES
por 
Carlos Gaviño de Franchy







    Clotilde Cerdá y Bosch, célebre instrumentista, compositora ella misma de algunas meritorias piezas para arpa, logró después de innumerables esfuerzos y sacrificios que fuera reconocido su genio, de forma unánime, por las inteligencias más capacitadas de Europa, América y Asia, en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX.
    Acreditó en el mundo artístico el seudónimo Esmeralda Cervantes, con el que fuera denominada, en parte por Víctor Hugo -quien la llamó con el mismo nombre que había imaginado para la heroína de su novela Nuestra Señora de París- y por la reina Isabel II, que añadió a éste el apellido Cervantes, con motivo de haberse dado a conocer al público durante los actos que la colonia hispana establecida en Viena, organizó en el transcurso de la celebración de la Exposición Universal de 1873 -bajo la tutela del embajador de España de Austria, don Eduardo Asquerino- en memoria del escritor [1].
    Esmeralda Cervantes visitó las Islas por vez primera en 1880, cuando contaba diecinueve años de edad, y tocó en tres conciertos celebrados, el 26 y el 29 de julio, en el Teatro de Santa Cruz de Tenerife, auspiciados por la Sociedad Santa Cecilia, y a comienzos del mes de agosto inmediato en Las Palmas de Gran Canaria, organizado este último por la Sociedad Filarmónica, quien la honró con un título de Socio de Mérito [2]. El producto de los beneficios del segundo de estos recitales -que sin duda tuvo lugar por iniciativa de la artista, ya que el anterior había sido anunciado como único- fue entregado por Esmeralda Cervantes a la primera autoridad militar del archipiélago, Valeriano Weyler, con el fin de que se destinara a contribuir a los gastos de fábrica de la plaza que hoy lleva el nombre de este general y que, en aquel momento, se encontraba en obras [3]. El programa incluía obras suyas -El adiós de las golondrinas y Fantasía sobre motivos de la ópera «La sonámbula»- y de otros compositores, entre los que figuraba su maestro Godefroid [4].
    No sabemos en cuantas ocasiones retornó la arpista después de esta fecha, pero la leyenda hace posible que, ya desde entonces, albergara el deseo de permanecer en ellas cuando se produjera el inevitable retiro de su asendereada vida profesional.
  
    Dos años más tarde debió producirse otra estancia, siquiera de paso, entre nosotros, porque figura inscrita en la Logia Tinerfe nº 114, en calidad de hermana honoraria y grado 3º, y en ella permaneció como afiliada, al menos, hasta 1884. Su adscripción en fecha tan temprana a la Orden del Gran Arquitecto, establecida hacía tiempo en Canarias, convierte a Clotilde Cerdá en la primera mujer aceptada como miembro por la francmasonería isleña [5]. Un año antes había ingresado en la logia Lealtad de Barcelona.
    Pero no sólo en esto fue precursora; durante aquella visita inicial «Esmeralda Cervantes», cuyos triunfos por el mundo eran clamorosos y cuyos restos duermen la paz eterna en nuestra ciudad, a la que quiso como a la propia patria, hizo una ascensión al Pico de Teide, acompañada de un grupo de distinguidos jóvenes del país, que la colmaron de agasajos y atenciones [6]. Creemos poder afirmar que estamos ante la primera referencia a una excursión a la cima del volcán por parte de una viajera de nacionalidad española; con anterioridad tan sólo había sido escalado -como no podía ser menos- por intrépidas británicas.

    Ahora que su ilustre nombre se ha desvanecido, y para una gran mayoría de canarios no evoca otra cosa que el rótulo de una placa del callejero de Santa Cruz, convendría recordar quien fue Esmeralda Cervantes.
    Había nacido en Barcelona el 28 de febrero de 1861, y no en 1862, como repite una parte de sus biógrafos. Su padre, Ildefonso Cerdá y Sunyer, oriundo de Vich y miembro de una familia patricia de la comarca, era ingeniero civil desde 1841 y, de forma específica, urbanista. A él se debe el proyecto del ensanche de la Ciudad Condal, aprobado tras una larga serie de controversias el 7 de junio de 1859. Cerdá, cuya trayectoria humana y profesional ha sido últimamente estudiada con rigor, fue además experto en topografía, hidrografía, climatología, higiene y sanidad, y constituye hoy un referente ineludible para los estudiosos de la arquitectura de la centuria décimo novena. De ideas políticas liberales y progresistas, Ildefonso Cerdá ostentó la presidencia de las Diputación de Barcelona y obtuvo un acta de diputado a Cortes [7].
    La madre, Clotilde Bosch Carbonell -hija del banquero Joseph Bosch i Mustich- en cuyas manos no han sido ingratos los pinceles, había sido, al parecer, discípula de un pintor italiano apellidado Camerano o Camerant, del que apenas se guarda memoria, ocupando esta emprendedora mujer, en la actualidad, un modestísimo lugar en los diccionarios biográficos de artistas plásticos españoles.
    Ante la negativa de Ildefonso Cerdá a que Clotilde se dedicara profesionalmente a la actividad artística que había elegido marcharon madre e hija, sin su socorro económico pero con su consentimiento, a Roma, donde malvivieron ambas dependiendo de los trabajos de aquella, y el apoyo de algunos miembros del grupo de pintores españoles allí establecidos, entre los que se encontraban Rosales, Fortuny y Vallés, entre otros.
    Como alumna de Félix Godefroid se estableció, junto a su madre, en París. De esta etapa de su vida escribe Juan Pérez de Guzmán: El talento de la niña fue admirado por todo el París de los talentos escogidos, y entre éstos, por Víctor Hugo, el primer poeta lírico de la Francia contemporánea. Todos animaron a la madre a sacar a Clotilde de su oscuridad de alumna; mas como para salir a la notoriedad del mundo artístico quisieran vencer madre e hija las dificultades de nuestras hidalgas preocupaciones españolas de nombre y apellidos, Víctor Hugo resolvió la mitad del problema…
    Marcharon luego a Viena, como queda dicho, donde Asquerino le proporcionó recomendaciones para los agentes diplomáticos españoles destinados en toda Europa. Según el ya citado Pérez de Guzmán: Cabouli Bajá, embajador de Turquía, le expidió título de arpista de la Embajada Imperial de Turquía en Viena; el emperador Francisco José tuvo ocasión de hacerle el primer regalo en joyas ricas y espléndidas y Strauss y Languenbach se apoderaron de la niña y la llevaron como en triunfo de Viena a Munich y de Munich, durante cuatro meses, por todas las principales ciudades de la confederación alemana. En Munich, Wagner, que la admiró, dijo al rey de Baviera, informándole sobre la capacidad artística de Esmeralda: Ese es el genio [8].
    Inmersa ya la joven virtuosa en un torbellino de admiración y reconocimientos, viajó por Europa y fue atendida por las casas reales de Inglaterra, Würtemberg, Holanda, Grecia y Bélgica, que le obsequiaron, como era costumbre, con soberbias alhajas cuya composición y precio relatan todas las crónicas de la época.
    Pero fue en París donde recibió la protección de dos mujeres sensibles a la música y a las que el destino había colocado en altísimas esferas de la sociedad, cuya influencia resultó determinante en su carrera artística: la reina Isabel de Borbón, exilada en su palacio de Castilla y la condesa del Montijo, madre de la que fuera emperatriz de los franceses, cuyo salón sirvió de catapulta a la joven concertista.
    Más tarde inició su periplo americano y viajó a Filadelfia, en su visita a la Exposición, el emperador del Brasil organizó un concierto en obsequio de Esmeralda, todas las repúblicas del Sur por donde ha pasado le han dispensado el honor de nombrarla ciudadana de honor de los Estados hispano-americanos; los periódicos ilustrados de París, Lisboa, Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Chile, el Perú y Nueva York han publicado su retrato y biografía […] [9]. Ahora Esmeralda se encuentra en Cuba, donde la rica Antilla no le prestará menos admiración. De acuerdo con su ideario filantrópico, de los treinta y seis conciertos que dio en las islas del Caribe, el producto de veintiocho de ellos lo entregó a beneficio de los heridos de guerra.
Dispuesta a emprender una gira por la India británica, fue invitada por sus amigos de Barcelona a colaborar en la fundación de una Academia de Artes y Oficios para la enseñanza de la mujer, que al fin logró abrir sus puertas en 1885, empresa acometida con los recursos propios de la artista y que fracasó dos años más tarde, con un déficit económico considerable. En esta ciudad fundó y dirigió la revista Él Ángel del Hogar, y dio a la estampa una Historia del Arpa en 1887, y en París, un año más tarde, otra publicación periódica que llevaba por título La Estrella Polar.
    Cuando había logrado ya el más rotundo de los éxitos en su carrera se estableció en Constantinopla, con plaza de arpista del Palacio Imperial del sultán, y allí casó con un ciudadano brasileño de origen alemán, Óscar Grossmann, marino de la armada durante la primera gran guerra, al que quizás hubiera conocido durante su estancia en este país, invitada por el emperador Pedro I, quien puso su nombre al puente internacional que une el Brasil con Uruguay [10].
    Pero entre el cúmulo de anécdotas y leyendas que jalonan la existencia extraordinaria de esta excepcional ejecutante que hizo exclamar a Franz Liszt: La prima volta che sento l’arpa, quizá sea la que mejor retrate su carácter caritativo y humanitario aquella que protagonizó, con tan sólo quince años, al lograr que el presidente de la República de México, Porfirio Díaz, dictase el indulto de un reo que se encontraba en capilla, permaneciendo arrodillada ante él, hasta que obtuvo la gracia. Más tarde, el mismo dignatario encargó expresamente para ella, y le hizo llegar como obsequio, un arpa cuya columna remataban el águila y la serpiente que constituyen los símbolos nacionales de aquel país.
    No tenemos constancia de la fecha en que el matrimonio Grossman-Cerdá fijó su residencia en Santa Cruz de Tenerife. Al parecer vivieron primero en el número 25 de la calle de La Rosa, donde Esmeralda Cervantes se ofrecía -en un anuncio de prensa- como profesora de solfeo, piano, canto y arpa. En 1903 dedicó un retrato suyo al periodista don Patricio Estévanez, y en mayo del año siguiente volvió a tocar y formó parte del jurado del concurso de bandas de música celebrado en el Club Tinerfeño, al tiempo que el Diario de Tenerife publicaba entre los meses de septiembre y diciembre una serie de curiosos artículos titulados «Recuerdos de viajes», que llevan su firma. Pero fue en 1918, cuando adquirieron un viejo caserón marcado con el número 1 de la calle de Bernabé Rodríguez, que tenía un anexo con puerta y linde con la del Pilar. Derribado el edificio, construyeron un chalet -u hotelito, según la terminología de la época-, con jardín, huerta y casa para el servicio que ocupaba un matrimonio de isleños oriundos, al parecer, del pueblo de San Miguel, que se ocupaban de las faenas domésticas y del cultivo de la pequeña parcela. Debemos el conocimiento de estas particularidades a un artículo de Hildebrando Padrón Rey, publicado en 1983, en el que el periodista rememora sucesos de su infancia, que había transcurrido en la misma calle y en estrecha vecindad con los habitantes de la nueva vivienda [11].
    Rodeada de viejos recuerdos y nuevos amigos envejeció Esmeralda Cervantes en compañía de su marido y de la de una joven que la llamaba madrina, Virginia Espinosa Álvarez, a la que siempre se consideró en esta ciudad, con o sin fundamento, hija del reo indultado por Porfirio Díaz, no obstante llamarse éste José María Téllez. Inválida tras sufrir una hemiplejia, aún recibía y paseaba en coche de caballos un día a la semana, hasta que otro ataque cerebral acabó con su vida el 12 de abril de 1926.
    Óscar Grossmann encargó para su mujer a la casa G. de Ferrari, en Génova, un espléndido mausoleo de mármol blanco que fue instalado en el cementerio de Santa Lastenia, donde ambos se encuentran sepultados. Sobrevivió el anciano marino a su esposa hasta 1931, año en que falleció el 7 de abril.
    El panteón ahora, falto de reparaciones y cuidado, se deshace. Los actuales empleados de la administración de la necrópolis desconocen, incluso, el nombre real de su propietaria, toda vez que el que figura en el templete es únicamente su seudónimo. La puerta de hierro permanece cerrada y nos ha sido imposible obtener una fotografía del magnífico busto de Clotilde Cerdá, labrado también en mármol ligur, que se encuentra en su interior. Una vez más los responsables de las áreas patrimoniales del archipiélago dan muestras de su capacidad y preparación para ostentar los cargos que disfrutan y que nosotros, lamentablemente, padecemos.
    Incluimos en la «Galería  de Retratos» un grabado y cuatro reproducciones fotográficas que nos revelan el porte de la concertista, en diferentes etapas de su vida. La lámina fue estampada en la cubierta del número cuarenta y cuatro de La Ilustración Española y Americana, correspondiente al año 1876. Se trata de una buena xilografía, obra de Arturo Carretero y Sánchez [Santiago, 1852-Madrid, 1903] que fue realizada el mismo año en que el artista obtuvo una tercera medalla. Alumno de la Escuela de Artes y Oficios y de Bernardo Rico, colaboró con sus dibujos y grabados en casi todas las revistas ilustradas de renombre de la época [12]. La representa muy joven, con tan sólo quince años, pulsando las cuerdas del instrumento que la hizo famosa.
    La primera de las fotografías, de cuerpo entero, fue tomada en el estudio de Joaquín Martí, en el número 4 de la calle del Castillo de Santa Cruz de Tenerife y, aunque no lleva fecha, debe corresponder a la primera estancia de la artista en el archipiélago, en 1880, pues está documentada la ubicación del taller de este profesional cinco años más tarde en el número 54 de la misma calle, que luego se llamó de Alfonso XIII, y entre uno y otro domicilio estuvo abierto en la de la Cruz Verde, 8. Otra de las instantáneas, de busto, realizada en el establecimiento de Maximiliano Lohr, denominado Fotografía Alemana, nos presenta la poco agraciada fisonomía de la intérprete, próxima ya a la madurez, rezumando bondad y simpatía, expresiones de su carácter que tanto atrajeron a un público que le era incondicional [13]. Las otras dos, firmadas y, una de ellas, dedicada a don Patricio Estévanez en 1903, se deben al estudio del fotógrafo catalán L. Sánchez.




NOTAS
[1] MARTÍNEZ VIERA, Francisco: El antiguo Santa Cruz. Instituto de Estudios Canarios. Santa Cruz de Tenerife, 1968, pp. 175-177.
[2] SIEMENS HERNÁNDEZ, Lothar: Historia de la Sociedad Filarmónica de Las Palmas y de su orquesta y maestros. Sociedad Filarmónica. Unelco. El Museo Canario. Las Palmas de Gran Canaria, 1995, pp. 156-157.
[3] MARTÍNEZ VIERA, Francisco: op. cit.
[4] Programa de mano del Concierto único de Esmeralda Cervantes. Santa Cruz de Tenerife, 1880. Fondo Estévanez. CEDOCAM. La Laguna de Tenerife. Antigua colección de don Patricio Estévanez Murphy.
[5] PAZ SÁNCHEZ, Manuel de: Historia de la francmasonería en Canarias (1739-1936). Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria. 1984, p. 805.
[6] MARTÍNEZ VIERA, Francisco: «Viejo noticiario isleño». La Tarde. Santa Cruz de Tenerife, 6 de septiembre de 1957.
[7] PÉREZ DE GUZMÁN, Juan: «Esmeralda Cervantes. Carta a Fernández Bremón». La Ilustración Española y Americana. Número XLIV, noviembre de 1876, pp. 334-338.
RUEDA, Salvador: «Ildefons Cerdá. Personalitat i ideología». Mediambient. Tecnología y Cultura. Número 30. Barcelona, octubre de 2001.
[8] PÉREZ DE GUZMÁN, Juan: op. cit.
[9] PÉREZ DE GUZMÁN, Juan: op. cit.
[10] Esmeralda Cervantes. Enciclopedia Espasa Calpe, pp. 1211-1212.
[11] Padrón Rey, Hildebrando: «Esmeralda Cervantes. Cuando la reina del arpa vivió en Tenerife». El Día. Santa Cruz de Tenerife, 28 de agosto de 1983, p. XI.
[12] CASADO CIMIANO, Pedro: Diccionario biográfico de ilustradores españoles del siglo XIX. Ollero y Ramos. Madrid, 2006, pp. 49-50.
OSSORIO BERNARD, M.: Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX. Madrid, 1975, p. 137.
[13] VEGA, Carmelo: La isla mirada. Tenerife y la fotografía (1839-1939). Centro de Fotografía «Isla de Tenerife». Cabildo de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife, 1995.

martes, 10 de agosto de 2010

Olga y Alicia Navarro

Galería Canaria de Retratos

OLGA Y ALICIA NAVARRO 

Mitos de belleza isleña
por 
Carlos Gaviño de Franchy

LA COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS

 

    Hace algunos años, a raíz del fallecimiento en Madrid de una anciana profesora, un anticuario, al que había conocido tiempo atrás, me mostró una notable colección de fotografías, la mayor parte de las cuales eran retratos de dos bellísimas mujeres isleñas; Olga y Alicia Navarro.

    Mi amigo -gran conocedor de su oficio, del que disfruta más por dar rienda suelta a sus curiosas excentricidades que como único medio de subsistencia-
adquirió diversos objetos de aquella almoneda y reservó para mí los que ahora poseo, cumpliendo con las condiciones de un acuerdo al que habíamos llegado
y que le obliga, graciosamente, a mostrarme antes que a nadie cualquier documento gráfico relacionado con Canarias que caiga en sus manos.

    En este punto he de manifestar que mi amigo anticuario es, por mitad, paisano, y sabe muy bien qué tipo de vetustos artefactos podrían interesarme y cuáles se ciñen a mi corto presupuestó.

    Primo de la pintora y grabadora Carmen Arozena -cuya vida y obra había yo estudiado y perseguido en el Madrid de los años ochenta- y descendiente de uno                                       de los miembros de la saga de ingenieros y constructores navales establecidos en la isla de La Palma, mi buen amigo José Antonio Arévalo Arozena hace lo posible por devolver al archipiélago, y a su conocimiento, cuanto de interés cultural sale de él con riesgo de perderse para siempre.

    En aquel momento nadie conocía, más allá de nuestras incómodas, liquidas fronteras, a Luis Ojeda Pérez, Adalberto Benítez, Trino Garriga, Sicilia Hermanos o Fotografía Alemana, y muchos menos recordaban quiénes habían sido Olga y Alicia Navarro. Salvo mi amigo Arozena.

    La colección está formada por un centenar de fotografías de las que, como hemos señalado, son excelentes los retratos de Olga y Alicia, pero la componen también revistas, fotos de agencia, instantáneas de grupo y de familia, reclamos publicitarios e, incluso, felicitaciones navideñas. La mayor parte de ellas están relacionadas con la elección de Alicia como miss en las diferentes categorías en que obtuvo este reconocimiento, y podrían fecharse e torno al año 1935, completándose la serie con escenas de su vida familiar, ya casada y con hijos, en el viejo convento de San Diego del Monte en La Laguna y, posteriormente, en la ciudad de La Habana.

    Abundan los retratos de Olga, la mayor de las dos, que a pesar de no haber concursado en ninguno de los certámenes en que lo hizo su hermana, en opinión de muchos era incluso más hermosa que aquélla, y fue su compañera inseparable de viaje y aventura en el corto período de tiempo que duró la celebridad.
Por primera vez se concede a la mujer isleña la más alta representación de la belleza femenina de España. Alicia Navarro no representa sólo la belleza de la mujer tinerfeña, sino también su natural distinción y elegancia, su bondad y su cultura. Las miradas de admiración de toda España confluyen hoy en esta magnífica expresión femenina de nuestra tierra y hacia ella se dirigen los más rendidos homenajes, podía leerse en el periódico La Tarde de Santa Cruz de Tenerife en 1935.

    Pero ¿quiénes eran Olga y Alicia Navarro? Este texto pretende iluminar con cortas pinceladas –utilizando la acepción del término que se empleaba para la acción de colorear las fotografías- la vida azarosa de ambas, reflejada en parte en la citada colección, recogida, con el patrocinio del Cabildo de Tenerife, en una exposición de las que integran el proyecto bianual Fotonoviembre.

    De ambas hermanas, Alicia reúne sin duda los méritos necesarios para ser incluida en ésta Galería de Retratos: creemos poder afirmar, sin temor a equivocarnos, que nunca el rostro de una canaria ha ocupado tantas cubiertas y portadas de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

¿BELLEZA ISLEÑA?

    Por Giovanni Boccaccio supo Europa que entre los canarios había jóvenes imberbes y de hermoso semblante que apenas cubrían sus cuerpos con bragas tejidas de palma, que cantaban dulcemente y bailaban casi a la manera de los franceses. Eran alegres, ágiles y muy amables, más que muchos españoles [1].


    Valentim Fernandes, al describir a las mujeres de la isla de La Palma en los albores del siglo XVI, consideraba que eran "muy hermosas, blancas, de cabellos rubios, y de mejor corazón que los hombres" [2], compartiendo opinión con fray Alonso de Espinosa que, si bien observaba que las gentes de la banda del sur de la de Tenerife tenían la piel de color algo tostada y morena, agora sea por traér este color de generación, agora sea por ser la tierra algo cálida y tostarlos el sol, por andar casi desnudos, como andaban, no deja de reseñar que los de la banda del norte eran blancos, y las mujeres hermosas y rubies y de lindos cabellos [3].

    María Rosa Alonso, en su imprescindible estudio sobre la obra y la vida del bachiller Antonio de Viana, cita este elogio a la belleza femenina como una de las posibles influencias del texto del historiador en los retratos que el joven poeta hizo de tres irreales isleñas; Dácil, Rosalba y Guacimara [4].

    Con estas y otras noticias sobre las excelencias estéticas de la raza canaria se origina y fortalece un mito que llegará a adquirir proporciones desmesuradas en la vehemente literature romántica escrita en el archipiélago, y que será contradicho, antes, durante y después del largo periodo histórico en que imperó este movimiento en las islas, con mayor o menor indulgencia, por otro testigo múltiple, quizás más imparcial: la literatura de viajes.

    Con notables excepciones, cada explorador se creía en la obligación de clasificar y describir la raza canaria, para solaz de ávidos lectores de curiosidades exóticas, con la misma osadía de la que hacían gala al trasladar a la letra, frecuentemente mal traducidos o copiados, fragmentos enteros de narraciones de sus predecesores en la visita, mezclando textos bien intencionados con otros que dejaban de serlo por claros intereses políticos o comerciales, constituyendo gran parte de este género una variante del periodismo de escaso mérito que no supera la consideración de baratijas coloniales.

    Son los viajeros franceses los que dedican mayor atención a la condición femenina y frecuentemente se aventuran en consideraciones morales que no hacen más que contribuir a esbozar sus propios, desagradables retratos. Escribía Fleuriot de Langre, el célebre Fígaro: En cuanto al sexo, sería deseable que se pudiera hablar tan favorablemente de su virtud como de su belleza. En efecto, las mujeres son bastante hermosas, tienen unos ojos y cabellos negros magníficos, son muy blancas, porque no salen sino raramente de sus casas, y tan lozanas que una viuda de veintiséis años, que había tenido cinco o seis partos, fue tomada por varios franceses como una virgen de diecisiete [5]. Y más tarde Jacques Gérard Milbert afirmaría que la mayoría de las mujeres de Santa Cruz están lejos de ser bonitas, pero casi todas se distinguen por una isonomía expresiva, sus cabellos son negros como el ébano; tienen los ojos agradables, las cejas negras y arqueadas y la tez ligeramente aceitunada, color ordinario de los españoles; pero se cometería un error en atribuirlo sólo a la influencia del clima, si es verdad, como aseguran los historiadores contemporáneos, que entre los guanches había muchos rubios y que incluso algunos tenían la cabellera de un color dorado [6].


    El doctor William R. Wilde, con británico buen gusto, afirmaría: Y, decididamente, las mujeres, las más guapas que había visto desde que abandoné Inglaterra [...]. Generalmente, son altas y maravillosamente formadas, poseyendo toda la elegancia española combinada con la atracción personal inglesa [7].

    Como queda dicho, constituye esta amalgama de tradiciones, chismes y evidencias el fundamento sobre el que se construye el arquetipo de belleza de la mujer canaria, sin excluir a las mozas campesinas, cuyo atractivo se vio ponderado por la poesía y la narrativa regionales -recordemos las coplas de Diego Crosa o los cuentos y novelas de Benito Pérez Armas, por citar sólo dos casos-, la mayor parte de ella de factura culta y burguesa.                                                                         

    Ya en el siglo XIX queda constancia escrita de la hermosura sin límites de una canaria, una joven lagunera cuyos encantos fueron celebrados por cuantos tuvieron la fortuna de conocerla, ya fueran     isleños o foráneos. 
    Se llamó Guillermina de Ossuna y Van den Heede [1838-1869], y de ella dijo un militar deportado en esta isla que era el tipo de mujer más hermosa que yo recuerde haber visto en mi vida: de estatura elevada sin exageración; blanca, con todos los atributos de las morenas, es decir, cabellos, ojos, cejas y pestañas negras; nariz de un perfil recto; boca diminuta, cuyos rojos labios ocultan una dentadura magnífica; esbelta, airosa, poco pagada de sí misma, y por consiguiente sin pretensiones de ningún género; hay ocasiones en que me parece que ignora su mérito, tan poco alarde hace de él [8].

    En 1917 la revista Castalia organizó un concurso de belleza en el que obtuvo el primer premio Mercedes Acha, seguida de Conchita Mesa y Matilde Galván, que recibieron el segundo y tercero de los galardones.
    Sus retratos fueron publicados, junto con los de otras aspirantes, en los últimos números del magnífico semanario que dejaba claro, en un epígrafe bajo su título, que se ocupaba de la literatura, el arte y la vida insular.                                                   

    La belleza de las canarias tomó cuerpo real y quedó patenté en la figura de Alicia Navarro, y el arquetipo se consolidó definitivamente cuando fue reconocida como la mujer más guapa de las islas, de España y de Europa, en 1935.



OLGA Y ALICIA NAVARRO

    Olga y Alicia Navarro eran, el año anterior al que diera comienzo la Guerra Civil Española, dos niñas de la mediana burguesía santacrucera. La mayor, Olga, había nacido el día 2 de julio de 1913, y su hermana Alicia el 5 del mismo mes, dos años más tarde. Ambas vieron la luz por vez primera en el número 6 de la calle de José Murphy de Santa Cruz de Tenerife, en la parte trasera del antiguo convento de San Pedro de Alcántara, lugar en el que se encontraban por aquellas fechas las dependencias de la Prisión Provincial [9].

    Su padre, don Agustín Navarro Adrián, natural de Tarazona en la provincia de Zaragoza, ejercía las funciones de administrador de aquel centro penitenciario, y su madre, doña Victorina Cambronero Arribas, nacida en el Puerto de Santa María de Cádiz -que sin duda contribuyó decididamente en la transmisión de unos genes que configuraron a dos de los más depurados ejemplares del género humano- era hija de otro funcionario, don Modesto Sánchez-Cambronero y García-Camarenas, subdirector del cuerpo de prisiones, director que había sido del correccional tinerfeño,

    Pronto quedaron huérfanas de madre. Doña Victorina falleció en la casa número 22 de la calle de Méndez Núñez el 4 de julio de 193010, a los treinta y cinco años de edad, y sus hijas pasaron al cuidado de la abuela materna, doña Jacoba de Arribas y Sánchez, y de una tía carnal, doña Araceli Cambronero, que fue acompañante y carabina de Alicia en los comienzos de su insospechada popularidad. La familia regentaba en aquella época una casa de huéspedes sita en el expresado domicilio.

    Con estos datos podemos concluir que las hermanas Navarro carecían de una sola gota de sangre isleña.
Eran canarias por naturaleza, que es la manera legal de serlo, pero también por amor a la tierra demostrado a lo largo de sus vidas y de la de algunos de sus parientes. Su tío abuelo, el farmacéutico don Cipriano de Arribas y Sánchez [Ávila, 1844-Los Realejos, 1921], dejó impresa una curiosa crónica titulada A través de las islas Canarias [11], escrita en colaboración con su mujer y publicada en 1900. El epitafio de esta señora, en su tumba del cementerio del Realejo Bajo, reza: Recuerdo de su esposo a la historiadora de las Islas Canarias doña Hilaria de Abía y Alonso, 8 de agosto de 1895.

    Olga y Alicia jamás cortaron los lazos de cariño que les vincularon desde siempre a unas islas en las que ya no les quedaban familiares, pero sí muchos y buenos amigos.
    Cuando Olga Navarro falleció en Madrid, y sus pertenencias fueron vendidas por sus herederos, se hizo factible comprobar hasta qué punto seguía viviendo entre nosotros. Libros, postales, fotografías, folletos, impresos y anotaciones de trabajo de su tío Cipriano, todo un conjunto relativo al archipiélago daba forma al pequeño mundo isleño que había creado en su domicilio de la calle de Recoletos número 18 y en el que habitaba su soledad.



    Ambas hermanas diferían en aspecto y carácter. Olga era una belleza de cabello rubio que escapó a las presiones y tabúes del momento y, en contra de lo previsto dadas sus circunstancias ambientales, pudo desarrollar adecuadamente su capacidad intelectual. Estudió el bachillerato en el Instituto de Canarias, se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de San Fernando de La Laguna y fue más tarde profesora de Literatura.
    Conoció y trató a María Rosa Alonso, que fue su amiga en Madrid, pero también a George Bernard Shaw, a Giménez Caballero y a otros escritores y artistas de su entorno que alabaron, unánimemente, su belleza física y espiritual. Casó, en Dusseldorf, con el ciudadano alemán Eric Albrecht Braud y falleció en Madrid, el 10 de mayo de1995 [12].

    Alicia, por el contrario, llevaba el pelo negro y sus aspiraciones eran otras. En una entrevista que concedió, tras su elección, al periodista Luis Álvarez Cruz, dejó claro que era una mujer de gustos sencillos, que cree en el hogar y en la felicidad del matrimonio. Le gustaba la natación, leer versos y caminar. En aquellos momentos era novia de Alfonso Santaella, joven perteneciente a una acaudalada familia de Santa Cruz.

    La crónica de sus éxitos y andanzas ha sido escrita por Gilberto Alemán, y remitimos a los interesados a su libro Alicia Navarro, publicado por el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y Ediciones Idea en 1997.

     Casó Alicia Navarro con el prestigioso abogado don Manuel Felipe Camacho, nacido en la isla de La Palma pero naturalizado cubano -ciudadanía que Alicia ostentó, por su matrimonio, hasta que renunció a ella, recuperando la española, en la Embajada de España en París en 1966-, con el que tuvo dos hijos: Alicia y Manuel Felipe Navarro.

    Vivieron en La Laguna, como queda dicho, en el Viejo convento de San Diego del Monte, y, luego, en La Habana.

    Disuelto el matrimonio y tras una estancia de algunos años en Madrid, Alicia Navarro se estableció en París, donde conoció a su segundo marido, el anticuario de origen helénico Thales Papadopoulos, con el que contrajo matrimonio en segundas nupcias el 6 de julio de 1973. Por una de esas casualidades que la vida nos ofrece constantemente y que hicieron exclamar a Úrsula Iguarán -el personaje de Cien años de soledad- todo gira, Thales resultó ser hermano de la representante de Grecia en el certamen de Miss Europa al que había concurrido Alicia.

    Pasaron temporadas en Tenerife y Alicia colaboró con la prensa local enviando desde la capital de Francia noticias de sociedad y avances de moda.

    Murió Alicia Navarro en su domicilio de la calle François Premier de París, al mes de haber fallecido su hermana Olga, el 22 de junio de1995 [13].




Notas

[1] BOCCACCIO, Giovanni: De Canaria y de las otras islas nuevamente halladas en el océano allende España (1341). Traducción de José A. Delgado Luis. La Laguna: J.A.D.L., 1998.

[2] Fernandes, Valentim: Manuscrito (1506-1507). Traducción de José A. Delgado Luis. La Laguna.  J. A. D. L., 1998.

[3] ESPINOSA, fray Alonso de: Historia de Nuestra Señora de Candelaria. Introducción de Alejandro Cioranescu. Goya Ediciones.  Santa Cruz de Tenerife, 1980.

[4] ALONSO, María Rosa: El poema de Viana: estudio histórico-literario de un poema épico del siglo XVII. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1952.

[5] FLERIOT DE LANGRE, Jean M.: Viajede Fígaro a la isla de Tenerife. Traducción de José A. Delgado Luis. J.A.D.L. La Laguna, 1998.

[6] MILBERT, Jacques Gérard: Viaje pintoresco a la isla de Tenerife. Traducción de José A. Delgado Luis. J.A.D.L. La Laguna, 1996.

[7] WILDE, William R.: Narración de un vije a Tenerife. Traducción de José A. Delgado Luis. J.A.D.L. La Laguna, 1994.

[8] RUIZ Y AGUILAR, Ricardo: Estancia en Tenerife. Introducción, transcripción y notas de Carlos Gaviño de Franchy. Tenerife: Área de Cultura del Cabildo de Tenerife, 2000.

[9] Registro Civil de Santa Cruz de Tenerife. Sección primera. Tomo 71, p. 375, y tomo 75, p. 275.

[10] Registro Civil de Santa Cruz de Tenerife. Sección tercera. Tomo 90, p. 322.   

[11] ARRIBAS Y SÁNCHEZ, Cipriano de: A través de las islas Canarias. A. D. Yumar. Santa Cruz de Tenerife, 1900.

[12] Registro Civil de Madrid. Sección tercera. Tomo D-84, f. 445.

[13] Registro Civil Consular de París. Sección tercera. Tomo 73, p. 32. Consulado de España en París. Debo el conocimiento de estas partidas a mi buen amigo el abogado don Miguel Cabrera Pérez-Camacho, sobrino del primer marido de Alicia Navarro.

miércoles, 28 de julio de 2010

Ramón Manchón

GALERÍA CANARIA DE RETRATOS

RAMÓN MANCHÓN

por
Carlos Gaviño de Franchy

    Creemos no equivocarnos si atribuimos al historiador y crítico de arte Jonathan Allen la oportunidad de haber señalado por vez primera -en su estudio incluido en el catálogo de la exposición Modos Modernistas [La cultura del modernismo en Canarias 1900/1925] (1)- la naturaleza canaria de Ramón Manchón, al tiempo que aportaba noticias significativas sobre su excelente trayectoria como ilustrador gráfico.

    Lamentaba el profesor Allen en aquel esclarecedor texto, la carencia de testimonios biográficos relativos a la presencia de este artista en nuestro archipiélago, salvo el hecho, por él citado, de su nacimiento en 1883, en el puerto del Arrecife de Lanzarote.

    Ramón Manchón Herrera nació, efectivamente, en dicha población, a las tres de la tarde del primero de abril de aquel año, y fue bautizado en la parroquia de San Ginés Obispo cuatro días más tarde. Su padre, don Nicanor Manchón Quílez, natural de Valencia, desempeñaba en la isla el empleo de administrador de la sociedad Pesquería Canario-africana. Había casado en Madrid, en la iglesia parroquial de San Lorenzo, con doña Carolina Herrera Márquez (2).

    Nada de particular tiene el establecimiento de esta familia levantina en la aquella isla. Con anterioridad se habían avecindado en Lanzarote otras de similar origen, como los Melgarejo, oriundos de Cieza en Murcia, los Ballester de Mallorca, o los Coll, de estirpe catalana. Gentes laboriosas que procuraban horizontes nuevos en los que desarrollar su proverbial capacidad mercantil, la innata predisposición al comercio de los pueblos mediterráneos. Muchos de ellos triunfaron, ampliaron la capacidad de sus negocios y constituyeron el germen de la futura burguesía arrecifeña, ocupando la posición social que otrora disfrutara una casta anterior vinculada exclusivamente a las labores agrícolas y a su incierta dependencia de los inestables, impredecibles factores climatológicos.

    Pero por los motivos que fuera -y pueden ser de variado origen: laborales, económicos, culturales o sanitarios- los Manchón retornaron a la Corte, donde radicaba la rama materna de la familia. Allí residían dos de los abuelos del joven Ramón, don Pascual Herrera y doña Eusebia Márquez emigrados, como tantos otros, de sus originarios solares valencianos y turolenses de Játiva y Alcañíz, respectivamente. Y allí habitaba también su padrino de bautismo, don Antonio Manchón Quílez, hermano de su padre.

    En este punto nos parece importante señalar que, aunque ahora olvidado, como sucede con el propio Ramón Manchón, su tío Antonio fue un importante grabador en madera, discípulo de Carlos Capuz en Madrid y de Auguste Trichón en París, que había viajado en su juventud a Londres para estudiar los últimos adelantos en la técnica del grabado, conocimientos que le proporcionaron una considerable fama y que también, suponemos, transmitió a su ahijado y sobrino, nuestro artista (3).

   
    La vida de Ramón Manchón transcurrió, al parecer, en Madrid, donde fundó en 1915 el Salón de Humoristas, certamen del que fue vicepresidente. Jefe del Fomento de las Bellas Artes en el Ministerio de Educación Nacional y secretario general de las Exposiciones y Concursos Nacionales, su estricto sentido de la integridad moral le impidió compaginar su carrera artística con la labor burocrática que desempeñaba, distanciándose con elegancia de cuanto pudiera ir en beneficio de su propia obra, por razón del cargo que ocupaba. Tan sólo una vez al año exponía públicamente en las colectivas que organizaba el mencionado salón.

    José Francés, otro de los impulsores de este evento y gran amigo suyo, escribió para el catálogo de la exposición-homenaje que la Asociación de Escritores y Artistas Españoles organizó en 1954, un año después de la muerte de Manchón: Fue, cuando la juventud, apasionada y libre, de los mejores ilustradores de aquella nobles revistas -que no han tenido sucesión- La Esfera y Blanco y Negro. Triunfaba en los concursos de carteles con franca y limpia rivalidad de los Ribas, los Bartolozzi y los Penagos, maestros pariguales.

    Mas luego y precisamente logrado ya prestigio definitivo, por honesto y cabal concepto de lealtad, llevado a un límite excesivo, se impuso silencio e hizo dejación voluntaria de éxitos a su obra personal, cada día autosuperada, por estimar incompatible el artista con el funcionario asesor y consejero influyente en el arte ajeno.[…].

    Manchón, alto, pálido y rubio, con los ojos huraños, el entrecejo fruncido, las palabras y los ademanes bruscos, fue concentrándose cada vez más, purificándose cada vez más en la depuración de su sensibilidad y su modestia

   
    Lentamente, con una seguridad y una desconfianza alternativas en sí mismo, que le hacían ahincar más en los temas y el estilo, y que le arrastraban a una negligencia desdeñosa, tan admirable por los menos como la concisión rebuscada o la fórmula truquista de otros dibujantes, Ramón Manchón iba domando su arte hasta lograr la sonrisa amable, la tierna tolerancia y la burlona ironía. […]

    Y, sin embargo, los dibujos humorísticos, las estampas ilustrativas, las xilografías tan bien trabajadas de Ramón Manchón, no son enfermizos ni decadentes. Su melancolía integral brota de la pura aristocracia de su temperamento. Y así como no hallamos nunca en su estilo y sus armonías cromáticas ninguna disonancia, ninguna chillonería agresiva, la sensación que dejan en nuestra alma sus escenas de la vida cotidiana, sus glosas de la irremediable mesocracia, son también armónicas, suaves, adormecidas, pero saturadas de una amargura difícil de evitar y de olvidar (4).

    Para ilustrar la presencia de Ramón Manchón en esta «Galería Canaria de Retratos» contamos con dos caricaturas esenciales, obra de Fernando Fresno, halladas recientemente entre las innumerables que se conservan en el archivo del artista, propiedad de los descendientes del gran dibujante humorístico.

   

    Dos años mayor que Manchón, Fernando Fresno (5) aunaba en su polifacética personalidad la dedicación a las ciencias y el arte. Farmacéutico, catedrático, actor y, por sobre todo, dibujante humorístico, fue quien amplió el radio de influencia de la caricatura personal llevándola a todos los estamentos de la vida social, el creador de la caricatura de todos, como solía orgulloso recordar (6).

    Recurramos de nuevo a la palabra contemporánea de José Francés y quedará cerrado el triángulo de amigos: Fresno era, por esencia, potencia y persistencia, el verdadero maestro en este género de narrador gráfico, de cronista facial que significa el caricaturista especializado en reproducir con personal estilo los ajenos rasgos físicos y espirituales de sus contemporáneos.

    Y a fe que puso en la, para él gustosa, tarea una dedicación constante, un entusiasmo no desmentido jamás.

    Porque de las varias facetas que definían a Fresno -el hombre de ciencia, el comediante, el cineasta, el caricaturista-, era ésta última la que mejor afirma su derecho al perenne recuerdo.

    Teatro y Caricatura fueron las dos vocaciones arraigadas de su vida, aparentemente destinada en la adolescencia a trabajos de laboratorio y ejercicio de una profesión donde el prestigio del apellido paterno, Gómez Pamo, no interrumpiera la legítima defusión ecoica. […]

   

    Era conmovedor ver a Fresno en sus últimos años, aureolado ya de legítima gloria, con sus cabellos blancos, humilde y obstinadamente abstraído en el afán de dibujar en su blok de apuntes, entre los grupos de gente que se divertía o pavoneaba en las fiestas sociales, en las reuniones artísticas y las mascaradas políticas, como un repórter primerizo, procurando sorprender actitudes y expresiones indefensas de los que no se sentían observador. Únicamente a otro insaciable de la propia vocación, el marqués de Valdeiglesias, se le veía también así, en plena senectud, tomas «notas de sociedad» en su pequeño blok, sin codicia de verlas publicadas, como Fresno de ver reproducidos sus dibujos. Era el desinterés, el placer por el placer, lo que movía las manos y apresuraba los latidos cordiales de estos dos arquetipos del dibujante y del periodista.[…] (7).

   
    La vinculación artística de Fernando Fresno con Canarias se traduce en una larga serie de caricaturas realizadas durante sus estancias en el archipiélago en ruta hacia América, particularmente las fechadas en 1933, cuando recaló en el archipiélago en compañía de su hija, la actriz Maruchi Fresno, de gira teatral en aquella época (8). Parte de su familia se estableció en Gran Canaria, tras el matrimonio de su hijo don Fernando Gómez-Pamo y López con doña Cándida Guerra del Río y Bosch.


NOTAS


[1] VV. AA.: Modos Modernistas [La cultura del modernismo en Canarias 1900/1925].
Cabildo de Gran Canaria. Ayuntamiento de Las Palmas. Cajacanarias. Las Palmas de Gran Canaria. 2000.

[2] Debo y agradezco a mi entrañable amigo el historiador don Carlos Rodríguez Morales la localización de esta partida de bautismo.

[3] Antonio Manchón Quílez nació en Játiva, Valencia, en 1836. Colaboró en la ilustración de obras como: Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes. Biblioteca Universal Ilustrada. Madrid, 1876; Atlas Geográfico Universal. Astor, Hermanos. Madrid, 1877; El Quijote, en edición de Urbano Manini de 1868 y de la Biblioteca Universal de 1875; La esposa mártir, de Enrique Pérez Escrich. Manini, Hermanos. Madrid 1866, etc., y también en El Arte en España, El Museo Universal, La Ilustración Republicana Federal y La Ilustración Gallega y Asturiana entre otras.
Sobre Antonio Manchón Quílez vide: Pedro CASADO CIMIANO: Diccionario biográfico de ilustradores españoles del siglo XIX. Ollero y Ramos. Madrid, 2006.

[4] Asociación de Escritores y Artistas Españoles. XXXVI Salón de Humoristas. Círculo de Bellas Artes. Madrid. 1954.
Sobre Ramón Manchón Herrera vide Eliseo IZQUIERDO: Periodistas canarios. Siglos XVIII al XX. Propuesta para un diccionario biográfico y de seudónimos. Edición al cuidado de Carlos Gaviño de Franchy. Consejería de Educación, Cultura y Deportes. Gobierno de Canarias. Islas Canarias, 2005.

[5] Fernando Gómez-Pamo del Fresno, doctor en Farmacia, profesor de la Universidad Central y conservador de su Museo de Farmacia, nació en Madrid, en el número 5 de la calle de Santa Isabel edificio que actualmente exhibe una placa conmemorativa en recuerdo de los méritos de su padre, también doctor en las misma especialidad científica el día 31 de mayo de 1881 y falleció, en el domicilio de su nacimiento, el 28 de abril de 1949. Fueron sus padres, el doctor don Juan Ramón Gómez-Pamo, catedrático de la Universidad Central de Madrid, académico de la Real de Medicina, senador del Reino y miembro del Real Consejo de Sanidad, y doña María Jesús del Fresno y García, ambos naturales de Arévalo. Casó con doña María de la Gloria López y Álvarez, hija del coronel de caballería don Rafael López Guasco y de doña Adela Álvarez Cabrera de Nevares. El matrimonio tuvo cuatro hijos. Acompañó a S. M. el Rey Don Alfonso XIII a Italia en su viaje oficial, y fue condecorado con la encomienda con placa de la Orden de Alfonso X el Sabio.

[6] Ficha del catálogo de Fernando Fresno.

[7] Op. cit.

[8] Juan GÓMEZ-PAMO GUERRA DEL RÍO:«El cuadernos canario de Fernando Fresno». Aislados. Año III, número 88. El Mundo. Santa Cruz de Tenerife, 9 de febrero de 2001.

sábado, 24 de julio de 2010

Pierre Marie Auguste Broussonnet


PIERRE MARIE AUGUSTE BROUSSONNET [1761-1807]

Comisario de Relaciones Comerciales de Francia en la Islas Canarias [1800-1803]
por
Carlos Gaviño de Franchy

     De la estancia del comisario [1] Mr. Auguste Brussonnet en Tenerife da cuenta en su Diario don Juan Primo de la Guerra [2], con algunos significativos detalles que ponen de manifiesto que hubo entre ellos cierta amistad. La madre y hermanas del vizconde de Buen Paso apreciaban la buena educación de la mujer y las hijas del naturalista francés, quien desempeñó en las Islas, por un periodo de tres años, la comisión diplomática que le había sido encargada por el recientemente nombrado primer cónsul, Napoleón Bonaparte, el primero de mayo de 1800.

    Mientras ejerció su cargo consular -en el que sustituyó al abate Pierre François Clerget- estuvo asistido por el subcomisario o vicecónsul Mr. Louis Gros, y a partir del día quince de octubre de 1802, en que cesó en el mismo, pasó Gros a ostentarlo en calidad de interino [3].

    La familia Broussonnet tuvo casa en el puerto de Santa Cruz, en la que agasajaban a sus amigos isleños y a cualesquiera extranjeros cultos que visitaban el archipiélago [4]. Pero también la tuvieron de temporada en La Laguna, en el umbroso camino de San Diego. Es probable que alquilaran para tal efecto la que se encontraba en la hacienda conocida como El cercado del marqués, cuyo propietario lo era el del Sauzal y la Candia, edificio que aún se conserva y que es uno de los pocos de la ciudad, si no el único, que dispone de chimenea en el salón principal. Acaso este raro ejemplo de confort en una vivienda lagunera se deba a iniciativa de su antiguo inquilino, el ciudadano Broussonnet [5].

    Poco se sabe de la labor de Broussonnet en las Islas y de sus cometidos diplomáticos no ajenos del todo al espionaje, si nos atenemos al contenido de la carta que escribió en 1802 al ministro de Relaciones Exteriores de la República, Charles Maurice de Talleyrand-Perigord, en la que le propone la anexión a Francia de la Isla de La Palma [6], adicta según su opinión a los intereses galos.

    De su actividad como naturalista debemos suponer que herborizó en las islas -al menos en Tenerife y en La Palma- ya que ha quedado constancia del hecho de haber proporcionado a Bory de Saint Vincent una lista que sirvió a éste para redactar su catálogo, en el que se incluyen cuatrocientas sesenta y siete especies de plantas [7], y el propósito nunca realizado de publicar un estudio sobre los endemismos canarios.

    También parece que asesoró a su amigo el marqués de Villanueva del Prado, don Alonso de Nava-Grimón, en su proyecto de creación de un jardín botánico [8].

    El miércoles 5 de abril de 1803, en el transcurso de la Semana Santa, anota el vizconde en sus apuntes: Yo vine del Valle el dicho miércoles por la mañana. Cuando entraba en la ciudad salía de ella el comisario Mr. Augusto Broussonnet, acompañado de otro francés. He sabido que iba para el Puerto de La Orotava, de donde se embarcará con su familia en estos días para Inglaterra y que de allí pasará a Francia. Se dice que irá después al Cabo de Buena Esperanza, y que al hacer este viaje volverá a esta isla [9]. Seis meses habían transcurrido desde su cese.
    Hemos hallado tres retratos de busto de Pierre Marie Auguste Broussonnet. Dos de ellos proceden de la misma plancha abierta al buril. Su autor, Ambroise Tardieu, se sirvió de una técnica conocida como grabado a los puntos para tallar el fondo del mismo. Son láminas similares, pero en una de ellas el retrato ha sido embutido en un óvalo, siguiendo la norma frecuente para aquellos que eran realizados con témpera u óleo en miniatura.

    Tardieu, grabador y mercader de estampas, nació en París el dos de marzo de 1788 y falleció en la misma ciudad el 17 de enero de 1841. Hijo de Antoine François Tardieu l’Estrapade, recibió enseñanzas de su tío Pierre Alexandre Tardieu, ambos parientes y miembros de esta saga de artistas. Fue grabador geógrafo del Depósito de la Marina, del de las Fortificaciones y de la Administración de Puertos. Fue asimismo tratante de grabados, de cartas geográficas y librero. Grabó entre 1820 y 1828, numerosos retratos y editó, según E. Benezit [10], una colección de ochocientas efigies, imprescindible a la hora de consultar la iconografía de los personajes célebres de la República. Publicó también buenos atlas y una Galería de los uniformes de los guardias nacionales de Francia.





    El tercero de estos retratos que representan a Auguste Broussonnet es una litografía obra del célebre Antoine Maurin [1793-1860], dibujante y litógrafo de quien ya hemos hecho mención en una entrega anterior [11]. Fue estampado después del fallecimiento del botánico en 1807 y forma parte de una Galería de Naturalistas.











NOTAS

[1] Escribe Primo de la Guerra en su Diario, pp. 44-45: «10 de julio [de 1800] en el Valle de Guerra. […]. Quedaron en la casa de la ciudad mi hermana Teresa, acompañada de mí tía doña María de la Guerra, quienes han estado dos veces a vernos acompañadas de don Luis Gros, subcomisario de la República de Francia en estas Islas.
Este extranjero es natural de la Rochela; ha pasado algún tiempo en París, en donde casó; ha viajado por diversas provincias de la Francia y, con motivo de la guerra, ha salido a otros países confinantes. Por los años de 97 o 98 pasó a esta isla, habiendo a algunas leguas de aquí experimentado una fuerte tormenta la embarcación del capitán Baudin, a cuyo bordo venían algunos naturalistas que de orden del Gobierno iban a la isla de la Trinidad para hacer allí sus observaciones. En esta compañía venía el ciudadano Gros. Su introducción con el marqués de Villanueva del Prado le ofreció la proporción de permanecer en el país. A poco tiempo fue hecho vicecónsul de Francia, a cuyo empleo se le ha dado últimamente la denominación de subcomisario, siendo comisario el que antes se llamaba cónsul, que lo es en el día, el ciudadano Broussonnet».

[2] Juan PRIMO DE LA GUERRA: Diario I [1800-1807]. Edición e introducción por Leopoldo de La Rosa Olivera. Aula de Cultura de Tenerife. Biblioteca de Autores Canarios. Madrid. 1976.

[3] Pierre Marie Auguste Broussonnet nació el 19 de enero de 1761 en Montpellier, hijo de François Broussonnet [1722-1792] médico de profesión, y naturalista aficionado. Su inclinación al estudio de la naturaleza se debe a la influencia sobre él ejercida por su padre y por un amigo de éste, Antoine Gouan [1733-1821], amante también de las ciencias naturales.
En 1779 obtiene el doctorado en Medicina en la prestigiosa Universidad ubicada en su localidad natal, al tiempo que presenta su primera memoria dedicada al estudio de los peces.
En 1780 se instala en Londres y traba contacto con varios de los más ilustres naturalistas establecidos en Inglaterra: Sir Joseph Banks [1743-1820], Johann Reinhold Foster [1729-1798], Daniel Solander [1733-1782], Alexander Dalrymple [1737-1808], Anders Sparrman [1748-1820], John Sibthorp [1758-1796] y James Edward Smith [17859-1828].
En 1781 ingresa Broussonnet en la Royal Society con el apoyo de Sir Joseph Banks y publica la primera parte de un trabajo sobre los peces, Ichthyologiae Decas I, basado en los especimenes que le había comunicado su protector. En 1782 vuelve a París y lleva con él un pie de Ginkgo biloba, el primero de que se tiene noticia en Francia.
En 1785 es admitido en la Academia de Ciencias.
En 1789 es nombrado miembro de la Asamblea legislativa por el partido de los Girondinos, y fue luego proscrito y exilado, pasando a España, Portugal y Marruecos, países en los que prosiguió sus estudios de Historia Natural. De vuelta a Francia durante el Consulado, fue nombrado cónsul en Mogador y, posteriormente, en las Islas Canarias.
Tras su estancia en las islas ejerció como profesor de Botánica en Montpellier, ciudad en la que falleció el 27 de julio de 1807.
Broussonnet fue el primero en aplicar a la zoología el sistema de nomenclatura y de clasificación de Linneo.
Vide, M. N. BOUILLET: Dictionnaire universel d’histoire et de géographie. Librairie de L. Hachette et c. París. 1867.

[4] Martes 15, [de julio de 1800] en La Laguna. Ayer mañana, bien temprano, salió del Valle el ciudadano Gros, quien en la tarde anterior había llegado acompañando a mi tía y a mi hermana Teresa. Vino a la ciudad y de aquí bajó a Santa Cruz para asistir a un convite que dio el comisario Broussonnet, por día en que celebran los franceses el establecimiento o constitución de su República». Op. cit., p. 46.

[5] […]. Mis hermanas fueron con la marquesa de Villanueva y la del comisario de Francia, el ciudadano Broussonnet, quien actualmente se halla en la casa de un cercado que posee el marqués del Sauzal, situado en el propio camino de San Diego. Mi hermana me escribe de la buena sociedad de las damas de Broussonnet y que su hija cantó. […].». Op. cit., p. 121.

[6] Antonio RUIZ ÁLVAREZ:«La isla de La Palma en 1802. Informe del cónsul francés Augusto Broussonnet a Talleyrand». Revista de Historia Canaria. Tomo XXVI, pp.100-111. La Laguna de Tenerife. 1960.

[7] Carlos GAVIÑO DE FRANCHY: «Galería canaria de retratos. Bory de Saint Vincent». El Museo Canario. Noticias. Número 11, pp. 26-29. Las Palmas de Gran Canaria. 2004.

[8] Miércoles 6 de octubre [de 1802], en el Valle. […]. He leído en estos días y espero aún el cuarto volumen de una obra recientemente publicada en Francia con el título de Los Misterios de Udolfo. Es una novela moral cuyos hechos se atribuyen al siglo XV. Se dice que es obra de la condesa de Genlis y pertenece al comisario Broussonnet. Mi hermana me da noticia en 2 del corriente de haber entrado en Santa Cruz algunas embarcaciones de guerra holandesas cuyo destino es el Cabo de Buena Esperanza, a encargarse de aquellas posesiones que les devuelve la Inglaterra a el gobernador. Algunas damas y otras personas de esta expedición han subido a La Laguna y han estado en casa de Nava y en su jardín por recomendación de Brousssonnet.[…]». Op. cit., pp. 134-135.

[9] Op. cit., pp. 174.

[10] E. BENEZIT: Dictionnaire critique et documentaire des peintres, sculpteurs, dessinateurs et graveurs …Librería Gründ. París. 1976.

[11] Carlos Gaviño DE FRANCHY: « Galería canaria de retratos. Dumont d’Urville». El Museo Canario. Noticias. Número 16, pp. 32-35. Las Palmas de Gran Canaria. 2006.